Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La clave es Alemania


Por TIMOTHY GARTON ASH (El País)

Como si fuera un camión con sobrecarga que intenta subir una colina empinada, el proyecto europeo está a punto de detenerse. Si lo hace, ni siquiera el freno de emergencia podrá impedir que caiga hacia atrás por la pendiente, descontrolado, hasta que se desarticule y se salga de la carretera. Dos de la cuadrilla están peleándose por quedarse con el volante; otros yacen comatosos en la zona de dormir, en la parte posterior de la cabina. Necesitamos a una mujer que les aclare las cosas. Su nombre es Angela.

Grecia y la eurozona constituyen la parte más urgente de esta crisis. Entre la furia en las calles de Atenas y la constante falta de unidad de quienes toman las decisiones en Bruselas, Berlín, Fráncfort y Luxemburgo (donde el Eurogrupo vuelve a reunirse el domingo y el lunes), el camión podría pararse en cualquier momento. Pero no es solo Grecia. En Irlanda, Portugal y España, la indignación también está desbordándose, la gente tiene la sensación de que se está obligando a los jóvenes, los pobres y los desempleados a pagar el precio de la falta de previsión y el egoísmo de sus políticos y de los banqueros franceses y alemanes, que concedieron grandes préstamos cuando no debían haber concedido ninguno.

En todo el continente, las legiones de indignados, como se les llama en España, y los aganaktismenoi, como les dicen en Grecia, no hacen más que crecer. Los hijos de mis amigos portugueses, con una sólida educación, no tienen esperanza de encontrar trabajo en su país, y se van a buscarlo a Brasil, Mozambique o Angola.

Y tampoco es solo la eurozona. Todos los grandes proyectos de la Unión Europea están tambaleándose. Francia e Italia sugieren que se recorte el triunfo que supone la ausencia de controles fronterizos en la zona Schengen, solo porque unos cuantos miles de personas del agitado norte de África se han refugiado en la isla italiana de Lampedusa. Muchos países europeos se encuentran ya en estado de pánico por la integración de los inmigrantes y sus descendientes, en particular los musulmanes. La solidaridad y la justicia social -valores fundamentales del proyecto europeo nacido después de 1945- están en retroceso casi en todas partes, como consecuencia del aumento de las desigualdades y los recortes del gasto para hacer frente a la deuda pública.

Los acontecimientos de la primavera árabe son, para Europa, los más esperanzadores que han ocurrido en lo que llevamos de siglo XXI, de una dimensión y unas posibilidades comparables a las de 1989; sin embargo, la reacción colectiva e institucional a esta histórica apertura ha sido de una debilidad increíble. Y eso que se suponía que este ibaa ser el año en el que la Unión Europea organizase de una vez su política exterior. Incluso en los dos casos más prometedores, Túnez y Egipto, quizá no tengamos más que unos cuantos meses para impedir que la primavera árabe se convierta en otoño. La decepción de esa mitad de la población que tiene menos de 30 años provocaría nuevas e inmensas oleadas de inmigrantes. Los islamistas se aprovecharían en esos países de las posibilidades y la confusión de una libertad a medias. No tiene por qué suceder, pero muy bien podría.

La intervención militar dirigida por Europa en Libia siempre iba a ser una campaña lenta y difícil, pero además ha dejado al descubierto de manera penosa la incapacidad crónica de Europa para concentrar sus activos militares. Algunas potencias europeas ya empiezan a quedarse sin municiones. Es comprensible que el secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, hiciera comentarios mordaces al respecto en Bruselas la semana pasada.

Incluso la ampliación, el proyecto más logrado de Europa, está prácticamente estancado. El atractivo magnético de la pertenencia a la UE sigue teniendo un efecto positivo e importante en un país como Serbia, pero cada vez menos en Turquía.

