Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Sábato: Páginas inéditas salvadas del fuego

Ernesto Sabato regaló a Elvira González Fraga, su compañera, capítulos de la novela “La fuente muda”, algunas de cuyas páginas inéditas publica ahora Babelia. En su búsqueda de la perfección, el escritor aparcó esta obra, que pretendía ser surrealista, y que redactó en los años cincuenta.

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ERNESTO SABATO

Los sucesos que terminaron con la locura y muerte de Carlos (llamémoslo así) acontecieron en 1939, antes de comenzar la guerra. Y, sin embargo, todavía suelo oír opiniones horribles acerca de él, todavía debo pelearme por él. Hay gentes “realistas”, esas que dicen atenerse a los hechos, para las cuales la verdad es sólo lo que puede decirse en palabras claras y de límites bien nítidos, como se ve un objeto geométrico a la plena luz del día; para esa clase de gentes, la verdad acerca de Carlos son terribles palabras como cobarde, traidor, criminal. Y, no obstante, un hombre puede huir y no ser un cobarde, puede abandonar un movimiento y no ser un traidor, puede matar y no ser un criminal.

Hay una sola persona, quizá que podía haber dicho la verdad: Georgina. Es cierto que Georgina abandonó a Carlos a su propio derrumbe y este abandono puede parecer un hecho favorable a la teoría de sus enemigos. Pero yo tengo mis motivos para sostener que esa actitud de Georgina nada tiene que ver con los argumentos empleados por esas gentes siempre dispuestas a tirar la primera piedra. Por el contrario, esa actitud -que estoy lejos de justificar- precipitó al pobre Carlos en su desesperación y en su locura; y preparó el acto último y menos comprendido de su existencia: el asesinato de Yenia. El 27 de febrero de 1939, a las tres de la madrugada, en la pieza de la calle Gay-Lussac, Carlos mató a su amante: la apuñaló varias veces, luego la roció con nafta y la quemó.

No hay duda de que fue Carlos el autor de esa muerte, aunque no haya documentos que lo prueben. Pero este acto no revela de ningún modo -en mi opinión- que Carlos fuera un criminal en el sentido corriente de la palabra. No sé si adelantar lo que a mi juicio revela porque espero, deseo fervientemente, que la lectura de estas páginas hablen por sí mismas. Pero me siento tentado de decir una sola cosa y es que la aniquilación de Yenia sólo revela que Carlos no fue un héroe; porque el heroísmo, como alguien que no recuerdo ha dicho, consiste en ver el mundo tal como es y sin embargo vivir y amarlo.

¡Cuántas veces he estado a punto de quemar estos papeles! Ahora, aquí, lejos de Buenos Aires, sentado sobre la hierba, a la orilla de un arroyo, todo aquello parece tan lejano e increíble que me hace dudar una vez más sobre la necesidad de relatar nada. Quizá contribuya a crearme este estado de ánimo la guerra: después de esa guerra bárbara y después que miles de seres indefensos se pudrieron o fueron quemados en campos de concentración, parece hasta vergonzoso ocuparse del destino de un solo hombre. Quizá sea también el campo: como a la luz del día, las ideas nocturnas parecen menos terribles, así el campo desagrava el espíritu del hombre que viene de la ciudad, oscura y desesperanzada. Quizá sea eso, en efecto: el estar tan lejos de las ciudades y de sus hombres, el recostarse en la hierba, el oír apenas el murmullo modesto del arroyito, el ver al Jeff que corre vanamente detrás de un martín-pescador, el ver las vacas que miran pensativamente a lo lejos.

Quizá sea todo eso lo que ahora me ha tentado una vez más a quemar los papeles. Pero, también una vez más, he sentido la impresión de que cometería una traición. ¿Una traición a quién?, me pregunto yo mismo. ¿A Carlos? Pero ¿acaso él pensó jamás que yo publicaría su historia después de su muerte? ¿No habría motivos para suponer, más bien, que sonreiría despectivamente de mis escrúpulos reivindicatorios, de mi deseo de justificarlo? Ya lo veo encogiéndose de hombros, levantando sus cejas, arrugando su frente con arrugas horizontales y mirando a lo lejos, a ningún punto, tal como era tan común en él, y comentando amargamente:

