Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Lecciones del falso ‘caso Strauss-Kahn’


Por BERNARD-HENRY LEVY (El País)

Ahogar el establecimiento de la verdad bajo un chorro de imágenes dignas de un mal ‘reality show’ no es propio de EE UU. En esta ocasión, sin embargo, ese país ha alcanzado la cumbre de la obscenidad.

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No sé por dónde andará el muy probablemente falso caso Strauss-Kahn cuando aparezcan estas líneas. Pero, sin especular sobre el futuro, sin construir castillos en el aire respecto a su regreso a la política ni, aún menos, hipótesis arriesgadas sobre los orígenes de esta tenebrosa historia, de lo ocurrido se pueden extraer las primeras lecciones:

1. La canibalización de la justicia por el espectáculo. Esa forma de ahogar el establecimiento paciente de la verdad bajo un chorro de imágenes dignas de un mal reality show no es propia de Estados Unidos. Sin embargo, hay que reconocer que, en esta ocasión, el país ha alcanzado la cumbre de la obscenidad. Obsceno, como dije desde el primer día, ese famoso perp walk, esa forma de humillar, encadenar, arrastrar por el lodo a un hombre cuya muda nobleza no se ha visto mermada hasta ahora. Obscenos, cuando llegó con Anne Sinclair a la audiencia del 6 de junio, los “debería darte vergüenza” lanzados por un regimiento de camareras de hotel que no sabían nada del sumario y cuya histeria linchadora formaba parte de la puesta en escena. Y obscenas, finalmente, las ruedas de prensa improvisadas por el abogado de la demandante en las escalinatas del palacio de justicia: si hay una violación, por supuesto simbólica, pero probada, es, por el momento, la de la señorita Diallo a manos de su propio defensor, que disfrutaba, oh, sí, disfrutaba tanto de poder describir así, ante las cámaras del mundo entero y en los términos más crudos, las partes más íntimas del cuerpo de su cliente.

2. El robespierrismo de esta puesta en escena. Porque, en el fondo, ¿qué es el robespierrismo, sino esa forma de adueñarse de un hombre de carne y hueso, de deshumanizarlo, transformándolo en un símbolo, y de coser en la piel de ese símbolo todo lo que se ha decidido odiar en este mundo? Pues bien, no hay más remedio que admitir que Estados Unidos, pragmáticos y rebeldes ante las ideologías, han caído en eso. Y nosotros con ellos. Durante esas locas semanas, Dominique Strauss-Kahn ya no era Dominique Strauss-Kahn. Era el espejo del mundo de los banqueros blancos y globalizados. Y la señorita Diallo era, frente a él, la encarnación de las mujeres humilladas, maltratadas y, por añadidura, inmigrantes y pobres. El problema es que eso sigue sin ser la justicia. Esta no enfrenta símbolos, sino personas. Salvo cuando cae en lo que Condorcet, una de tantas víctimas de Robespierre, llamaba “el celo compasivo de los pretendidos amigos del género humano” y que, en esta ocasión, llamaremos “el linchamiento compasivo de los pretendidos amigos de las minorías”.

3. Pues, todavía en Francia, el robespierrismo siempre ha hecho buenas migas con ese otro ismo, aparentemente su contrario, en realidad, su gemelo paradójico, que es el barresismo. ¿Qué es el barresismo? Es esa visión del mundo que, en pleno apogeo de otro caso, fue capaz de decir: “El que Dreyfus es culpable lo deduzco, no de sus actos, sino de su raza”. Evidentemente, el caso Strauss-Kahn no es el caso Dreyfus. Pero está claro que al reducir este debate de derecho a un combate metafísico entre humildes y poderosos se ha dado pie, como antaño en el caso del notario de Bruay-en-Artois, a una nueva variante del enunciado de Barrès: “El que Strauss-Kahn es culpable lo deduzco, no de su raza, por supuesto, sino de su clase”. Lo que, en el fondo, viene a ser lo mismo. Y resulta alucinante que tantos editorialistas, tantas grandes conciencias y, de paso, tantas feministas hayan podido caer en la trampa de este barresismo invertido.

4. Y más teniendo en cuenta que a todo esto ha venido a añadirse otra tentación propia de nuestro tiempo, que es la sacralización de la palabra de la víctima. Pongámonos de acuerdo. Si he tomado parte en un combate a lo largo de mi vida; si, en efecto, hay un combate sagrado para mí, es el que consiste en devolver la palabra a los humildes y a los sin voz -de los que sin duda forma parte la señorita Diallo-. Pero devolver la palabra es una cosa. Considerarla como palabra revelada es otra. Y el hecho es que hemos pasado, también aquí, de un extremo al otro. La época en que la palabra de las víctimas del orden mundial era desacreditada por principio dejó pasó a una época en que, por principio, es acreditada con todos los prestigios y todas las inocencias. Y esto, una vez más, es lo contrario de la justicia.

5. Una última palabra. Como enseguida sospeché, en este caso ya hay una víctima: ese hombre, Dominique Strauss-Kahn, cuya vida y honor han sido arrojados a los perros. Pero hay otra, tanto en Estados Unidos como en Europa, que es el principio mismo de la presunción de inocencia. Este principio ha sido pisoteado por unos tabloides que han rivalizado en abyección al transformar a Strauss-Kahn en un “monstruo” y un “pervertido”. Ha sido pateado por esa parte de la prensa “presentable” que, como Time Magazine, en una cubierta que ilustraba la “arrogancia” de los “poderosos” con la fotografía de un cerdo, hizo lo que los peores periodicuchos no se atrevieron a hacer. Ha sido destrozado por los burócratas del FMI, que, al obligarlo a dimitir, cuando en realidad no sabían más que las camareras del 6 de junio, se han cubierto de vergüenza. Y, finalmente, ha sido pulverizado a ambos lados del Atlántico por los batallones de tejedoras y tejedores del Tribunal Popular Permanente -durante la Revolución Francesa, las tejedoras (tricoteuses) eran las mujeres que asistían a las sesiones del Tribunal revolucionario y a las ejecuciones mientras hacían calceta- que, en los medios de comunicación y en las conversaciones, en los platós de televisión y en el café de la esquina, lo han puesto en la picota con un júbilo pornográfico. Como mínimo, esto merece un examen de conciencia colectivo.

Artículo original en ELPAÍS.com

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