Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Hacia un nuevo contrato social


Por FERNANDO VALLESPÍN (El País)

Después de las manifestaciones del pasado domingo, el Movimiento del 15-M ha dado un importante salto cualitativo al potenciar su capacidad de atracción popular y mediática. Ya tenemos que empezar a tomárnoslo en serio, si es que alguien no lo había hecho todavía.

Sobre todo, porque su aspecto más relevante es que se trata de un movimiento de regeneración democrática a la búsqueda, más o menos explícita o consciente, de un nuevo contrato social; el esbozo de un modo de vida diferente al que poder aspirar y que suponga una importante reorganización de los poderes políticos y sociales. Algo similar a lo que en su día fuera el pacto social-democrático, que tras los destrozos que le infligiera la globalización de la economía y la ideología neoliberal, vaga a la deriva a la espera de algo que lo sustituya y lo ponga al día.

Detrás de sus consignas programáticas, el mensaje fundamental del 15-M es que no hay democracia si no podemos sentirnos dueños de nuestro destino. Y esto nunca lo conseguiremos mientras no pensemos en una alternativa a la democracia de partidos, a un sistema económico apoyado sobre una fiera competencia internacional, y a un mundo comercializado y banalizado por la industria cultural y mediática. Los tres grandes sub-sistemas que se integran en uno omniabarcador, el sistema, visto siempre, como diría R. Rorty, como la “gran cosa mala”. De ahí que no se sientan representados por él ni deseen serlo.

La mayor dificultad a la que se enfrentan es de orden táctico y teórico. En lo primero, porque dependen en exceso de la siempre difícil economía de la atención. Una vez que dejen de ser novedad y rutinicen sus siempre creativos happenings, su influencia pública empezará a declinar. Y en lo segundo, porque pueden caer en una hiperinflación de propuestas sin un verdadero hilo vertebrador. O, lo que es casi peor, en el dogmatismo de quienes se sienten en posesión de la verdad, la que según ellos alimenta la “democracia auténtica”. Parten del error conceptual que consiste en concebir la democracia asociada a consideraciones de justicia sustantiva, y no como mecanismo para permitir la realización de fines sociales a través de un procedimiento que sirve para adicionar mayorías en torno a diferentes propuestas en competencia. Ubicarse fuera del sistema equivale en la práctica a no someter estas propuestas a la consideración de los demás, al pluralismo, y a un procedimiento que permita discriminar entre unas y otras para traducirlas en decisiones políticas concretas.

Pero el efecto más inmediato del 15-M ha sido indudablemente positivo al sacar a la sociedad de su letargo y de un apoliticismo enfermizo. Entre esa gran mayoría de indiferentes y la creciente minoría de indignados la política sistémica se ve ante la disyuntiva de tener que moverse, de actuar para lograr reequilibrar la situación en que se encuentra. Aquí sus propuestas a favor de crear mayores y mejores mecanismos de representación, participación y deliberación públicas son de lo más acertadas, aunque no se sabe bien cuáles hayan de ser los dispositivos específicos que los faciliten. En todo caso, su mensaje ya ha llegado: la política realmente existente es insatisfactoria y habrá que ver por qué.

A este respecto, el hecho de que la convocatoria de la última manifestación fuera “contra el Pacto del Euro” introduce un factor novedoso. Ahora apunta directamente hacia Europa. Con ello eleva el foco de su mirada en la dirección correcta. Hoy, en efecto, pocas reformas pueden abordarse al nivel nacional mientras no se potencie la gobernanza económica europea y se emprenda en serio una recuperación de la unidad de acción continental. Sólo una Europa más vertebrada y más consciente de su propio poder podrá salvar a cada uno de sus miembros de su impotencia ante los mercados. Ése es el camino si el objetivo es reivindicar la política y combatir su subordinación a los imperativos de la economía internacional.

El texto programático que a estos efectos nos presenta el movimiento es, sin embargo, decepcionante, ya que en él se combina un fárrago de propuestas concretas, en algún caso incluso hasta el más mínimo detalle, que son casi exclusivamente de política nacional, y que ignoran el presupuesto esencial, la ya mencionada incapacidad de la política para imponer medidas que pongan en peligro la competitividad de la economía. Nadie, y menos un partido socialdemócrata, erosiona voluntariamente las políticas sociales si no es por buenas razones. Cabe, desde luego, una mejor o peor gestión de estos imperativos sistémicos, pero no se puede mirar hacia otro lado.

No habrá un nuevo contrato social sin una política más cosmopolita, sin una mejor gestión de las interdependencias y sin una bien enhebrada acción que vaya de lo local a lo supranacional y de ahí a lo global. En esas tres esferas es donde debe jugarse la próxima partida.

Artículo original en EL PAÍS

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