Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El emperador Murdoch pierde pie

Por WALTER OPPENHEIMER (El País)

El escándalo de las escuchas destruye una tras otra las defensas del magnate y destapa la cara más oscura de su éxito y su idilio con la prensa basura.

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Cuando Rupert Murdoch llegó a Londres hace ahora una semana para salvar su imperio mediático, aún tenía el aspecto de bucanero que le ha hecho famoso. Desafiante como en los viejos tiempos a sus 80 años, se dio el gusto de pasearse entre los fotógrafos con la niña de sus ojos, Rebekah Brooks, quizás con el único objetivo de lanzar un mensaje: ¿Cuál es su prioridad?, le preguntaron. “Esta es mi prioridad”, dijo, señalando a la consejera delegada de News International y exdirectora del News of The World y The Sun.

Una semana después, Rebekah Brooks se ha visto forzada a dimitir; su antecesor en News International y hasta el viernes hombre fuerte en The Wall Street Journal, Les Hinton, también ha tenido que pedir la cuenta; el propio Rupert Murdoch y su hijo James han tenido que dar marcha atrás y aceptar a regañadientes la exigencia de los Comunes de que se presenten el martes a declarar ante la comisión de Cultura; el magnate ha tenido además que reunirse a toda prisa con la familia de la niña Milly Dowler para expresarles el arrepentimiento y vergüenza que tiene después de que uno de sus periódicos pinchara el móvil de su hija cuando había desaparecido, un arrepentimiento que ha tardado bastante más de una semana en incubar; y Murdoch firma de puño y letra el mensaje de disculpa que ayer publicaba la prensa británica bajo el inmenso epígrafe We are sorry, lo sentimos.

Todo eso, mitad marcha atrás forzosa y mitad campaña de relaciones públicas, se suma a la catástrofe económica de haber tenido que cerrar el News of The World y renunciar, al menos por un tiempo, a la compra del 100% de las acciones de BSkyB.

Murdoch está acostumbrado a afrontar grandes crisis. Quienes las han vivido o padecido dicen que es entonces cuando mejor se desenvuelve, ideando golpes de mano que sorprenden a sus adversarios para dejarlos a su merced. Pero esta vez Murdoch ha dado sólo un golpe de timón que ha cogido al mundo por sorpresa: el cierre del News of The World. Y dicen que no fue idea suya, sino de su hijo James, señalado antes de esta crisis como su heredero.

Pero, unos días después, aquella decisión parece cada vez más un terrible error de cálculo. Primero, porque si la idea era cerrarlo para quedar bien y acabar ampliando a siete días la edición de The Sun, esa opción parece ahora un plan insensato por cínico. Y, segundo, porque el cierre del News of The World no solo no ha amansado a las fieras sino que más bien han acrecentado su apetito: los dioses quieren más sacrificios. Y sacrificios humanos. Los han tenido: Rebekah Brooks y Les Hinton. Su marcha deja a James Murdoch en primera línea de fuego. Quizás descabalgado para siempre de la carrera por la sucesión. “James y Rebekah han jodido la compañía”, asegura el periodista Michael Wolff que dijo el viernes por la noche Elisabeth Murdoch, la hija mayor de Rupert, en una fiesta. Columnista del Vanity Fair y ensayista, Wolff conoce muy bien los entresijos de Murdoch como autor que fue de una de las biografías más celebradas del magnate, The man who owns the news (El hombre que es dueño de las noticias).

El futuro del imperio de Murdoch depende de dos cosas: de cómo acaben las investigaciones políticas y judiciales que se han abierto sobre las escuchas del News of The World tanto en Reino Unido como en Estados Unidos y del impacto que esas investigaciones tengan en la opinión pública.

Cuando Murdoch comenzó a levantar su imperio -primero ampliando el negocio de su padre en Australia, luego entrando a saco en el mercado británico de la mano de The Sun, News of The World y The Times, y finalmente en Estados Unidos (Fox, The New York Post, The Wall Street Journal/Dow Jones)-, lo que pensara la opinión pública se la traía bastante al fresco. Pero esta semana, aquel Murdoch parece haber muerto y haber sido sustituido por un hombre avejentado y dubitativo. Un hombre que parece tentado a deshacerse de su imperio editorial británico para concentrarse en el mercado televisivo, más provechoso y con más futuro.

Pero, ¿puede alguien imaginar a Murdoch sin diarios? Michael Wolff asegura en su biografía que el magnate australiano tiene muy poco de sentimental. Que le encantan los ambientes canallas de periodistas enganchados a la botella, el tabaco y las mujeres y detesta el ambiente profiláctico y sereno de las oficinas del Journal, pero que eso no le impidió ser lo bastante pragmático como para trasladar el Sun y el News of The World desde el histórico cuartel general de Bouverie Street a Wapping. O llevar al New York Post desde la South Street infestada de ratas a las oficinas de News Corporation en la Sexta Avenida.

Murdoch y los tabloides parecen cosas inseparables el uno de los otros. “Para Murdoch, la palabra tabloide significa inmediatez, agudeza, eficiencia y emoción; es noticia en su forma más visceral y poderosa de entretenimiento”, escribe Wolff. Todo lo opuesto a lo que piensan los elitistas redactores de The Wall Street Journal, que hicieron todo lo posible en 2007 para impedir que la familia Brancoft le vendiera el negocio y que identifican tabloide con la vulgaridad de personajes famosos y cotilleo, con falsas noticias, con “una enfermedad del periodismo moderno, un virus extendido sobre todo por el propio Murdoch”.

