Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Valores ocultos, precios injustos


Por HÉCTOR PAVÓN (Revista Ñ)

El economista británico Raj Patel es un teórico que analiza las bases del capitalismo actual y se pregunta por el precio real de las mercancías. Desde California, dice que en el fondo, todo país tiene su Tercer Mundo.

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Casi como si fuera una leyenda, un programa de radio de EE.UU. muy escuchado, “This American life”, dio a conocer una información inquietante: los dentistas han advertido un notable aumento de dientes quebrados a causa de la crisis: la gente aprieta los dientes por la noche, preocupada por sus dificultades económicas… La crisis económica de fin de la primera década del siglo XXI dio claras señales de la necesidad de reformar el papel de los mercados y de profundizar el alcance de la democracia. ¿Alguien sabe cuál es el precio real de las cosas?

Esa pregunta surge expresa o implícitamente en la letra del economista Raj Patel en su libro Cuando nada vale nada (Marea Editorial). Primera respuesta tomada prestada de Oscar Wilde: “Hoy en día la gente conoce el precio de todo, pero no sabe el valor de nada”. Hoy, los griegos, los españoles, entre otros, padecen en carne propia, literalmente, esa falta de respuesta adecuada, el problema de no saber el precio verdadero de las cosas. La burbuja estalló, el ajuste llegó y, lógicamente, la sociedad exige imponer un nuevo orden que respete las voluntades del pueblo, de la gente, de cada individuo.

Raj Patel irrumpió en la escena intelectual académica política global en 2007 cuando publicó su, ya, famoso libro Obesos y famélicos (Marea Editorial). Un libro de prosa accesible e información muy llamativa en relación al mundo de la producción y al consumo de alimentos que puso en evidencia una de las consecuencias más notorias y evidentes del mundo capitalista: hay flacos pobres y gordos ricos en el mundo global y contradictorio de los negocios del nuevo sistema alimentario mundial. Patel conoce de cerca los centros de poder internacionales: ha trabajado en las grandes organizaciones internacionales como el Banco Mundial, la ONU, la Organización Mundial del Comercio. También ha sido muy elogiado por Naomi Klein, a quien, en rigor de verdad ha superado con sus argumentaciones e interpretaciones del mundo capitalista que nos circunda.

Patel, también activista, comenzó a estudiar las diferentes desigualdades surgidas en algún lugar de su existencia: “Pienso que este interés me nació de una experiencia formativa de cuando tenía cinco años y estaba visitando familiares en la India. Vi la pobreza de una niña que mendigaba junto a la ventanilla de nuestro auto. Nunca antes había visto algo así, y nunca olvidé la injusticia de la situación. No soy excepcional en ese sentido. Todos los seres humanos (y hasta algunos primates) tienen un sentido muy desarrollado de la justicia. Basta con visitar cualquier lugar de juegos para escuchar un grito de ‘¡eso no es justo!’ Si bien hacemos lo posible por olvidar, el mundo es injusto y eso nos preocupa a todos.”, dice desde su estudio en California.

El aporte originario de Karl Marx con su clásica teoría del valor, le sirvió a Patel para retomar este punto clave de la economía vigente. Marx sostenía –brevemente– que el valor de una mercancía estaba dado por el trabajo intrínseco que ésta contenía, la materia prima y la plusvalía (ganancia) del capitalista. Así, encuentra en el precio una fuerza ideológica enorme: “Son los generadores de toda una forma de ver y entender las necesidades que tenemos y los recursos del pequeño planeta en el que vivimos. Se aplica la visión de la filosofía económica de Friedrich Hayek, en la que los precios son hilos a través de los cuales se transmiten las insuficiencias y las necesidades”.

Patel sostiene que, lógicamente, hay una distancia entre el precio de una cosa y su valor, una distancia que los economistas no pueden subsanar porque es un problema inherente a la misma idea de que el precio esté dirigido por la búsqueda de ganancia y que produce inquietud y preocupación. A continuación trae a la memoria los muy conocidos comerciales de Mastercard que proponen –en EE.UU.– “ingreso a la cancha: 250 dólares; clase: 50 dólares; club de golf: 110 dólares; divertirse: no tiene precio”. La gracia, sostiene el economista de origen indio, es que el precio de una cosa realmente no dice nada acerca de su valor. “Esta penosa sensación ha pasado a entretenernos”, concluye.

Conocedor del mundillo de la alimentación, Patel analiza el caso de McDonald’s como un claro ejemplo de una institución cuyo único objetivo es generar ganancias y que es capaz de ahorrar en lo que sea para hacer sus hamburguesas: desde el uso de carne en particular hasta una mano de obra barata, etcétera. En Estados Unidos, y podemos presumir que en gran parte del mundo es así, a la casa de fast food se le permite emitir gases contaminantes producidos por la elaboración de sus hamburguesas. El costo energético de producir los 550 millones de Big Macs que se venden por año en los EE.UU. es de 297 millones de dólares y deja un impacto ecológico equivalente a 2.660 millones de libras de CO2, un gas que contribuye al efecto invernadero. “Aunque todos estos costos no se reflejen en el precio de ventanilla del Big Mac, la realidad es que alguien tiene que pagarlos. El asunto es que no los paga la corporación McDonald’s, sino toda la sociedad”, señala Patel en su libro Cuando nada vale nada . El economista Arthur Pigou, a principios del siglo XX, acuñó la idea de que los mercados suelen no registrar las implicancias de lo que hacen, a causa de las falencias propias de su constitución: falencias que afectan aquello que es interno a los precios y lo que es externo.

