Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La crisis y más allá


Por HUGO ARIAS V.

Cunde el pánico y parece que no hay Chapulín Colorado que le haga frente. Un titular de El País de España deja en evidencia el nivel que marcan los termómetros económicos por estos días: “Italia y España se acercan al abismo”. Hace poco fueron Grecia y Portugal. Algunos están preocupados por quienes serán los próximos y si habrá pronto un efecto dominó que desencadene otra crisis global. Pero las preguntas más de fondo obligan a pensar y repensar hacia dónde vamos y hacia dónde queremos ir.

1. En abril de 2010, Joseph Stiglitz, el más crítico de los economistas del mainstream, ponía las luces de alerta sobre la situación de los países llamados PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) y asegurando que, tras la crisis sub-prime “no hemos tomado el rumbo adecuado” y que “hay riesgo de ataque de los mercados si no se hace nada”. Incluso auguraba una amenaza mayor: “caer en el fetichismo del déficit, que lleve a los Gobiernos a retirar estímulos y a subir impuestos antes de tiempo para evitar esos ataques: eso es muy peligroso porque puede enfriar la economía y llevarla a una espiral complicada”. ¿No es esto justamente lo que ha estado ocurriendo en Europa al tenor de las recomendaciones-exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI)?

2. A propósito de la elección de un nuevo mandamás del FMI, el mismo Stiglitz volvió a la carga hace algunas semanas y advertía que “hoy, la crisis inminente está en Europa, donde el Banco Central Europeo parece estar poniendo su propio balance y el de los bancos europeos -cargados de deuda de Irlanda, Grecia y Portugal- por encima del bienestar de los ciudadanos de esos países” y remataba diciendo que “el BCE necesita pensar en cómo ayudar a todos, no solo a los banqueros que compraron los bonos”. Frente a ello, se preguntaba cuál será la actitud del próximo director gerente del FMI sobre esta cuestión y si “ha de lograrse la salvación fiscal a través de la austeridad, en cuyo caso los costos serán absorbidos por los ciudadanos comunes, mientras que los banqueros sólo reciben una palmadita suave en la muñeca”. Recordaba, a propósito de esto último, los efectos nefastos de las recetas que en este mismo sentido dio antes el Fondo en el este de Asia, América Latina y otras partes, aunque todavía haya partidarios de ellas “incluso en los mercados emergentes”.

3. Hace poco más de un mes, el director de la OCDE, Ángel Gurría, encendía alarmas y advertía que se podría estar preparando el terreno para la próxima crisis: “Nos gustaría creer que ya hemos pasado lo peor de la mayor crisis en 70 años. Pero los derivados, uno de los principales culpables de la crisis financiera, siguen sumando 10 veces el PIB mundial, y continúan en aumento. Una gran adquisición por valor de 8.500 millones de dólares hace que los analistas especulen sobre una nueva burbuja de Internet. Algunas economías emergentes están mostrando síntomas típicos de recalentamiento, con un aumento sin precedentes de los precios inmobiliarios, el crédito al consumo y los beneficios de los bancos.

4. Mientras Sitglitz o Gurría se preguntan si el mundo ha aprendido las lecciones de la última crisis, los islandeses optaron por un camino que pareciera ir en esa dirección, pero que no ha sido ejemplo para otras naciones. El pequeño país cercano al Polo Norte ya ha enjuiciado y encarcelado a los banqueros que llevaron sus instituciones a la quiebra en octubre de 2008 (mes en que cayó Lehman Brothers) y sumieron al país en una profunda crisis, que aún persiste y que ha provocado fuertes subidas de impuestos, un severo recorte del gasto público y un corralito que impide a los islandeses disfrutar con libertad de sus ahorros, siguiendo las exigencias del FMI. Ahora también han iniciado juicio contra el ex primer ministro conservador Geeir H. Haarde, acusado de negligencia grave por su gestión de la crisis.

