Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Satanicemos no más


Por HUGO ARIAS V.

Dijo Eugenio Tironi que “la prueba de que algo aprendimos de (el caso La Polar) no se medirá sólo en los castigos y las regulaciones”, sino principalmente en el “cambio que provoque en la cultura empresarial chilena”, la que necesita una “nueva ética” y debiera partir por volver a “preguntarse sobre lo que es correcto y lo que no lo es”. Estoy completamente de acuerdo con lo anterior. Pero me cuesta asumir otras afirmaciones o ideas implícitas en su columna de este martes 5 de julio en El Mercurio (“Capitalismo de triquiñuelas”).

Me cuesta aceptar, por ejemplo, esas culpas generales y totales que, según Tironi cargamos como sociedad: “Todos hemos aceptado que en esta industria el negocio no sea vender, sino prestar”, dice el columnista. “Lo que hacía La Polar estaba a la vista de todos” y “nos parecía normal”, añade. “Todos somos cómplices de este capitalismo de triquiñuelas”, concluye. ¿Todos? ¿Quiénes son “todos”? ¿La elite? ¿La clase política y empresarial? ¿Los gobiernos y los reguladores? ¿Los ciudadanos que creen que eligen a sus representantes en el Congreso? ¿Los hijos de vecino que tienen tarjeta y deuda en La Polar? No, pues. Ya sabemos como terminan estos sofismos: cuando todos son culpables, nadie es culpable.

Me cuesta comulgar, además, con la advertencia inicial del texto: “hay que tener cuidado. La demonización de (los) ejecutivos (de La Polar) puede servir a la satanización de prácticas que están ramificadas en todo nuestro capitalismo”. ¿Por qué habría que tener cuidado con satanizar prácticas que el propio Tironi describe en su columna como “triquiñuelas”, “tretas”, “ardides”, “artimañas”, “embustes”, “engaños” e incluso “pecados” (nunca delitos) y cuyo fin era engañar a los inversionistas y “arrebatarle valor”, más bien dinero, a personas inocentes, poco instruidas y preferentemente pobres? Podría entender que no se demonice a unos ejecutivos en particular por los pecados que cargan aquellos que, según la definición de Tironi, hacen andar día a día la máquina del “capitalismo de triquilueñas”. Puedo entender también la idea de que no hay que permitir que aquellos que están “tras bambalinas” usen a los ejecutivos de La Polar como chivos expiatorios de sus culpas y pasen, como suele ocurrir, colados. Pero cada vez que vuelvo a leer o ver cómo operaba la máquina de reprogramaciones “unilaterales” de La Polar se me revuelve la guata y la compasión se me va al carajo.

Así que satanicemos no más, todo lo que sea necesario, con todas las ganas posibles. Demonicemos tanto las prácticas como a quienes las llevan a cabo, las promueven, las avalan o las dejan pasar; diabolicemos con toda la sana ira que se pueda a ese capitalismo que “estimula a los ejecutivos a usar tretas para engañar a los consumidores” o a explotar a los trabajadores o a hipotecar el futuro destruyendo el medio ambiente; luciferiemos sin tregua a todos aquellos que sacan ventajas impropias de las asimetrías de información, belcebuciemos con esa rabia estilo Silvio Rodríguez a todos aquellos que obtienen su “rentabilidad de la explotación de la ignorancia de sus consumidores, o derechamente del engaño”… aunque, claro, sería preferible que se les juzgue y se les castigue con las máximas penas posibles, porque, al fin y al cabo, los cuentos de hadas y de infiernos son sólo eso, cuentos; y porque, además, las “éticas” y las “culturas” (empresariales o de cualquier tipo) no cambian sólo porque alguien escribe una columna más o una menos.

Artículo original en El Post

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