Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

¿Por qué se durmió Europa?


Por GORDON BROWN (El País)

La salida a los tres problemas de la crisis -el bancario, el de los déficits y el de la debilidad del crecimiento- es paneuropea. Hay muchas cumbres para poner parches, pero ninguna aborda la reconstrucción a largo plazo.

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Cuando se escriba la historia del siglo XXI, los lectores preguntarán, con razón, por qué Europa no supo estar a la altura de las circunstancias durante su crisis económica más difícil. La gente preguntará por qué Europa se durmió mientras un sistema bancario subcapitalizado luchaba para mantenerse a flote, el desempleo seguía en unos niveles inaceptables y el crecimiento y la competitividad del continente se derrumbaban. Peor aún: si no surge pronto un plan de reconstrucción, se responsabilizará a los dirigentes europeos del “declive de Occidente” y de ser, como dijo Churchill a propósito de los años treinta del siglo pasado, “decididos a ser indecisos, inflexibles en su deriva, sólidos en su fluidez y omnipotentes en su impotencia”.

No es por falta de reuniones europeas, desde luego. No hay día en el que no se celebre una cumbre de líderes europeos para discutir la última crisis de un Estado miembro. Pero hablan siempre como si se tratase de una calamidad que solo afecta al país que ocupa ese día los titulares -el problema griego, o el problema irlandés, a veces el problema portugués o el español-, sin ponerse de acuerdo sobre el hecho de que se trata, en realidad, de una emergencia paneuropea. Al hacer un análisis equivocado de los males de Europa, acaban aplicando remedios también equivocados. Porque la crisis del déficit europeo es una preocupación importante, pero no la única.

De hecho, Europa se enfrenta a tres problemas esenciales, entrelazados entre sí y que afectan estructuralmente a todos los rincones del continente. Junto al problema del déficit existen asimismo un problema bancario -que no se limita a un puñado de bancos ni de países- y un problema crónico de crecimiento.

En primer lugar, los bancos: yo estuve presente en París, en octubre de 2008, durante la primera reunión de los jefes de Gobierno de la Eurozona. El diagnóstico que presenté sobre los bancos fue que tenían problemas de liquidez pero también de estructura. Sin embargo, la mayoría de los europeos pensaban por aquel entonces que la situación no era más que la consecuencia indirecta de una crisis financiera anglosajona y, por supuesto, que un Reino Unido díscolo se había dejado atrapar en el boom financiero de Estados Unidos. No sabían que la mitad de los activos basura la habían comprado bancos de toda Europa. Nadie era aún plenamente consciente de la profunda relación que había entre los bancos europeos y otras instituciones financieras mundiales, ni de lo expuestos que estaban los bancos a los mercados inmobiliarios que estaban cayendo. Recuerdo las miradas de asombro en la mesa cuando sostuve que los bancos europeos eran incluso más vulnerables que los estadounidenses porque estaban mucho más apalancados, y siguen estándolo.

Todavía hoy, se calla una verdad fundamental sobre el estado actual de los bancos europeos: que los bancos alemanes, franceses, italianos y británicos que han prestado de forma temeraria a la periferia se encuentran ahora con que no solo Grecia, sino también Irlanda, Portugal y España les deben miles de millones, mientras siguen sufriendo pérdidas por los activos tóxicos y la caída del mercado inmobiliario.

Y cuando, dentro de muchos años, los expertos expliquen por qué se durmió Europa, también explicarán que, por puro egoísmo y cortedad de miras, abordamos los problemas de los griegos como si fueran problemas de liquidez (concediendo préstamos), no de solvencia, y que, mediante una serie de maniobras a corto plazo para retrasar el inevitable desenlace, aumentamos el peligro de un final caótico. De hecho, con la subida de los tipos de interés, las salidas de capital de todos los países de la periferia hacia el centro están haciendo ya que sea más difícil la financiación en cada uno de los países con problemas, una circunstancia que nos arrastra a unos tipos de interés todavía más altos, recesiones más largas y, seguramente, déficits más elevados.

El tercer lado del triángulo es, por supuesto, el bajo crecimiento, que amenaza con condenar a todo el continente a 10 años de un desempleo muy elevado. La reducción del déficit y la estabilización bancaria que necesitamos no pueden afianzarse sin unas economías que generen comercio, empleo y crecimiento. Pero Europa, que padece unos niveles de crecimiento anémicos, se desliza cada vez más cuesta abajo en la clasificación mundial, y no es un descenso agudo sino crónico, que es más grave y al que es mucho más difícil dar la vuelta. Hoy, el desempleo en Europa está alrededor del 10%, con un paro juvenil superior al 20% y hasta del 40% en España. Y es imposible que disminuya pronto. Europa posee una tasa de crecimiento tendencial que es casi la mitad de la de Estados Unidos y un cuarto de las de China e India. Antiguamente, Europa representaba la mitad de la producción mundial. En 1980, había pasado a ser la cuarta parte. En la actualidad es menos de una quinta parte: el 19%. Pronto será poco más de la décima parte -el 11% en 2030- y luego caerá al 7%. En 2050 -dentro de menos de 40 años-, es posible que la economía europea sea menor que la de Latinoamérica. Si el crecimiento europeo sigue así de retrasado respecto al de sus competidores, a mitad de siglo su economía podría tener la misma dimensión que la de África.

