Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

“Indignados” ganan terreno


Por HUGO ARIAS V.

El movimiento ha ido creciendo, mutado, avanzando y ganando espacios, manteniendo todavía su impronta “ciudadana” y su carácter de caudal en el que han confluido las más diversas caras del descontento con la política, la economía o el “sistema”.

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1. ¿Hacia dónde va el 15-M? ¿En qué se va a convertir el movimiento de los “indignados”? Estas y otras similares son las preguntas que surgen hoy en las aulas y los cafés de España, en las reuniones políticas y las redacciones de prensa, en las filas del actual gobierno socialista y entre quienes casi seguramente conformarán el gobierno de derecha en unos meses más. Con qué intención se plantean estas interrogantes puede ser materia de discusión. De hecho, Isaac Rosa, escritor y columnista del diario español Público, apunta que “curiosamente” no son los manifestantes los que se hacen estas preguntas, “sino quienes los observan desde fuera. De modo que la insistencia en que el movimiento defina sus objetivos y decida sus próximos pasos es un intento por acabar con aquello que lo hace más peligroso: su carácter imprevisible, y por tanto incontrolable”.

Es cierto que el interés por adentrarse un poco en el futuro de “los indignados” puede ser planteado desde múltiples atalayas -personales, partidarias o meramente analíticas-, pero se justifica sin discusión en el hecho de que el movimiento ha ido creciendo, mutado, avanzando y ganando espacios, manteniendo todavía su impronta “ciudadana” y su carácter de caudal en el que han confluido las más diversas caras del descontento con la política, la economía o el “sistema” y en el que hoy tienen expresión también las más variopintas ideas de cómo cambiar todo aquello.

Esta rica mezcla sigue ganando terreno y adherentes. Y no ha sido poco el territorio conquistado. Hoy, a poco más de un mes del “estallido” del 15 de mayo hay espacios en los diarios en los que se debate sobre los temas que puso sobre la mesa el movimiento. Los expertos de todos los ámbitos reconocen el valor de muchas ideas traídas a las discusion por los indignados. Pero, sobre todo, en los partidos políticos ya comienza a cundir la necesidad de tomar algunas de sus banderas y hacerlas propias, tan propias como si hubieran surgido de sus orgánicas, tan propias como si nunca hubieran hecho algo en contra de esos mismos preceptos, valores o demandas.

Hace algunos días, el secretario de Organización del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Marcelino Iglesias, aseguraba que su partido escucha “con muchísimo interés” y “toma nota” de los reclamos del movimiento de los “indignados”. Pero rápidamente fue más allá para afirmar que el PSOE incluso “comparte” algunas de sus preocupaciones. Lo repitió después el mismísimo secretario general del partido y presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, quien ha sido uno de los blancos predilectos de las críticas ciudadanas y, sin duda, fue el gran derrotado de las elecciones autonómicas y alcaldicias del 23 de mayo. La verdad, es bien larga la lista de próceres del socialismo, encabezados por el candidato para las próximas elecciones y actual vicepresidente Alfredo Pérez, que reitera la importancia de atender a los reclamos del movimiento. Y mientras, desde la otra vereda, el derechista Partido Popular se vende como “la solución a la indignación”, como si nunca hubieran aplaudido las políticas que los indignados rechazan hoy, como si nunca hubieran remado (y pretendan seguir haciéndolo) justo hacia el lado contrario de lo que demandan los ciudadanos que empujan el 15-M. Esteban González, vicesecretario general de Comunicación del PP, dijo la semana pasada que entiende la indignación de la gente “con el presidente que no vio la crisis” y ahora no sabe resolverla, o con la propia crisis económica, agregando, muy convenientemente para los intereses de sus partido, que “la solución es el cambio político”. De hacerse cargo de los reclamos o de compartirlos no habló en ningún caso.

Tanto terreno han ido abarcando los “indignados” que el mismo día que se discutía en el Parlamento la reforma laboral que los ciudadanos rechazan a voz en cuello (pero que las autoridades han prometido a organismos como el FMI o a poderes fácticos y sin rostro como “los inversores”), la Cámara de Representantes debatió sobre algunas de las propuestas del 15-M y acordó apurar al gobierno para que envíe al Congreso el prometido proyecto de ley de información pública, que permitiría una mayor transparencia de la actuación estatal.

