Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Réquiem para el transbordador espacial

Por FERNANDO HALPERÍN (Página/12)

La última misión de un transbordador Atlantis saldrá hoy desde el Centro Espacial Kennedy, aunque el mal tiempo podría obligar a postergarla. El fin de esas naves implica también el fin de una era en la carrera espacial. Qué está en juego. Qué es lo que viene.

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Si todo transcurre por los carriles previstos, si al diablo no se le ocurre meter la cola en cuestiones técnicas o climáticas, hoy será lanzado por última vez el transbordador espacial desde el Centro Espacial Kennedy, en la Florida, cerca de Disney World y de las playas de Miami. Será un retiro sin pena (pocos están enterados y, entre los que lo están, es probable que pocos sientan pena por una nave espacial). Pero, también, sin gloria, dado que difícilmente alguien recuerde algo del transbordador, más allá de sus dos espectaculares accidentes en los que murieron sus siete tripulantes de ocasión: el Challenger, el 28 de enero de 1986, durante el lanzamiento (con maestra de escuela incluida), y el Columbia, el 1º de febrero de 2003, cuando intentaba la siempre peligrosa vuelta a casa desde el espacio.

Para ser justos, ante tamaña jubilación hay que decir que hubo más, mucho más. Quizá, no en el sentido de las grandes epopeyas espaciales, como la del Apolo 11. Pero el transbordador hizo lo suyo, y lo hizo bien, antes de caer derrotado no por las condiciones extremas más allá de la atmósfera o por falta de nuevas ideas para posibles misiones, sino, como tantas otras cosas maravillosas en estos tiempos, por su ineficacia a la hora de las cuentas.

¿Qué fue el transbordador? ¿Para qué sirvió? Su nacimiento se remonta a los años ’60, en plena carrera hacia la Luna, cuando quedaba claro que, si no se obtenía un vehículo capaz de ser reutilizado tras un viaje al espacio, que garantizara bajos costos y cierta eficiencia, las travesías espaciales tendrían corto futuro. Esto de poner una lata sobre un misil descartable (que eso, al fin y al cabo, es un cohete espacial) y apuntar hacia arriba resultaba realmente caro. Así nació el transbordador. Pero terminó siendo realmente un costoso vehículo semirreutilizable; parte de lo que volvía no servía más. Y lo que sí servía, debía ser reacondicionado. Si no, veamos una foto momentos antes de un lanzamiento. El transbordador en sí es el avioncito, no mucho más grande que los que aterrizan y despegan a diario del Aeroparque porteño. El enorme tanque naranja adosado a su barriga, un tanque de combustible líquido, que utilizan los pequeños motores del transbordador, sólo para llegar al espacio. Esa cosa, una vez vacía, se desprende y se pierde. Los dos pequeños cohetes flacuchos y blancos, que penden a los lados del depósito naranja, son cohetes de combustible sólido, que le dan un formidable empuje los dos primeros minutos de viaje. Esos sí se recuperan del océano y se vuelven a llenar.

Todo ese conjunto a la hora del lanzamiento pesa dos millones de toneladas y mide 56 metros de altura. Es como armar una torre similar a un edificio de 20 pisos, con el peso de 20 mil locomotoras, que cuando la cuenta regresiva llega a “cero” simplemente debe salir hacia arriba y, en ocho minutos, alcanzar el espacio volando a unos 27.000 km/h (es decir, 30 veces más rápido que un avión). La potencia necesaria para algo así no pasa inadvertida. Los rugidos del despegue del transbordador pueden escucharse 60 kilómetros a la redonda (un hipotético lanzamiento desde Buenos Aires podría ser escuchado desde Escobar, Luján y La Plata al mismo tiempo). ¿Y para qué servía?

El transbordador tenía dos propósitos. Uno, garantizar el acceso a costos razonables al espacio. El otro, relacionado con el primero, dado que la Luna había sido alcanzada y que lo próximo era Marte (o habitar la Luna) era necesario construir una estación intermedia entre la Tierra y sus vecinos. O sea, una estación espacial. Allí podría experimentarse todo lo referente a la vida y las largas estadías en el espacio, porque ir y volver de la Luna requiere una semana entre la ida y la vuelta. Pero ir y volver de Marte, no menos de tres años. Había que ver qué ocurría con el cuerpo humano en ausencia de gravedad. Había que aprender a producir alimentos. Sin embargo, aunque el transbordador estuvo listo y voló, en 1981, por primera vez, la estación espacial no se hizo realidad hasta recién finalizando el siglo XX. ¿A dónde fue, entonces, el transbordador durante esos primeros 20 años? La respuesta fue… a ningún lado.

La verdad es que el propio transbordador se convirtió en laboratorio espacial para hacer experimentos. Tantos y tan variados que resulta difícil de enumerarlos. Podía alcanzar, como mucho, los 700 kilómetros de altura y orbitar la Tierra durante 15 días. Con esa sola capacidad, en 30 años de servicio puso satélites en órbita, sondas que visitaron Saturno o Venus, atrapó y trajo a la Tierra satélites con desperfectos o les hizo el service “in situ”, como los realizados al Telescopio Espacial Hubble, verdaderas proezas, aunque inadvertidas para casi todos. Y, claro, fue un transporte fundamental en la construcción de la Estación Espacial Internacional. Cada viaje fue una pequeña epopeya, pero invisible, en tiempos de gente poco interesada en hazañas espaciales.

El transbordador también fue parte de una lógica compleja y, a la larga, mortal. La NASA necesitó siempre evitar cortes en el presupuesto. Su mejor arma de presión: los vuelos tripulados. Pero los vuelos tripulados son carísimos. Y el transbordador, reutilizable y todo, no fue la excepción. Cada lanzamiento terminó costando entre 600 millones y 2000 millones de dólares. Con lo cual puede considerarse también uno de los mayores logros del transbordador el hecho de haber sobrevivido a los ’80 y los ’90, épocas tremendamente economicistas y muy poco aptas para románticos.

¿Qué viene? Es un misterio. Las cosas no pintan muy auspiciosas para los astronautas. Por lo pronto, la Estación Espacial, hoy en órbita, seguirá siendo abastecida por las nobles, viejas (y baratas) naves rusas Soyuz y Progress, mientras la NASA apuesta a los privados para desarrollar algo que vuele al espacio. Pero para calamidad de los ansiosos, eso no será antes de 2016, con mucha suerte.

Artículo original en Página/12

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