Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

¿Habrá “efecto Enron”?


Por HUGO ARIAS V.

Me río (por no llorar) cada vez que me acuerdo de la discusión de hace algunos años, cuando se quería que la Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras fuera la encargada de supervisar la actuación de las multitiendas en materia de créditos. Las casas comerciales no solo alegaron en esos días que lo de vender a crédito era una cuestión menor dentro de sus negocios, asunto que sus balances anuales desmienten con letras de liquidación (ver reportajes de CIPER); apelaron también, y con éxito, al argumento de que, como no reciben depósitos, no cabía la tutela de la institución que regula a los bancos (que sí captan dinero).

Desde el gobierno y otros actores se insistía en aquellos años en la necesidad de tener información de la deuda consolidada de las personas, un aspecto fundamental para la estabilidad de todo el sistema financiero y para la protección de los consumidores menos preparados. Pero al final ganaron los que ganaron y pudieron así seguir armando su juego sin la vigilancia de ninguna autoridad especializada, escudándose en la información periódica que entregaban a los mercados a través de los documentos y balances que exige la Superintendencia de Valores y Seguros, lo que en no pocas ocasiones ha demostrado ser del todo insuficiente.

Recuérdese, por ejemplo, la Operación Chispas y cómo Endesa España y Enersis ocultaban acá datos que sí se entregaban en Nueva York; hágase memoria de los ya muchos casos de uso de información privilegiada por parte de relevantes personajes del mercado local en sonadas operaciones como la adquisición del Banco de Chile por parte de los Luksic o la fallida fusión entre Falabella y D&S; evóquese quizás el caso Inverlink, que puso en tela de juicio los sistemas de control del sistema financiero completo o la colusión de precios de las farmacias; en fin… (estoy seguro de que los amables lectores podrían alargar fácilmente esta lista).

Hoy, cuando estalla el caso La Polar, resulta muy natural hacer la pantomima, escandalizarse y amenazar con las penas del infierno a los responsables; sale fácil también ir a reportear los detalles del tinglado financiero con que se operaba para engañar a los inversionistas, a las autoridades y a los clientes. Pero nuestro problema, el que no nos dejará dar soluciones reales a este o a otros abusos ya casi institucionalizados en el país, es pensar que esto se debe sólo a los errores, la codicia o el desmadre de algunos descarriados y que nada tiene que ver el modelo económico –y los valores asociados a él– que hay como telón de fondo. Eso es lo que, escándalo tras escándalo, explica que, en lugar de imponerse normas más duras y penas realmente acordes al nivel de las defraudaciones, se termine con arreglos de medias tintas y con llamados y compromisos para la autorregulación.

Es cierto que hay muchos que no pasan las fronteras de lo que hoy es legal en Chile; pero la pregunta que debiéramos hacernos ante este y otros casos es si dichas fronteras están bien puestas y resguardadas. ¿Está bien puesta la frontera en Chile si hasta ahora, y tras años de discusiones, seguimos sin poder tipificar bien el delito de uso de información privilegiada a menos que el hecho sea absolutamente burdo y evidente? ¿Está bien dibujada la frontera si en una serie de delitos económicos, medioambientales o laborales resulta más conveniente infringir la norma y pagar una multa o devolver platas o hacer caridad o compensar a las víctimas antes que respetar la ley?

No hay que tener demasiada buena memoria para recordar el caso Enron en 2002. De hecho, fue lo primero que se vino a la cabeza de muchos cuando estalló hace algunos días nuestro criollo episodio con La Polar, por aquello de la “contabilidad ingeniosa”, como se llamó eufemísticamente al cúmulo de delitos de los ejecutivos de la firma norteamericana en esos años. ¿Pero se acuerda alguien lo que ocurrió tras el caso Enron en Estados Unidos? Pues se dictó la ley Sarbanes Oxley, que endureció las normas de contabilidad pública de las empresas locales y las extranjeras que cotizan en la bolsa de Nueva York, que definió nuevos delitos por parte de ejecutivos y directivos de empresas, que elevó las penas de otros casos, que modificó la forma en que operaban los bancos de inversiones y las compañías auditoras, creando incluso una agencia pública encargada de la supervisión de éstas, y que estableció nuevas reglas de gobierno en las empresas y de protección a los intereses de los accionistas minoritarios.

Otro detalle. Después de Enron se descubrieron fraudes similares en otras tantas e importantes compañías, como WorldCom y Tyco International, etc. ¿Quién dice que en Chile la comisión anunciada por el gobierno para estudiar los balances y cifras de todas las demás compañías del retail no se va a encontrar con nuevas sorpresas que pongan a todo el sector nuevamente en entredicho? Y la historia, en este caso, no es la mejor aliada del sector.

Recuérdese, por ejemplo, que a mediados de los 90, cuando las casas comerciales decidieron transformarse en empresas financieras, generaron filiales especiales para la administración de créditos y cambiaron sin aviso el contrato a sus clientes. Unos años después, estalló el escándalo porque cobraban tasas de interés por sobre la máxima convencional, y más recientemente por los cobros abusivos por la mantención de tarjetas o por los precios diferentes que se cobran por un mismo producto dependiendo del barrio en el que se ubican los locales de una cadena (reportaje de 2006 del Diario Siete) o por la discriminación entre clientes según su lugar de residencia para entregar o no una tarjeta de crédito (como denunció hace poco CIPER). Y ni hablar de las recurrentes infracciones a la ley laboral, las triquiñuelas de los múltiples RUT o los abusos de poder monopólico que han denunciado los proveedores (multinacionales incluidas) de varias cadenas de supermercados o multitiendas…

Después de todo, no sería malo que finalmente nuestro caso La Polar terminara realmente siendo como Enron. ¿Pero habrá “efecto Enron” en Chile? ¿Sacaremos algo en limpio de este nuevo escándalo o todo se desvanecerá en el aire cuando estalle otra polémica o cuando la naturaleza nos vuelva a sacudir y nos cambie la pauta?

Artículo original en El Post

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