2. Pensar que sólo a comienzos de mayo, apenas una semanas antes de las elecciones del domingo 22, un “comité de sabios” se reunió en el Círculo de Bellas Artes de Madrid para discutir y descifrar las claves de cómo “otro mundo no sólo es posible, sino seguro”. En el grupo estaban Federico Mayor Zaragoza, antiguo director general de la Unesco, el economista Juan Torres y el, muy conocido para nosotros, juez Baltasar Garzón.

Del debate de aquel día se concluía que “vivimos una crisis sistémica que no encuentra una respuesta globalizada en un mundo que, sin embargo, es cada vez más global” y que frente a ello se requiere la reconversión del individuo a ciudadano para que de una vez por todas deje de ser “un súbdito del mercado” (Mayor Zaragoza). También se dijo que el mayor pecado que cometen los gobernantes en democracia es “reírse de los ciudadanos” y se propuso una suerte de contrato para que tanto líderes políticos como ciudadanos se comprometan a cumplir sus funciones y a acabar con “la normalización de la indiferencia que se vive a causa de la crisis de liderazgo” (Garzón). Y surgieron de la discusión cuatro principios: “(1) La inmoralidad de llamar inversores a los culpables del crimen organizado de la humanidad, el hambre. (2) La irresponsabilidad de seguir callados pensando que todo pasará. Hay que empezar a pedir cuentas. (3) La insensibilización de no enrabietarse y solidarizarse con los demás. (4) Y la inhumanidad a la que nos quieren someter los que pretenden que vivamos para ganar más a costa de los otros” (Torres).

“Curiosamente”, siete días después de este debate se produjo la marcha del 15 de mayo que exigía más democracia y cambios profundos al modelo económico español, y por extensión al europeo. Se convocó como una protesta liderada por los jóvenes, a la que se sumaron algunos veteranos, cansados de la hegemonía de los partidos políticos y de la falta de soluciones para los problemas que aquejan a los ciudadanos. Pero comenzó a crecer y asentarse rápidamente.

3. Tanto en los días previos como durante las semanas que han marcado el constante fortalecimiento del movimiento, el apoyo de los intelectuales ha sido fundamental, como suele ocurrir con los movimientos que finalmente cambian el mundo. El economista y pensador José Luis Sampedro, uno de los primeros en prestar su opinión a favor de las manifestaciones de ¡Democracia Real Ya!, y con la libertad que le dan sus 94 años, sigue alentando a los jóvenes a “enderezar las cosas” y asegura que las batallas “se ganen o se pierdan, hay que darlas por el hecho mismo de darlas”.

No parece haber dudas de que una voz ineludible que susurró los inicios del movimiento fue la de otro nonagenario, el destacado escritor y diplomático francés Stéphane Hessel (93), a través de su libro “Indignezvous! (¡Indignaos!)”. Hessel comienza su llamado a “la indignación” reconociendo que habla a los jóvenes y que lo hace desde la última etapa de su vida. Los llama a “colocar en alza valores que hoy están amenazados y que han costado años y décadas de lucha y sacrificio. Libertad, igualdad, justicia, legalidad, compromiso, derechos humanos. Palabras labradas a base de sangre y fuego, en su caso no con demagogia barata. Porque Hessel tiene sus razones para indignarse cuando vislumbra la amenaza de verlas desaparecer”, escribe Jesús Ruiz Mantilla como introducción a la entrevista con Hessel que el diario El País publicó a fines de mayo.

El interés general, explica Hessel, debía y debe estar por sobre el interés particular, la justa repartición de las riquezas generadas por el mundo del trabajo debe primar sobre el poder del dinero. Y por ello añade que la actual dictadura global de los mercados financieros es una amenaza tanto para la paz como la democracia.

“Yo les sugiero a todos y a cada uno de ustedes tener un motivo de indignación”, dice en su libro, y añade luego que la indiferencia es la peor de las actitudes. Identifica dos grandes desafíos y llama a asumirlos y defenderlos sin violencia, porque, afirma, “hay que preferir la esperanza, la esperanza de la no violencia”. Los dos principios son casi obvios, pero llevan una carga política, económica, social y humana muy grande: (1) no se puede dejar crecer esta distancia entre ricos y pobres en el mundo; (2) hay que salvaguardar los derechos del hombre y el estado del planeta. En la entrevista con El País, Hessel ya anuncia su próximo libro, “Comprometeos”, que “es el paso moral siguiente a la indignación”, explica.

Artículo original en El Post

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