Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La sociedad anónima


Por MIGUEL ÁNGEL AGUILAR (El País)

Conviene evitar ingenuidades. Del things happens, “las cosas ocurren”, por decirlo en inglés, debemos pasar mediante el principio de causalidad al estudio de los fenómenos observables, que, según aprendimos en la Física cuántica, se alteran al entrar en interacción con los instrumentos de medida, cuando intentan dar cuenta de ellos. Así sucede también en la relación dialéctica que se establece entre las realidades sociales y los medios de comunicación que las reflejan.

Porque los medios de comunicación, por muy fidedigno que sea su comportamiento, modifican aquello de lo que informan. Sabemos que nada, ningún hecho, permanece igual a sí mismo después de haber sido difundido como noticia. Sabemos muy bien que la protesta puede ser signo de salud democrática, en tanto que el asentimiento acrítico es sintomático de patologías sociales. Ahora, a diferencia de otros tiempos aciagos, nadie se ve empujado a la clandestinidad cuando sus comportamientos cristalizan en la moderación.

La observación de los protestantes de nuestros días confirma que están explorando la vuelta a otro territorio: el del anonimato. Pero sucede que la sociedad en la que queremos vivir para nada es una sociedad anónima. Desde la cuna a la tumba, requiere la exhibición de la identidad de sus miembros. Para todo, para acudir a la escuela o a la universidad, para ser socio de la biblioteca, para enrolarse como trabajador asalariado, para actuar como autónomo, para recibir las prestaciones de la Seguridad Social o del sistema nacional de salud, para iniciar un emprendimiento, para opositar a los cuerpos funcionariales, para presentarse a las elecciones locales, autonómicas o generales, para adquirir o alquilar una vivienda, para solicitar un crédito, para conducir un vehículo a motor, para vacunar a un perro, se necesita mostrar la identidad. Ocultarla solo es aceptable en circunstancias muy medidas. Por ejemplo, en las que configuran las relaciones entre informantes y periodistas cuando entra en juego el compromiso del secreto profesional.

Ocurre cuando una fuente siente la pulsión ética de informar de una anomalía pero lo hace bajo la condición de que se preserve su identidad, porque en caso de hacerse pública le sobrevendrían consecuencias insoportables. Claro que el periodista, por mucha garantía que le ofrezca la fuente, antes de presentar los hechos de los que así ha tenido conocimiento, está obligado a proceder con diligencia y a efectuar las comprobaciones precisas para evitar convertirse en vehículo de la infamia. Además de que sabe bien que, al reservarse el origen de la información, se convierte en responsable último de la misma, habida cuenta de que a nadie identificado le quedaría atribuida.

En definitiva, ni es posible declarar abolida la Ley de la Gravedad ni, tampoco, acotar un determinado ámbito de ingravidez, donde quedara descartada su vigencia, fuera de los laboratorios experimentales de la NASA para simular las condiciones de los vuelos espaciales. Aceptemos pues que, en el mundo real que nos circunda, la fuerza de atracción entre dos cuerpos es directamente proporcional a sus masas e inversamente proporcional a la distancia que los separa.

Milan Kundera se ocupó de recordárnoslo en su novela La insoportable levedad del ser, que su traductor al castellano, Fernando Valenzuela, se resistió a llamar “ingravidez”. Desde otro ángulo, el titular “Nada es más peligroso que alguien sin nada que perder”, que amparaba la crónica de la manifestación del 19-J en las páginas de EL PAÍS de ayer, confirma también que la ingravidez en sus últimos estadios puede conducir tanto al abandono desinteresado de los santos como a la inmolación, de los demás o de sí mismos, propia de los terroristas.

La operativa de la sociedad anónima que ha servido de título a esta columna supone un salto en la escala de la ingravidez, del “nada que perder”. Porque quien actúa preservando su identidad, a diferencia del que da la cara, nunca la pierde. Sabemos que las leyes consagran a veces posiciones injustas susceptibles de oxidación, de pervertirse a favor de los más poderosos. Pero el territorio sin ley deriva, en la práctica, en el de la ley del más fuerte. Se recomienda que aceptemos la realidad como resultado y que nos esforcemos por hacerla inteligible.

Entre tanto, la convocatoria contra el pacto del euro hubiera requerido un debate articulado como el del viernes día 17 en la Fundación Carlos de Amberes, dedicado al modelo de sociedad de la UE en un mundo globalizado. Porque, repetimos, o Europa exporta sus libertades y derechos a los habitantes de los países emergentes o importará de ellos las esclavitudes propias de esos modelos. Continuará.

Artículo original en ELPAÍS.com

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