Sabemos que las corporaciones alimentarias están en guerra y “en medio de las guerras”. En el caso de EE.UU., la guerra entre las marcas se dedicó, en los últimos diez años en asociar simbólicamente las hamburguesas con patriotismo. De este modo, Burger King abrió el primer puesto de hamburguesas en Irak mientras los camiones de ayuda aún estaban en la frontera esperando a que se declarase oficialmente el fin de las hostilidades. A partir de mayo de 2003 esta marca de hamburguesas abrió un punto de venta permanente en el aeropuerto internacional de Bagdad, y tres unidades móviles. Hubo whoppers gratis para dar la bienvenida a los soldados que combatían y habían sobrevivido. El imperio de Burger King llevó adelante la ola de “comida casera” que necesitaban las tropas estadounidenses. También de este modo se ponía en práctica la idea de alimentación asociada a la seguridad nacional: llevar la propia comida al campo de batalla le devolvía la confianza a los soldados. Y al pueblo estadounidense.

¿Qué esconden los alimentos más allá de sus ingredientes? Volvemos a Marx y tomamos el concepto del fetichismo de la mercancía según el cual existe un fenómeno social/psicológico donde las objetos aparentan tener una voluntad independiente de sus productores. Dice Patel: “En primer lugar, en el extremo más caro de la gastronomía, el origen es algo intrínseco a la experiencia del placer. Es por eso que los productos cuyo origen se conoce son más caros que aquellos cuya procedencia está oculta. En segundo término, sin embargo, el origen de los alimentos es importante para centenares de millones de personas que están ocultas, trabajando por poco dinero, en el sistema de alimentos. Les importa mucho el hecho de que viven y trabajan en malas condiciones y por sueldos muy bajos”. Es decir, lo que se esconde es demasiado. Toda una red de relaciones socioeconómicas que la maquinaria industrial necesita para justificar un precio.

El papel de meros consumidores nos separa de las decisiones como ciudadanos, sostiene Patel. El investigador subraya el hecho de que la economía trata sobre las decisiones, pero nunca se dice quién las toma. “El mercado, entonces, es un modo de ‘decidir acerca de las decisiones’: si optamos por valorar el mundo a través de la óptica del mercado, entonces optamos por el principio de que ‘mientras más dinero se tiene, más se puede tener’”. Es ahí donde toman un significado particular los intentos de la democracia directa. En Porto Alegre, Brasil, por ejemplo, se lleva a cabo la experiencia del presupuesto participativo, donde los habitantes de la ciudad tienen peso a la hora de decidir el destino de las inversiones estatales. Casos similares se han dado en Kenia y la India, por ejemplo. “Esto es lo que sucede cuando las personas dejan su rol de consumidores en el mercado y asumen el papel de ser autores de su propia vida, sujetos políticos que administran sus recursos y que desarrollan mecanismos democráticos para socializarlos”, puntualiza.

A fines del siglo XX, se produjo un intenso y productivo debate y de acción concreta en cuanto a la toma de medidas que pudieran detener el avance neoliberal. Ese movimiento fue conocido como de “resistencia global”, “antiglobalización” o, despectivamente, como el de los “globalifóbicos”. Durante el siglo XXI, el movimiento siguió activo trabajando en los frentes internos de cada país. ¿Qué fue lo que pasó?

Patel se convirtió en un autor dilecto de los movimientos que componen el movimiento en todo el mundo: “La criminalización del disenso que se produjo después de los atentados terroristas de 2001 impuso un cambio de tácticas al movimiento antiglobalización. Después del 11 de septiembre, determinados tipos de confrontación se hicieron mucho más difíciles, no sólo en EE.UU. sino en el mundo entero. Los gobiernos aprovecharon la oportunidad de reforzar el estado de seguridad en todas partes, desde India hasta Italia. Pero el movimiento goza de buena salud y organiza alternativas concretas a la globalización empresarial en todo, desde la agricultura sostenible hasta las ciudades libres de carbono.”

El mundo vuelve a presentar un panorama complejo y problemático. Sin embargo, Patel se muestra optimista: “No debemos creer que todo será fácil. Recuperar la capacidad de compromiso de la sociedad de mercado, recuperar el derecho a tener derechos, es una tarea difícil (…) Para recuperar la política, también nosotros debemos tener más imaginación, más creatividad y más valentía. Debemos recordar que las victorias de la democracia no son producto de las urnas, sino de las circunstancias que la hacen posible: la igualdad, la responsabilidad y la posibilidad de la política”.

Artículo original en Revista Ñ >>> Clarín

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