En el discurso tras su victoria en las recientes elecciones turcas, el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, ni siquiera mencionó la Unión Europea. En cambio, dijo: “Creedme, Sarajevo ha ganado hoy tanto como Estambul, Beirut ha ganado tanto como Izmir, Damasco ha ganado tanto como Ankara, Ramala, Nablús, Yenín y Cisjordania, Jerusalén tanto como Diyarbakir”. Es decir, incluyó Sarajevo en el Imperio Otomano. Desde luego, es muy posible que Croacia se incorpore a la UE en 2013, y esa es una buena noticia. Pero sería justificable que los croatas no sepan con exactitud a qué se incorporan.

Los primeros ministros y ministros de Exteriores retirados nunca se cansan de atribuir estas vacilaciones del proyecto europeo a la falta de “liderazgo” (hay que leer entre líneas: todo era mucho mejor cuando mandábamos nosotros). Eso es verdad, pero no es más que parte del asunto. Porque la calidad de los líderes europeos es algo peor que hace un cuarto de siglo, pero la necesidad de liderazgo es mayor.

¿Por qué? Porque los grandes elementos motivadores que servían de base al proyecto europeo en la época de Helmut Kohl, François Mitterrand y Jacques Delors, y más aún en tiempos de los fundadores, se han difuminado o han desaparecido.

Entre las poderosas fuerzas que les impulsaron en aquel entonces estaban sus terribles experiencias personales de la guerra, la ocupación, el Holocausto, las dictaduras fascistas y comunistas; la amenaza soviética, que sirvió de catalizador para la solidaridad de Europa occidental; el generoso y enérgico apoyo de Estados Unidos a la unificación europea; y una Alemania Occidental que fue el gran motor de la integración europea, con Francia como conductor. Los alemanes occidentales querían rehabilitarse como buenos europeos, pero además necesitaban la ayuda de sus vecinos para conseguir su objetivo de la unificación nacional.

Hoy, todos aquellos factores han desaparecido o están muy debilitados. Aunque, en el plano intelectual, existen convincentes argumentos racionales para justificar el proyecto, incluido el ascenso de los gigantes no occidentales como China, un argumento racional no es lo mismo que un impulso emocional. El corazón siempre vence a la cabeza.

La clave de casi todo esto, sobre todo en el aspecto económico, es Alemania. Durante gran parte de su historia, el ente que ahora es la Unión Europea ha perseguido fines políticos por medios económicos. Para Kohl y Mitterrand, el euro era no un proyecto económico, sino político. Ahora se ha vuelto la tortilla. Para salvar una unión monetaria mal diseñada y de la que se exige más de lo que puede, necesitamos un compromiso político excepcional. El elemento político debe acudir al rescate del económico.

Aquí entra en juego Angela Merkel. No hay motivos para esperar que Alemania tome la iniciativa de crear una política exterior y de seguridad europea. Si queremos una reacción a la primavera árabe, deberíamos pensar primero en los países mediterráneos, España, Francia e Italia. Cuando se trata de la integración de las personas de origen inmigrante, cada país debe hacer sus deberes. Pero si de lo que hablamos es de la economía y la divisa europea, Alemania es la potencia indispensable. La combinación de Alemania y el Banco Central Europeo (BCE) y su capacidad de trabajar al unísono es la única posibilidad que existe de que se tranquilicen los poderosos mercados.

Desde hace más de un año, Angela Merkel intenta encontrar la estrecha -tal vez inexistente- línea de encuentro entre lo mínimo necesario que es preciso hacer para salvar a la atribulada periferia de la eurozona y lo máximo que, en su opinión, va a estar dispuesta a soportar la opinión pública alemana. Ha intentado convencer a sus socios de la eurozona de que siguieran ese mismo camino. Hasta hoy, sin éxito.

Ahora necesita empezar por el otro extremo: averiguar, junto con el Banco Central Europeo (BCE) y otros Gobiernos de la eurozona, cuál es el acuerdo mejor y más creíble, y entonces emplear toda su autoridad para convencer a unos alemanes reacios de que, a largo plazo, esa estrategia beneficiará los intereses nacionales de su país. Cosa que es bien cierta.

Porque nadie tiene tanto que perder, si se desintegra la eurozona, como la potencia económica central del continente. Y es posible que pronto sea ya demasiado tarde.

Artículo original en ELPAÍS.com

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