Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La pasión inglesa


Por JAVIER CERCAS (El País)

La fantasía central del nacionalismo consiste en creer que existe un alma de los pueblos y que todos los pueblos están dotados de ciertos rasgos que perviven, inmutables y eternos, desde el principio hasta el fin de los tiempos; para entendernos: los ingleses siempre han sido y siempre serán flemáticos; los franceses, petulantes; los alemanes, disciplinados; los italianos, cantamañanas; los rusos, borrachos; los españoles, anárquicos. Esta mentira monumental -y, sobra decirlo, venenosa- encierra sin embargo, como todas las mentiras monumentales, una pequeña verdad, y es que, en determinado momento de su historia, determinadas comunidades tienden a privilegiar determinados rasgos sobre otros. Es lo que ocurre, desde hace ya tiempo, con los ingleses y su pasión por la imparcialidad, por el juego limpio, que no por nada se conoce en cualquier lengua con una expresión inglesa: fair play. No sé cuál fue el origen de esa virtud, pero seguro que está vinculada a siglos de democracia ininterrumpida y de educación en la libertad. Porque lo cierto es que la pasión por la imparcialidad es una pasión de hombres fuertes, es decir, de hombres libres; para los demás esa pasión es un lujo, y ni los esclavos ni los débiles se pueden permitir lujos. No hace mucho puse en esta misma columna un ejemplo del fair play británico, porque me acordé de una conversación que, según Bioy Casares, Borges y él, mantuvieron el 3 de octubre de 1963. Aquella noche Borges contó que en un College de Oxford hay un memorial de guerra que registra en mármol los nombres de sus estudiantes muertos en la II Guerra Mundial; entre esos hombres figuran al parecer no sólo ingleses que lucharon contra Alemania, sino también alemanes que lucharon contra Inglaterra. Borges y Bioy coinciden en que esta ecuanimidad moral sería imposible en Alemania, en Francia, en Argentina. ¿Por qué? Porque, asegura Borges, los ingleses “son fair minded, lo contrario de fanáticos”.

Hace unos días topé con otro ejemplo de esa pasión inglesa. Figura en la correspondencia de George Orwell, un escritor que en los últimos años parece condenado a representar la quintaesencia de lo inglés y a encaramarse en la incómoda peana de escritor nacional británico. Poco antes de que en 1945 se publicara Rebelión en la granja -una parábola contra el estalinismo en la que un cerdo llamado Napoleón representa a Stalin-, Orwell escribió a su editorial para pedir un favor de última hora. En el capítulo VIII de la novela, cuando los hombres de una granja vecina vuelan el molino construido por los animales, Orwell había escrito que “todos los animales incluyendo a Napoleón se tiraron bocabajo”, y ahora le pide a su editor que altere esa frase y ponga “todos los animales excepto Napoleón…”. El motivo de ese cambio es simple: la batalla entre hombres y animales representa en la ficción la guerra entre nazis y soviéticos y, como escribe Orwell, Stalin “permaneció en Moscú durante el avance alemán”. Orwell abominaba de Stalin, pero abominaba mucho más de la mentira, la injusticia y la parcialidad.

Por supuesto, no todos los ingleses son como Orwell; también existen los hooligans, exacto negativo futbolístico del fair play y punto al que yo quería llegar. Dado que la final de la Champions entre Barça y Manchester me pilló en un hotelito de la campiña británica, la vi en una cadena británica. El partido fue una confirmación de que el Barça sabe jugar al fútbol como una orquesta tocando La flauta mágica, pero no es a eso a lo que voy. A lo que voy es a una jugada concreta. Ocurrió, si mal no recuerdo, en la segunda parte, cuando el Barça ganaba ya 2-1. En ese momento Villa tocó el balón con la mano dentro del área y Giggs pidió penalti. Era una jugada que podía cambiar el curso del partido, incluso -con el fútbol nunca se sabe- darle la vuelta, pero en la repetición se vio que no era la mano de Villa quien buscaba la pelota sino la pelota quien buscaba la mano de Villa y que por tanto la mano era involuntaria y no había penalti. Y fue entonces cuando ocurrió lo asombroso: ¿gritaron los comentaristas ingleses que la mano de Villa era voluntaria y la jugada era penalti? ¿Insinuaron los comentaristas ingleses al final del partido que la derrota era injusta, que los errores del árbitro habían decidido el partido y que la FIFA y no los defectos del Manchester y las virtudes del Barça era la responsable del resultado? No: sólo dijeron que la mano de Villa era involuntaria y que la jugada no era penalti, y después del partido lo remataron diciendo que el Barça había sido un campeón justísimo y que acaso era el mejor equipo de la historia, que es lo que al día siguiente repitieron los diarios británicos. Ahora, para ser justos, habría que preguntarse qué hubiera ocurrido si ocurre lo mismo pero a la inversa, si no es la mano de Villa sino la de Giggs la que toca la pelota, si no gana el Barça sino el Manchester. No sé. Contesten ustedes.

Artículo original en ELPAÍS.com

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