Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Juzgamos hombres no símbolos


Por ALAIN FINKIELKRAUT (Revista Ñ)

La presunta agresión sexual cometida en Nueva York por Dominique Strauss-Kahn, ex director gerente del FMI, debe ser juzgada según un debido proceso y sin caer en “el linchamiento político-judicial”. Su juicio se ha convertido “en el juicio al Occidente predador, al racismo, a la islamofobia, al sexismo”.

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No sé si Dominique Strauss-Kahn es inocente o culpable de los hechos que se le imputan. Solo sé una cosa, y desgraciadamente, ese saber que surge de la evidencia se comparte cada vez menos: Dominique Strauss-Kahn no es un símbolo sino una persona singular, con un apellido y un nombre. Incluso aquellos que, impresionados por la acusación y por los indicios destilados por la prensa, le niegan la presunción de inocencia, deberían otorgarle al menos la presunción de individualidad.

En lugar de eso, se conceptualiza a Strauss-Kahn con toda la energía y a lo largo de los talk-shows , se hace de él un espécimen, un emblema, una categoría; se lo ahoga en la abstracción. El “quién es” es reemplazado por lo que es o lo que supuestamente es: el que domina en su ámbito, el “macho blanco libidinoso”, el miembro del club de los poderosos al que nada detiene y que cree tener todo permitido.

Su juicio se convierte en el juicio al Occidente predador, al racismo, a la islamofobia, al sexismo, a la persistencia del Antiguo Régimen en la Europa democrática, el juicio a los besos robados, a las bromas subidas de tono y a la concepción francesa del comercio de los sexos, el juicio, finalmente, a todos los violadores, pedófilos y a quienes se obstinan en no compartir las tareas domésticas. Dos humanidades se enfrentan: la que aplasta y la que es aplastada. A través de las mucamas neoyorquinas, la segunda dice a la primera: “¡Basta! Dominique Strauss-Kahn debe pagar por lo que nos hizo”.

Pero no, no les hizo nada. Lo que hizo, debe determinarlo la justicia. Si se transforma el proceso de un hombre en el proceso de la dominación, entonces, la justicia se encuentra sin objeto, la causa está cerrada, el veredicto se ha dado y las audiencias ya no tienen sentido sino como castigo, como humillación pública, como linchamiento político-judicial, como “ Shame on you !” (“que la deshonra caiga sobre él”).

En La mancha humana (Alfaguara, 2001), esa novela que comienza en pleno affaire Clinton-Mónica Lewinsky, Philip Roth dice que hubiera deseado una bandera gigante que cubriera de un extremo al otro la Casa Blanca, como uno de esos embalajes dadaístas estilo Christo y que proclamara: “ A human being lives here ” (“Aquí vive un ser humano”).

Yo también quisiera embalar la “lujosa residencia” en la que vive quien ha sido juzgado indeseable por todos los copropietarios del inmueble de Manhattan y recordar a los fotógrafos, enviados especiales, editorialistas, turistas, feministas, descontruccionistas de todo el país, a los profesionales de la risa, a la izquierda moral y a la derecha demasiado contenta de poder defender a su vez, sobre todo contra un socialista, la causa de los oprimidos, que allí vive un ser humano.

Un ser de carne y hueso. Ciertamente, la agresión en el Sofitel (si se comprueba) es incomparable en su gravedad con lo que pasó en la oficina del Salón Oval entre el presidente y su becaria. Pero un ser humano es un ser humano. Si hay algo que debemos aprender del siglo XX, es que debemos, cueste lo que cueste, apoyarnos en esa tautología. Y eso vale también para la querellante reducida del mismo modo a una abstracción, instrumentalizada y desencarnada sin pudor por quienes hacen su oficio de conmoverse por su suerte.

Entre los procesos nacidos del affaire Strauss-Kahn, está el de la omertà , de la ley del silencio, de la complacencia que la prensa francesa habría demostrado hacia la clase política. En nombre de la sacrosanta separación entre vida privada y vida pública, se habrían cubierto actos reprensibles y especialmente el del mujeriego pesado que era el ex director del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Algunos periodistas hacen pues el mea culpa frotándose las manos. Prometen dar a conocer al pueblo entero las infamias de sus mandatarios en lugar de reservar ese conocimiento a un pequeño número de privilegiados. Se comprometen a indagar en las vidas, escuchar las conversaciones, denunciar las transgresiones y a no respetar más que un solo secreto: el de sus fuentes. El derecho democrático de saber y la exigencia ciudadana de moralizar la vida pública los obliga a aumentar aún más su poder. ¡Qué buen negocio! En La insoportable levedad del ser y en Los testamentos traicionados (Tusquets, 2008 y 1992 respectivamente), Milan Kundera nos cuenta una historia muy instructiva. Para desacreditar a dos grandes personalidades de “la primavera de Praga”, el novelista Jan Prochazka y el profesor Vaclav Cerny, la policía difundió sus conversaciones en un folletín por la radio.

“De parte de la policía, era una acto audaz y sin precedentes. Y lo que asombra es que casi lo logra; inmediatamente, Prochazka fue desacreditado: pues, en la intimidad, uno dice cualquier cosa, habla mal de sus amigos, dice palabras groseras, no es serio, cuenta chistes de mal gusto, se repite, divierte a su interlocutor sorprendiéndolo con exageraciones, tiene ideas heréticas que no confiesa públicamente, etcétera (…). En consecuencia, no fue sino poco a poco (pero con una rabia por eso mismo más grande) que la gente se dio cuenta de que el verdadero escándalo no eran las palabras osadas de Prochazka sino la violación de su vida privada; se dieron cuenta (como por un shock) de que lo privado y lo público son dos mundos diferentes por esencia y que el respeto de esa diferencia es la condición sine qua non para que un hombre pueda vivir como hombre libre; que la cortina que separa esos dos mundos es intocable y que quienes arrancan esa cortina son criminales.” ¿Este clamor antitotalitario será escuchado? ¿O el affaire Strauss-Kahn terminará convenciéndonos de que arrancar la cortina no es criminal sino saludable, puesto que es obra de periodistas ciudadanos y no de policías?

ALAIN FINKIELKRAUT, francés, es filósofo. (c) Le Monde, 2011. Traduccion de Estela Consigli.

Artículo original en Revista Ñ >> Clarín

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