Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El Presidente y el lucro

Por CARLOS PEÑA (El Mercurio)

Lo más llamativo de la propuesta educacional del Presidente no fueron las medidas que anunció: ni el dinero que destinaría, ni la superintendencia que decidió crear, ni las mejoras al crédito. Lo más llamativo -tanto que era como si alguien vestido de riguroso negro llevara zapatos amarillos- fueron las dudas. En especial las dudas respecto del lucro:

Abriremos un debate -dijo el Presidente– para analizar la posibilidad de distinguir entre (las universidades) sin fines de lucro y las con fines de lucro.

El problema se había discutido durante semanas -exactamente seis- y era de esperar que el Presidente tuviera una posición. Pero no. En vez de decir cuál era el punto de vista del gobierno -y mientras el ministro Lavín ensayaba ante las cámaras una estatua- Piñera prefirió abstenerse y llamó a un debate.

Raro.

Es raro que un gobierno de derecha, integrado por empresarios y por manágeres, tenga pudores y dudas a la hora de hablar del lucro ¿No enseñaba Friedman que no había tal cosa como un almuerzo gratis? ¿No dijo Hayek que el mercado -esa coordinación muda de esfuerzos a través de los precios- era lo único que producía bienestar? Y si todo eso es así, si los miembros del gobierno y de la derecha no debieran tener problemas con el lucro ¿por qué entonces el Presidente -que en materia de lucro es un verdadero pez en el agua, un tigre en una selva de corderos- se mostró tan tímido a la hora de pronunciarse si las universidades podían perseguirlo o no?

En vez de expresar dudas, un gobierno de derecha debiera haber respondido que sí, que sin duda alguna debieran existir universidades con fines de lucro.

Esa es la única forma -piensa la derecha- que el mercado de la educación superior tenga una oferta diferenciada que permita el acceso de todos. Es verdad que las universidades con fines de lucro -como enseña la experiencia comparada- son de baja calidad académica. Pero ¿por qué eso sería un obstáculo? ¿Acaso a la hora de ofrecer zapatos, o autos o refrigeradores, el mercado debe ofrecerlos todos de la misma calidad? ¿No es una de las virtudes del mercado que ofrece bienes a la medida de la capacidad de pago de cada uno?

Un empresario -continúa el credo de derecha- tiene más incentivos que un académico para retener los alumnos y brindar una educación de calidad. ¿Acaso no enseña la economía neoclásica que nos ha guiado todos estos años que el deseo de ganancia y de utilidad, más que el compromiso con los semejantes o la búsqueda de la verdad, es la pulsión básica del comportamiento humano? Si pensamos que los empresarios sirven para educar a los niños y a los jóvenes -si se tolera que se encarguen de su educación durante doce años de su vida nada menos- ¿por qué -podrían haber preguntado triunfalmente Piñera o Lavín- va a ser malo que manejen universidades donde, después de todo, se forman personas adultas? Si permitimos que niños indefensos se formen en escuelas con fines de lucro ¿por qué mostrar dudas a la hora de admitir que jóvenes conscientes de sí mismos, se formen en ellas?

Todo lo anterior -perfectamente erróneo, pero que calza como un guante con el credo de la derecha- pudo haber sido dicho por el Presidente o por el ministro. ¿Por qué entonces prefirieron vacilar y expresar dudas?

La explicación es fácil.

Lo que ocurre es que el gobierno está en un callejón sin salida. Si fiel a sí mismo admitiera las universidades con fines de lucro (y cambiara la ley) reconocería que lo que ha ocurrido todos estos años en muchas instituciones es ilegal. Si, en cambio, decidiera que ese tipo de universidades no deben existir (si reafirmara la ley hoy día vigente) se obligaría a mirar el pasado y fiscalizar con rigor (cosa que hasta ahora ningún gobierno ha hecho).

En ambos casos -sea cual fuere la posición presidencial, a favor del lucro o en contra de él- el resultado sería el mismo: se advertiría que, echando mano a artimañas y a disimulos, durante décadas se respetó la letra de la ley pero se traicionó de manera indudable su espíritu. En una palabra, se constataría un fraude que se verifica, según decía Paulo, cuando “salvadas las palabras de la ley, se elude su sentido”.

¿Será capaz el sistema de educación superior de soportar tanta realidad?

Como se ve, el problema no es la ideología. Son -le gustaba decir a Lenin- los porfiados hechos.

Artículo original en El Mercurio.

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