Decir Murdoch es decir The Sun y es decir News of The World. Por mucho que Rupert Murdoch pueda despreciar la arrogancia británica, la pompa de su sistema político o su sarcástico sentido del humor inteligente, la realidad es que el gran público británico, los obreros de cuello azul que empiezan el día comiendo huevos con bacon y lo acaban bebiendo cerveza, incorporaron esos dos diarios a su vida cotidiana. Y a él le hicieron rico.

“Los tabloides se convirtieron en los medios más poderosos, ofreciendo las grandes noticias, marcando la agenda, eligiendo políticos, cambiando la cultura”, escribe Michael Wolff. “Poner en cuestión esos medios significa quedarse al margen. Cuestionar ese modelo es como convertirse en un intelectual hablando contra la televisión o un padre de los años sesenta alertando de los peligros del rock and roll. El éxito es la justificación de los medios (un precepto clave de Murdoch). Es imposible sobreestimar hasta qué punto el éxito de The Sun ha transformado incluso la idea de Murdoch sobre lo que es un tabloide. Cree que ha encontrado el secreto. Más aún, con márgenes de beneficio del 60% y el 70%, The Sun se convierte en la parte más significativa de su negocio y lo seguirá siendo durante casi 20 años. Le da también una enorme base de poder en Reino Unido. The Sun se convierte en una de las fuerzas clave de la transformación de la propia Gran Bretaña. Cambia también al propio Murdoch, haciéndole comprender la inmensidad de sus propias ambiciones”.

Esa simbiosis que Murdoch encontró con la clase obrera británica no funcionó en el mercado estadounidense, en el que desembarcó en los primeros años setenta con la idea de imponer el mismo formato tabloide que en Reino Unido. Pero mientras en Gran Bretaña son los hombres los que compran el diario en el kiosco antes de ir a la fábrica en transporte público, en Estados Unidos son las mujeres quienes lo compran en el supermercado, al que llegan en coche a media mañana. Y los tabloides de Murdoch están pensados para hombres.

El Post fracasa, pero Murdoch lo recupera a principios de los 90 y mantiene el formato que a él le gusta. Se acaba convirtiendo en un éxito de público, el segundo diario más vendido de Estados Unidos, pero en un fracaso comercial: los anunciantes buscan a un público de clase media con aspiraciones que el Post no les ofrece. Pero Murdoch no solo mantiene ese modelo en el Post, sino que acaba exportándolo a la televisión a través de Fox.

“En última instancia, Murdoch cree que lo que distingue a lo que hace él y el periodismo de las clases elitistas no es una cuestión de periodismo, sino de territorio. Las llamadas élites tienen un monopolio que no quieren perder. Y la manera de dejarle a él fuera de ese territorio es decir que no tiene lo que hay que tener, que no sabe cómo hacer ese trabajo, que va a arruinar al vecindario”, explica Wolff.

Lo que la gente de The Wall Street Journal, como antes les había ocurrido a los periodistas de The Times de Londres, más temía de Murdoch es su irrefrenable tendencia al intervencionismo en las labores editoriales. “La diferencia estructural es que es él quien lleva la redacción. Si trabajas para Rupert, haces lo que él quiere. Estás sometido a Rupert. Le hacen llegar el diario allí donde esté en cualquier lugar del mundo, saca su bolígrafo rojo -igual que antes hacía su padre con él- y empieza a poner cruces en las noticias que no tenían que haber sido publicadas, hace un círculo en torno a una foto y con una flecha señala dónde tenía que haber sido colocada, marca un titular que tenía que haber ido en dos líneas y no en una, y así con todo”, relata el autor de su biografía.

Murdoch ve a los periodistas como funcionarios que son necesarios pero que no son capaces de darse cuenta de cuál es el cuadro general de las cosas. Son débiles por naturaleza, autocomplacientes, con tendencia a despilfarrar el dinero de la empresa. A su juicio hay dos tipos de periodistas: los que admiten las muchas limitaciones que tienen -a fin de cuentas, muy pocos conocen lo complicado que es el negocio del que viven- y los que creen que conocen sus limitaciones y que se creen importantes y que tienen razón. “Cree que la gran debilidad de los diarios como el Journal o The New York Times es que creen que su razón de ser está más relacionada con la respetabilidad que con las necesidades de sus lectores y de sus propietarios”, sintetiza Wolff. Quizá la más cruel de las paradojas es que al final ha sido The Guardian de Londres, tan elitista o más que sus dos colegas neoyorquinos, el que ha acabado llevando al periodismo tabloide de Murdoch contra las cuerdas.

Michael Wolff relata que quienes han trabajado con él creen que “Murdoch es impredecible porque tiene algo de espectral”. “Casi nunca está físicamente en la redacción, pero siempre se siente su presencia. Y le gusta presentarse sin avisar y pasearse como si fuera un don nadie, sin llamar la atención. Murdoch se cuela como un fantasma. Se mueve sigilosamente entre nosotros sin ninguna fanfarria. He oído decir que esa es su arma más letal, su capacidad para aparecer delante tuyo y asustarte a plena luz del día”, cuenta Piers Morgan, el que fuera director del News of The World.

Artículo original y enlaces ELPAÍS.com

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