-¿Justificar qué? ¿Mi vida? Pero si mi vida no tiene justificación, si yo también soy una porquería, un fracasado. Además ¿por qué hay que justificar nada, mi vida o lo que sea? ¿Por qué ha de ser uno justo? ¿Y ante quién? ¿Ante los demás hombres? ¿Y ellos cómo se justifican? O quizá pensés que hay que justificarse ante Dios. Pero ¿acaso Dios es justo? Dejame de idioteces, por favor…

Después chuparía su eterno cigarrillo, en esa forma ansiosa con que lo hacía, y seguiría mirando a lo lejos, sombrío, aislado, insalvable.

Sin embargo, dejó esos papeles, esos trozos de novela, esos extraños cuentos, esas curiosas estadísticas. ¿Por qué no los destruyó si ya nada le importaba después de su muerte, si tanto le daba pasar a la posteridad (ante la pequeña posteridad que toda hombre tiene) como un canalla o como una pobre, indefensa criatura? Se puede argüir que si no los destruyó pudo ser, precisamente, porque nada le importaba de nada. Puede ser. Si le hubiera importado, en efecto, me los habría podido dejar a mí. Pero ni eso. Ahí quedaron, en su pieza de la calle Odesa, entre sus libros y sus bárbaros dibujos, donde la policía los requisó, con el resto de sus cosas.

Nada le importaba, pues. Y, no obstante…, una vez más he querido quemar todos esos papeles y una vez más (la última) he tenido la impresión de que cometería una traición a Carlos.

Su cuerpo murió en 1939; pero su alma, como pasa siempre, ha quedado en pedazos, dispersa aquí y allá, en el recuerdo mío, de Antonia, en el alma de Georgina y de sus enemigos, en su novela inconclusa, en sus cuentos, en sus extrañas estadísticas. Es curioso que el alma quede así destrozada y que cada amigo o enemigo se lleve un trozo, como el recuerdo de un país que se visitó, o como un despojo de guerra. Así andan los restos de Carlos, dispersos a los cuatro vientos, en recuerdos cada vez más imprecisos, en simpatías y en odios. Y me parece digno de ser meditado el hecho de que el odio de un enemigo contribuya así (y a veces con más fuerza) al mantenimiento de un alma.

Sea como sea, esos restos se hacen cada día más evanescentes y así Carlos va muriendo con los años la muerte final y verdadera. Ya sólo quedan visibles algunos pedazos, que se aferran a la vida como esos islotes que el río va socavando poco a poco, hasta que por fin desaparecen por completo. El tiempo es, en efecto, un río que termina por arrastrar y deshacer todo ¡y tan pronto!

Buena parte del alma de Carlos (quizá la más representativa) está en estos papeles y me parecería una traición destruirlos y dejar que sólo sobrevivan en estos próximos años los trozos más deleznables. Por eso he dicho que esta tentación de quemarlos, aquí, en la paz del campo, será la última. Publicaré los papeles de Carlos, aunque sean inconexos, aunque sean oscuros, aunque sean a veces ficticios. Al principio tuve el propósito de ordenarlos y hasta de rehacer la historia de mi amigo. Por aquel tiempo tenía yo aún la curiosa opinión de que una vida es algo que puede ser ordenado, aclarado y completado. Por aquel tiempo creía todavía en las reconstrucciones, a pesar de conocer el desaliento de Lord Raleigh.

Ahora soy más viejo, es decir más realista o más escéptico: sé ahora que la inconexión y la falta de sentido también forman parte de la realidad; sé, asimismo, que pretender reconstruir una vida es como pretender reconstruir un sueño con sus misteriosos escombros, con los restos de frisos soñados y las vagas columnas. La razón trata, vanamente, de realizar una arquitectura, pero ¡qué frágiles, qué pobres, qué groseras son sus reconstrucciones!

Ahora sé que querer reconstruir a Carlos sería algo así como querer ver plenamente ese templo fantasma.

Y Dios me libre de hacer una novela, con la trágica vida de mi amigo, porque eso sería peor que una traición.

Mi tarea, pues, es muy modesta y muy sencilla: es la tarea de un albacea.

Artículo original en ELPAÍS.com

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