Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Hitler o la paranoia por la imagen

Por JACINTO ANTÓN (El País)

El caso de Franz Krieger y su álbum invita a revisitar la fotografía oficial del nazismo: una factoría de imágenes propagandísticas, nunca inocentes.

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“Nacidos para ver, encargados de mirar, consagrados a la cámara, nosotros somos los maestros del mundo”. Esta, bien siniestra si se piensa en el contexto, era una de las divisas preferidas de Walter Frentz, uno de los fotógrafos favoritos de Hitler y miembro de su círculo íntimo. Frentz realizó sensacionales fotos en color del Führer y sus secuaces, algunas de ellas tan célebres como la del líder nazi paseando por el Berghof nevado seguido de Himmler y su negro séquito y luciendo gafas oscuras con todo el aspecto -desde luego no premeditado- de un ciego guiando a los nazis hacia los abismos de la historia. Frentz, que por retratar a todo el who’s who del III Reich retrató en primeros planos hasta a Blondie, la perra de Hitler, pero que tuvo también que tragarse el marrón de acompañar al Reichführer durante una matanza de los Einsatzgruppen en el Este, ejemplifica muy bien el mundo de la fotografía oficial durante el nazismo. Un mundo que cobra apasionante actualidad con el misterio tan rápidamente resuelto de los dos centenares de fotos del álbum de otro fotógrafo del régimen, más discretito, Franz Krieger.

El álbum, de propiedad privada, que incluye nueve imágenes inéditas de Hitler obtenidas desde la insólita distancia de unos pocos metros -no era fácil acercarse al Führer como bien sabían los conspiradores del propio ejército alemán-, ha sido estos últimos dos días apasionante noticia al publicar las fotos The New York Times y pedir ayuda para descubrir quién fue su autor. En pocas horas el enigma quedó resuelto gracias a una historiadora de Hamburgo, Harriet Schanberg, que desveló no sólo la identidad de Krieger sino las circunstancias en que fueron tomadas las fotos: un viaje oficial a Minsk, en Bielorrusia, en 1941, al poco de comenzar la invasión alemana de la URSS, la Operación Barbarroja, una de las más bárbaras campañas de la historia, de la que este junio precisamente se cumplen 70 años redondos.

Las fotos, que incluyen además de algunas personales instantáneas de soldados alemanes, prisioneros de guerra y las de Hitler, varias de ellas en un vagón de tren saludando desde una ventana -junto a él, asomado a otra, aparece Bormann-, son un testimonio histórico de enorme valor pero también un recordatorio del trabajo a la sombra de la propaganda de los fotógrafos de los nazis, muy a menudo ellos también eso, nazis.

Krieger (1914-1993) era un fotoperiodista de Salzburgo que se afilió al partido y a las SS y que colaboró con la oficina del régimen en la ciudad austriaca. En 1941 dejó las SS y se convirtió en miembro de la unidad de propaganda (Propagandakompanie) de las fuerzas armadas alemanas. Eso explica su presencia en Minsk. De vuelta a Berlín coincidió con Hitler y su séquito en Marenburgo -la actual Malbork polaca-, donde el líder nazi celebraba un encuentro oficial con su aliado húngaro, el almirante regente Miklós Horthy. El encuentro fue también documentado por Heinrich Hoffmann, el fotógrafo personal de Hitler.

Hoffmann, Frentz y Krieger -podríamos añadir otros nombres: Benno Wündshammer, Arthur Grimm, Hugo Jäger, Franz Gayk-, forman parte, a diferentes niveles, de la historia poco conocida de la fotografía oficial y de guerra (como si ambas cosas pudieran ir separadas en el régimen) del III Reich.

Hoffmann (1885-1957) fue no sólo el retratista oficial de Hitler sino su amigo y confidente. Fue a través de Hoffmann que Hitler conoció a Eva Braun, que trabajaba en su tienda. Miembro del partido desde 1920, era en principio el único autorizado para retratar al líder nazi. Lo acompañó en su camino hacia el poder y luego en las veces en que Hitler se acercó al frente durante la II Guerra Mundial. Hoffmann tomó más de dos millones y medio de fotografías, y se hizo rico con los derechos de autor -parte de esa riqueza recayó en el propio Hitler, que cobraba un porcentaje-. Era un negocio boyante aunque a veces tenías que hacer desaparecer las fotos de alguien como Röhm.