Lo malo es que Europa está la mitad de preparada que Estados Unidos para impulsar el crecimiento a base de exportaciones. A pesar del éxito de Alemania en China, solo el 8% de nuestras exportaciones (frente al 15% estadounidense) va destinado a las economías de mercado que más están creciendo, lo que ahora se denomina generadores de crecimiento, que serán responsables de la mayor parte del crecimiento futuro.

Es evidente que cada una de estas tres preocupaciones -déficits, inestabilidad bancaria y bajo crecimiento- está entrelazada con las otras dos de tal manera que las políticas que se centran en una sola de ellas son mucho menos eficaces que una estrategia global que intente resolver las tres de forma simultánea. Y la estrategia paneuropea es aún más necesaria porque el euro se creó sin ningún mecanismo para evitar ni resolver crisis y sin ningún acuerdo sobre quién tiene la resposabilidad suprema de financiar los costes de las crisis.

Aunque soy un firme y apasionado pro-europeo, me aparté de la opinión económica general al poner en duda que a Reino Unido le interesara unirse al euro. El actual portavoz de economía de la oposición al Gobierno británico, Ed Balls, llevó a cabo 19 evaluaciones independientes del euro. Nuestra principal conclusión fue que dentro del euro no existía la flexibilidad suficiente para lograr una convergencia sostenible y duradera entre países. Pero también demostramos que el euro no tenía ningún plan de prevención ni resolución de crisis en caso de que no se alcanzase una convergencia. Porque, con una moneda única, ningún país -ni siquiera uno que no compita en absoluto con el resto de la Eurozona- puede ajustar su tipo de cambio ni beneficiarse de un tipo de interés a la medida de sus necesidades concretas. Y Europa tampoco había adoptado el modelo de prevención de Estados Unidos para mitigar las disparidades dentro del área de la moneda única, mediante la movilidad laboral y los ajustes salariales o mediante transferencias a las áreas que lo necesitaran.

Por tanto, si tengo razón, ahora debemos dejar las reacciones motivadas por el pánico y emprender una labor de reconstrucción a largo plazo, o nos enfrentaremos a una década perdida de altísimo desempleo con malestar social, sentimiento anti-inmigrantes y movimientos secesionistas.

Debemos conseguir para Europa el mismo “momento de la verdad” que el mundo halló con la cumbre del G-20 en 2009. Igual que sucedió en el G-20, los políticos europeos deben guiar el sentimiento de mercado atreviéndose a aprobar una solución al estilo de los bonos Brady para Grecia y, al mismo tiempo, una recapitalización de los bancos europeos; una nueva línea de deuda de la Eurozona (responsable, por ejemplo, del primer 60% de la deuda de cada país) como parte de una política fiscal y monetaria coordinada que permita, como en Estados Unidos, las transferencias fiscales; y, sobre todo, una estrategia que favorezca el crecimiento, proempresa, que yo llamo Europa Global: las energías de Europa dirigidas hacia afuera, hacia la exportación a las economías emergentes, y a reequiparnos para poder hacerlo con un calendario claro y unos incentivos y penalizaciones que garanticen la flexibilidad laboral, de capital y de los mercados financieros.

¿Por qué va a apoyar Alemania todo esto? Porque no solo no va en contra de sus intereses, sino que ahora tiene una razón europea para reestructurar sus bancos, puede fijar condiciones estrictas para la reforma económica y, si actúa ya, se evitará costes más altos después. Me atrevo a decir que, sin mi plan simultáneo para reestructurar los bancos y las compañías de seguros y buscar el crecimiento, ni la situación actual ni un posible plan Brady para Grecia conseguirán evitar el peligro del contagio financiero a toda Europa.

Los libros de historia sobre el “declive de Occidente” no son inevitables. Pero una reconstrucción que ataque el déficit, los pasivos bancarios y el escaso crecimiento al mismo tiempo es lo único que permitirá eludir la garra de un proteccionismo que nos aislaría y nos adormecería, con los consiguientes años baldíos pero evitables de desempleo y vidas desperdiciadas.

Artículo original en ELPAÍS.com

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