Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Las Madres de Mayo no son intocables


Por SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ (El País)

El escándalo por el millonario fraude en el grupo de defensa de los derechos humanos más conocido de América Latina sacude a la sociedad argentina y a su Gobierno.

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Mucha gente sabía en Buenos Aires que el apoderado de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Sergio Schoklender, de 53 años, el hombre con gafas oscuras, siempre al lado de Hebe de Bonafini, andaba en avión privado, tenia un Ferrari e, incluso, paseaba en yate por el río de la Plata. También que el dinero que manejaba podía estar saliendo de los cuantiosos fondos públicos que entregaba el Gobierno a la asociación para realizar obras sociales. Mucha gente lo sabía, pero nadie hizo nada, hasta que el escándalo estalló con toda su fuerza y en pocos días alcanzó a la propia Hebe, presidenta de la asociación y el mejor exponente de los problemas que existen en Argentina con grupos de defensa de los derechos humanos, a los que el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, y buena parte de la sociedad, han considerado, hasta ahora, ajenos a cualquier control o crítica.

En el caso de las Madres, la organización más famosa y activa, dos diputadas de Coalición Cívica presentaron hace ya un año una solicitud para investigar el destino que se estaba dando a los cuantiosos fondos públicos que recibía, pero nadie se sintió con ánimo para abrir el caso y enfrentar a Hebe. Según ella, eran “pelotudeces”. Hoy, esta mujer de 82 años, que encarnó como nadie la resistencia a la dictadura, tiene que explicar que no conocía los manejos corruptos de sus protegidos y defenderse alegando que es una mujer anciana, engañada y estafada. Arrastrada por el tumulto, De Bonafini reclama ahora que Sergio Schoklender y su hermano Pablo, que también trabaja en la fundación, sean castigados duramente. “Esos malditos tienen que ir a la cárcel para siempre”, se despachó el viernes. Nadie le acusa a ella de haberse beneficiado del dinero sustraído, pero sí de haber permitido tanto descontrol. Claro que la acusación alcanza también, de lleno, a los ministerios de donde salió el dinero, incapaces de seguirle el rastro.

El escándalo Schoklender tiene todos los elementos para pasar por un folletín, pero es una tragedia. Una historia triste que sucede en una sociedad herida, que todavía no termina de arreglar sus cuentas con la brutal dictadura cívico-militar que padeció de 1976 a 1983. Treinta y cinco años después, el tema de los derechos humanos sigue siendo en Argentina, mucho más que en otro país latinoamericano, objeto de disputas y, lo peor, sigue formando parte de la lucha partidaria cotidiana. Para la oposición, gran parte de la responsabilidad recae en el fallecido presidente Néstor Kirchner, que reclamó la defensa de los derechos humanos como si fuera patrimonio exclusivo de su Gobierno, en lugar de un empeño nacional, y en algunos grupos sociales e intelectuales conformes con ese estado de cosas.

Hebe de Bonafini es un caso paradigmático. En febrero de 1977 fue secuestrado su hijo mayor, Jorge. Diez meses después desapareció su otro hijo, Raúl. Al año siguiente fue su nuera, la esposa de Jorge, la que fue capturada. “Yo era una mujer del montón, un ama de casa más. No sabía muchas cosas, no me interesaban. La cuestión económica, la situación política, me eran totalmente ajenas”, explicó ella misma. Pero tuvo el suficiente coraje como para ayudar a fundar el grupo de madres de desaparecidos que rompió el silencio manifestándose, día tras día, ante la Casa Rosada, con pañuelos blancos que las identificaron para siempre. Con la llegada de la democracia, y a diferencia de algunas de sus compañeras, Hebe decidió asumir la ideología revolucionaria de sus hijos y acompañar sus reclamaciones por los derechos humanos con una activa propaganda antinorteamericana y anticapitalista. La batalla interna dentro de la organización finalizó con la salida de un grupo que pasó a llamarse “Línea Fundadora” y la creación de las Abuelas de Plaza de Mayo, que preside Estela de Carlotto, y que se concentra en la localización de los bebés secuestrados por la dictadura y dados ilegalmente en adopción.

Poco a poco, De Bonafini fue aumentando su participación en la vida pública y su agresividad: defendió a ETA, se alegró sinceramente por el atentado de las Torres Gemelas y arremetió con vehemencia contra quienes criticaran a Néstor y Cristina Kirchner, sus grandes protectores. Todo quedaba disculpado en la izquierda argentina. “Dura, exagerada, inclemente, extrema, caprichosa, injuriosa como solo sabe injuriar quien fue brutalmente dañado, todo eso ha sido la voz de Hebe”, escribe el filósofo Ricardo Foster, cercano al oficialismo. “Pero también ha sido una voz de la memoria, de la recuperación de valores que fueron pisoteados por el odio de los poderosos”, agrega.

En ese ambiente, y sin que nadie le ayudara a ponerse límites, Hebe de Bonafini fue creciendo y, con ella, la Asociación de Madres de Plaza de Mayo, que pasó a desarrollar diversas obras sociales, entre ellas la construcción de viviendas de bajo coste, y a disponer de una radio y una universidad. Por cosas misteriosas de la vida, esta madre despojada de sus hijos fue a caer en manos de los hermanos Sergio y Pablo Schoklender, que, cuando tenían 23 y 20 años respectivamente, asesinaron a golpes a sus padres, Mauricio, ingeniero y empresario, y Silvia, una mujer que se movía en la alta burguesía porteña. Hebe conoció a Sergio en la cárcel y rápidamente le ofreció trabajo para que pudieran disfrutar de libertad condicional. Nunca quedaron claros los motivos del doble parricidio. Se sabe que Sergio quiso asumir toda la responsabilidad y que su hermano Pablo, huido y finalmente condenado también, le escribió una carta conmovedora en la que expresaba su afecto y admiración.