Hitler fue siempre consciente del poder de la fotografía, como lo fue del cine. Vigilaba cuidadosamente, hasta la paranoia, su imagen y el uso que se le daba.

Walter Frentz no era un tipo tan importante como Hoffmann, pero su carrera no está nada mal, en el sentido nazi, se entiende. Fue camarógrafo de Leni Riefenstahl, que ya es aprendizaje estético. Su primera foto de Hitler -observando atentamente un aeroplano, con intenciones probablemente poco pacíficas- data de septiembre de 1933. Le encantaba retratar al Führer: lo hizo cientos de veces. Sus retratos son menos estilizados que los de Hoffmann, con un toque íntimo. Y a diferencia de su colega utilizaba el color. Su serie de visitantes y residentes de los cuarteles generales de Hitler, de Canaris a Porsche y Krupp pasando por Otto Skorzeny, son un verdadero fotomatón del III Reich. Le gustaba presentarse como apolítico, aunque eso casaba difícilmente con su antisemitismo y aún más con su adhesión a las SS. La Gestapo, que no tenía precisamente la manga ancha, le juzgaba “fiable al cien por cien”. No tenía tan buenas referencias ni Heydrich.

Hoffmann retrató a Frentz con Hitler, y este hizo lo propio numerosas veces. En muchas fotos de Hoffmann -como en la célebre de Hitler frente a la torre Eiffel en 1940- aparece Frentz filmando. Son significativos los silencios fotográficos de Frentz: entre los millares de fotos que realizó de 1939 a 1945, raramente se ven heridos, alguna vez cementerios y ¡una sola vez! un muerto. Como Krieger, fotografió prisioneros rusos en julio de 1941. El 15 de agosto le hicieron presenciar una matanza de supuestos partisanos y judíos, unas 300 personas. Portaba cámara y máquina de fotos. Pero no ha quedado ninguna imagen del asesinato masivo. El silencio más elocuente de Frentz.

El trabajo de Hoffmann, Frentz, Krieger y sus colegas invita a reflexionar. Sus fotos no eran en absoluto objetivas sino que poseían una enorme dimensión propagandística. Nunca han sido tan necesarias las advertencias de Susan Sontag en Sobre la fotografía como ante estas imágenes. Son todas fuertemente ideológicas, llenas de mensajes que quizá se nos escapan tras tantos años, pero nunca, jamás, en absoluto, neutras o inocentes. Buscaban seducir, convencer, adoctrinar. Comportaban toda una teoría de la élite política, de la raza, de la guerra. No dejaban de vehicular las teorías de Goebbels o Rosenberg.

También obligan, las fotos de los nazis, a una reflexión sobre nuestra fascinación -¿malsana?- por esas imágenes.

Krieger guarda aún un misterio. A diferencia de Hoffmann y Frentz, colgó la máquina y dejó su trabajo en la Propagandakompanie como fotorreportero para convertirse en simple soldado y servir como conductor de abastecimientos en Rusia. Tras la guerra no volvió a hacer de fotógrafo. Su mujer, Frieda, que aparece en el álbum, y su hija de dos años, murieron en el bombardeo aliado de Salzburgo. Las fotos desaparecieron. Dijo que quizá su madre las había escondido. Probablemente las encontró un soldado de EE UU y se las llevó sin comprender su significado. Ahora, como un viejo pecado, han salido a la luz para volver a poner la extraordinaria vida y destino de aquellos viejos fotógrafos alemanes en nuestras retinas, y, sin duda, también para someterlas al análisis de nuestras conciencias.

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AUSTRIACO Y PROPAGANDISTA

– Franz Krieger es el misterioso autor del álbum de fotografías de dirigentes nazis, instantáneas de prisioneros del régimen nazi y el propio Hitler.

– Nacido en Salzburgo, murió en 1993. Estuvo en el campo de concentración de Minsk, en Bielorrusia, en calidad de miembro de una formación política del régimen nazi conocida como Reichsautozug. Tomó las imágenes en 1941.

– Su esposa, Frida Krieger, aparece en alguna de las fotos. Falleció en el bombardeo estadounidense de Salzburgo, en noviembre de 1944.

Artículo original en ELPAÍS.com

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