5. El descontento ciudadano no sólo se ha hecho sentir en Islandia o en España, con el movimiento de los Indignados o 15-M. Hasta en Wall Street más de 10 mil maestros, trabajadores estatales, de mantenimiento y de varios sectores de servicios, inmigrantes, estudiantes y activistas comunitarios marcharon frente a la Bolsa de Valores de Nueva York para “exigir que los bancos y los empresarios ricos paguen los costos de la crisis económica que ellos mismos detonaron, y no los trabajadores que enfrentan una ola de despidos y un ataque político a nivel nacional contra sus derechos laborales”.

6. Pero en Estados Unidos la decepción es mucho mayor. Una galardonada serie de reportajes de la revista Slate, aborda algo que pareciera pasar inadvertido para muchos: el país que se ha erigido como modelo económico global en las últimas décadas, acumula más de 30 años de un persistente deterioro en su distribución del ingreso: “nunca antes los ingresos habían crecido de manera más desigual”. “La tendencia de estos últimos 30 años puede ser el cambio más importante de la sociedad estadounidense en toda su historia”, escribía el autor de los reportajes, “y no es un cambio para mejor”.

7. Esta semana, Javier Solana y Daniel Itinerati argumentan que “las principales preocupaciones que tiene hoy día la humanidad no son tanto males concretos como amenazas indeterminadas. (…) Por supuesto que hay peligros concretos que podemos identificar, pero lo que más nos preocupa, por ejemplo, del terrorismo es su carácter imprevisible; lo inquietante de la economía actual es su volatilidad, es decir, la debilidad de nuestros instrumentos para protegernos de la inestabilidad financiera; en general, muchos de nuestros malestares se deben a lo expuestos que estamos frente a amenazas que solo podemos controlar parcialmente”.

8. Para el profesor de economía, ética y metodología de las ciencias sociales en la Universidad de Barcelona Félix Ovejero, “si queremos hacer frente a la crisis económica, lo primero será determinar las causas y los culpables”. Y aunque “las culpas andan bastante repartidas, entre las circunstancias económicas, las teorías económicas y hasta los economistas”, apunta que “si nos empeñamos en buscarles una moraleja compartida, con naturalidad, recalaremos en un discurso bastante crítico con el estado del mundo. Se podría hablar de que se ha mostrado que lo del orden espontáneo es un cuento; de la necesidad de controlar a los poderes políticos para evitar su entrega a los poderes económicos; de la importancia de las instituciones públicas, incluso para el buen funcionamiento del mercado; de la debilidad de la teoría económica cuando se despreocupa de los problemas reales; de cómo los sistemas de incentivos de la academia ahogan las discrepancias y las críticas”.

9. Otro catedrático de la Universidad de Barcelona, el doctor en Economía Antón Costas, apunta a que las raíces de la crisis están en una “quiebra moral” de la economía que se habría producido en los años 90 y en la que los economistas tuvieron un papel importante, porque, “aunque saben poco de cómo funciona el mundo real, practican una economía arrogante, basada en supuestos idealizados del comportamiento económico, que han utilizado para apoyar políticas de libre mercado”. La lección que debemos aprender, dice Costas, es que “solo una economía humilde, que reconozca que sabe poco sobre los mercados financieros, será fuente de progreso y estabilidad”. Y añade que “si la política no recobra su autonomía frente a los mercados financieros y la sociedad no es capaz de manifestar su indignación, no habrá límites a la especulación, la volatilidad financiera y la desigualdad”.

10. En medio de la indignación, el pensador español y profesor de Estructura Económica José Luis Sampedro, intenta también iluminar un nuevo camino: “El desarrollo está pensando en la rentabilidad. Lo importante no son esas tres palabras que ahora todo lo mandan: productividad, competitividad e innovación. En vez de productividad, propongo vitalidad; en vez de competitividad, cooperación; y frente a esa innovación que consiste en inventar cosas para venderlas, creación”, decía hace un par de semanas en una entrevista con El País.

Artículo original en El Post

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