Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

¿Son similares las universidades a las carnicerías?


Por PATRICIO MELLER (La Tercera)

Para explicar el funcionamiento de un mercado competitivo, Adam Smith decía que un carnicero que vende carne de alta calidad a un precio reducido no lo hace porque tenga un espíritu filantrópico. Sabe que si él no se comporta así, otro carnicero lo hará, y él se quedará sin clientes. En breve, es la “mano invisible” de la competencia lo que induce a los productores a generar bienes de alta calidad y bajos precios.

Esta lógica del mercado competitivo es la que constituye la base conceptual de la ley de 1981 sobre la educación superior. En consecuencia, como hay 60 universidades en el país, se esperaría que si se comportaran como las carnicerías, tendríamos una educación superior de alta calidad y con reducidos aranceles. Sin embargo, la realidad que enfrentan los estudiantes chilenos es distinta. ¿Por qué?

Existen tres diferencias cruciales entre las universidades y las carnicerías. Veamos en primera instancia el problema de la calidad. ¿Cómo se mide la calidad de una universidad?, ¿existe un indicador único? El que un joven de 18 años tenga que elegir en qué universidad quiere estudiar es equivalente a que se oriente con los ojos vendados en diversos cuartos oscuros. Aun cuando los estudiantes pudieran hacer una especie de “zapping”, a través de diversas universidades durante el primer mes de clases, ¿captarían las diferencias de calidad existentes? Gran parte de los universitarios, incluso después de haber cursado tres años de una carrera, ni siquiera tienen claro lo que están estudiando, ni para qué les va a servir en el ejercicio de la profesión.

Se supone que el proceso de acreditación debiera dar información sobre la calidad de una institución de educación superior, pero en realidad su objetivo es más restringido. La acreditación trata realmente de velar por la idoneidad de una institución; en otras palabras, que ésta entregue títulos profesionales con valor agregado adecuado y que no sea simplemente una venta de diplomas sin contenido asociado.

El segundo elemento distintivo de las universidades es el valor de la matrícula y de los aranceles. Cuando un joven paga $300.000 mensuales por estudiar, ¿qué es lo que está recibiendo a cambio si no se puede evaluar la calidad de la enseñanza? ¿Es el cobro de $300.000 el monto adecuado por lo que le está dando la institución universitaria?

La respuesta económica convencional diría que si el mercado es competitivo, los $300.000 corresponderían al precio de equilibrio y, por lo tanto, al precio óptimo (o “socialmente justo” ). Pero el problema observado en la realidad de la educación superior chilena es que las universidades no compiten vía precio; ¿ha visto usted alguna universidad reduciendo aranceles para atraer a los estudiantes de otra universidad?
Las universidades compiten vía marketing, valiéndose de un nutrido avisaje en variados medios de comunicación. Así es como vemos fotos de infraestructura en las páginas sociales, etc. ¿Cuál es la relación entre este tipo de fotos y la calidad de la docencia (e investigación) de una universidad? El resultado de este proceso competitivo es el significativo incremento de los costos, con el consiguiente aumento de los aranceles universitarios, los que están disociados del valor agregado a la formación de los estudiantes.

La tercera diferencia está asociada a las características del bien o servicio producido. Un sándwich de carne es claramente un bien privado que sólo beneficia a quien se lo come; luego, es lógico que sea pagado privadamente. En cambio, la educación tiene una mezcla de beneficios privados y públicos. Los beneficios públicos están asociados al efecto positivo que tiene un mayor nivel de capital humano sobre el crecimiento económico; además, una sociedad con más profesionales genera una mayor calidad de vida. Luego, el financiamiento de la educación superior debiera tener aportes públicos y privados; la composición de estos aportes es algo que establece cada sociedad. En la mayoría de los países de la Ocde el aporte público supera en porcentaje al privado, esto significa que se percibe que los beneficios públicos superan a los privados.

En Chile, en cambio, el aporte público es el 20% del aporte privado, es decir, se cree que la educación universitaria es primordialmente un bien privado. Esta diferente valoración de la educación universitaria en los países de la Ocde y en Chile está asociada al hecho de que aquí aún persiste la idea de que no habría diferencia entre estudiar en la universidad y comer carne. ¿Esto es lo que realmente piensa y quiere la sociedad chilena? Los jóvenes están presionando para que se establezca una clara diferencia.

Artículo original en Columnas de Negocios >>> La Tercera

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