El caso Schoklender, famosísimo en Argentina, tuvo un final feliz, se dijo, porque Sergio se hizo abogado y psicólogo en sus años de cárcel, y porque tanto él como su hermano decían haber encontrado la paz trabajando con De Bonafini, con quien mantenían una relación casi filial. Sergio se convirtió en un eficiente apoderado, empeñado aparentemente en desarrollar la Misión Sueños Imposibles y construir centenares de viviendas sociales. Tras las bambalinas, la realidad era mucho más amarga y los hermanos Schoklender pueden haber estado creando un entramado de empresas paralelas que actuaban de intermediario y cobraban de los fondos, unos 300 millones de dólares (210 millones de euros), que proporcionaba el Gobierno y cuyo rastro intentan seguir ahora jueces, fiscales y auditores. El final, en definitiva, no ha podido ser menos edificante: policías y funcionarios judiciales allanaron esta semana la sede de Madres de Plaza de Mayo, un lugar que hasta hace unos días inspiraba un respeto reverencial, en busca de documentos que den pistas sobre un posible lavado de dinero.

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LA CRISIS SALPICA A CFK

La presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, ha mantenido la incertidumbre hasta el final, pero esta semana se agotará el tiempo para la duda. Antes del 25, fecha tope para la inscripción de candidaturas para las elecciones de octubre próximo, CFK (como se la conoce popularmente) deberá anunciar si opta a la reelección. Los sondeos la colocan por delante de sus adversarios, con la posibilidad, incluso, de ganar en la primera vuelta. Aun así, nadie en su entorno parece estar seguro de cuál será su decisión, porque ella misma se ha encargado de alentar todo tipo de rumores; por un lado, ha desarrollado una intensa actividad pública, casi de precampaña, que parecía anunciar su candidatura y, por otro, ha inducido a la duda con frases como “no me muero por ser presidenta” o “ya he dado todo lo que tenía que dar”. Nada es transparente en el entorno de la presidencia, pero muchos aseguran que este fin de semana, reunida con un pequeño grupo de asesores, Cristina Fernández dará el último toque a su estrategia: elegir un candidato a vicepresidente que le acompañe en las elecciones o dejar paso a una nueva oferta electoral, en la que su heredero sería el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, acompañado, quizás, por la hermana mayor del fallecido Néstor Kirchner, Alicia Kirchner, ministra de Desarrollo Social.

Gobierne quien gobierne a partir de octubre próximo, la mayoría de los analistas coincide en un punto: deberá introducir reformas en la política económica para hacer frente a la alta inflación (30%, cuando en los países vecinos, Chile y Brasil, no supera un dígito), recuperar el crédito de algunas instituciones como el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, que están perjudicando el acercamiento a algunos organismos internacionales, y controlar las subvenciones al consumo. Se trata de conseguir atraer la inversión extranjera, que este año se espera que alcance un récord histórico en la región, pero que llega con cuentagotas a Argentina. Según datos difundidos por la CEPAL (Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina), la inversión extranjera directa en el área creció un 40% respecto a 2009, pero Argentina se quedó rezagada detrás de Brasil, México, Chile, Perú y Colombia. Brasil y México, recibieron, respectivamente, 48.000 y 17.000 millones de dólares, frente a los 6.193 de Argentina.

Esa sería la única buena razón por la que Cristina Fernández podría decidir no optar a la reelección, pese a los sondeos a su favor: no tener que gestionar su propia herencia en el campo económico. Eso, junto con el fallecimiento de su esposo y expresidente, Néstor Kirchner, un hombre experimentado que se implicaba en los asuntos económicos y en relaciones partidarias, le está obligando a gobernar casi en completa soledad. Pero la presidenta deberá tener también en cuenta las presiones del equipo que se ha formado durante estos años ocho años en torno al kirchnerismo y que no puede confiar su futuro político a un presidente como Scioli, un peronista clásico, más a la derecha, por mucho que Scioli esté enviando señales conciliadoras a la Cámpora (movimiento juvenil próximo a los Kirchner) o que diga que Facundo Moyano, hijo del dirigente de la CGT Hugo Moyano, es “un cargazo” que debería ocupar un escaño en el próximo Parlamento.

La soledad de Cristina Fernández debe haberse acentuado en los últimos días como consecuencia del escándalo por corrupción que afecta a la Asociación de Madres de Plaza de Mayo, que preside Hebe de Bonafini. Los Kirchner atribuyeron un formidable papel a la asociación y financiaron sus actividades sociales, y recibieron a cambio un apoyo sin fisuras y un poderoso reconocimiento como impulsores de los derechos humanos.

Es difícil calcular el impacto electoral que pueda tener el hecho de que la asociación haya sido acusada de lavado de dinero y de que su principal apoderado, Sergio Schoklender, protegido de Hebe de Bonafini, haya desviado, sin el menor control oficial, dinero de esas obras sociales. De lo que no cabe duda es del impacto emocional que el escándalo ha tenido en muchos argentinos. El primer perjudicado puede ser el candidato kirchnerista a la alcaldía de Buenos Aires, Daniel Filmus, que competirá contra el actual alcalde, Mauricio Macri, el 10 de julio, y que ya ha mostrado su desolación.

Artículo original y secundario en ELPAÍS.com

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