Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

China: Las miserias del crecimiento


Por JOSÉ REINOSO (El País)

China experimentó en 2007 más de 80.000 “incidentes de masas”, 20.000 más que el año anterior. Incidentes de masas es el eufemismo que utiliza el Gobierno para designar protestas, huelgas, manifestaciones y otras movilizaciones por motivos que van desde las expropiaciones ilegales de suelo a reclamaciones de salarios impagados y denuncias de corrupción o abusos de poder. Desde entonces, no han sido publicadas nuevas cifras sobre lo que los analistas consideran el creciente número de protestas que ha llevado emparejado el rápido y desigual crecimiento económico del país.

Muchas de estas movilizaciones tienen su origen en escándalos de contaminación ambiental, en particular la causada por los metales pesados y los vertidos de las fábricas. Son la punta del iceberg del precio que ha pagado el país asiático desde que Deng Xiaoping inició el proceso de apertura y reforma hace tres décadas, con una máxima en el zurrón: “Hacerse rico es glorioso”.

El Gobierno puso cifras a este precio medioambiental la semana pasada: más de la mitad de las ciudades chinas están afectadas por la lluvia ácida y una sexta parte de los principales ríos están tan contaminados que su agua no es apropiada ni para el cultivo. “La situación medioambiental en su conjunto es aún muy grave y se enfrenta a muchas dificultades y desafíos”, aseguró Li Ganjie, viceministro de Medio Ambiente, informa Reuters.

La degradación que ha acompañado al desarrollo chino es uno de los fracasos de un modelo considerado de éxito porque ha permitido sacar de la pobreza a cientos de millones de personas y ha situado a China como la segunda economía de mundo, tras Estados Unidos.

Las aguas de ciudades estrellas como Shanghái, Guangzhou (Cantón) y Tianjin están clasificadas como gravemente contaminadas, y solo algunas zonas alrededor de la turística isla de Hainan, en el sur, y parte de la costa del norte están totalmente limpias. Únicamente el 3,6% de las 471 ciudades controladas registran un aire del máximo nivel de limpieza, afirmó Li, quien añadió que China continúa perdiendo biodiversidad. El político insistió en que la contaminación, en especial la debida a metales pesados, es “un asunto grave” porque, según dijo, “no solo afecta seriamente a la salud de la gente, sino a la estabilidad social”.

El mes pasado se registraron en Mongolia Interior las mayores protestas vividas en esta región autónoma en las dos últimas décadas, debido al descontento existente entre la etnia mongola por el daño medioambiental causado a sus tradicionales pastos por las explotaciones mineras. La chispa que provocó las revueltas fue la muerte de un pastor atropellado cuando intentaba impedir el paso de un camión de transporte de carbón conducido por un han, la etnia mayoritaria en China. El conductor ha sido condenado a muerte.

Muchos de los alrededor de seis millones de mongoles chinos se quejan de que el flujo de han en la región -donde estos son mayoría-, atraídos por los recursos minerales y energéticos, ha desplazado a los pastores, dañado el suelo, provocado la muerte de ganado y amenaza su modo de vida y su cultura.

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El plomo envenena las protestas en China

Los escándalos debidos al envenenamiento por plomo se multiplican en China, a pesar del compromiso público del Gobierno para atajarlos, y se han convertido en un nuevo foco de inestabilidad social en el país asiático, donde los Gobiernos locales ocultan con frecuencia las intoxicaciones.

Más de 600 personas han dado niveles altos, y en muchos casos peligrosos, del metal pesado en la sangre en la población de Yangxunqiao (provincia costera de Zhejiang), según ha informado esta semana la prensa china. Las víctimas son trabajadores de fábricas que producen papel de estaño y algunos de sus hijos; 26 adultos y 103 niños han resultado gravemente envenenados.

Se trata del último caso de un problema que afecta a muchas poblaciones en China, donde los vecinos viven con frecuencia a escasos metros de factorías con condiciones de seguridad laboral mínimas y talleres que compiten para fabricar lo más barato posible.

El escándalo se suma a los registrados en los últimos meses en esta y otras provincias de China, donde el rápido crecimiento de la economía, el afán por el beneficio inmediato, la laxitud de los controles y la corrupción han causado serios problemas medioambientales que, a menudo, desembocan en estallidos de violencia por parte de los afectados.

Millones de niños se han intoxicado con plomo en todo el país, según asegura la organización de derechos humanos Human Rights Watch (HRW), con sede en Nueva York, en un informe hecho público ayer en el que afirma también que los funcionarios locales minimizan sistemáticamente los peligros del plomo y niegan el derecho a hacerse análisis médicos a los posibles afectados para ocultar el problema.

El Gobierno tiene en marcha una campaña contra la contaminación por metales pesados. Cientos de fábricas de baterías de plomo y ácido han sido clausuradas en Zhejiang, después de que la prensa oficial publicara casos de intoxicaciones. El Ministerio de Medio Ambiente ha pedido acciones urgentes, ya que los envenenamientos han creado gran resentimiento entre la población.

Pekín ve con gran preocupación cualquier foco de protestas, especialmente desde que a principios de año estalló en el norte de África una ola de revoluciones populares, que se extendió luego a Oriente Medio, en demanda de justicia social y democracia. Pero a menudo es incapaz de respaldar sus compromisos públicos con la inversión o el deseo político necesarios para hacer que sean cumplidos, ya que los funcionarios locales dan prioridad al crecimiento económico y los beneficios antes que a la protección medioambiental.

En el medio centenar de entrevistas realizadas a padres y parientes en provincias como Hunan, Henan, Yunnan y Shaanxi, HRW encontró que las autoridades intentaban silenciar continuamente a quienes querían hablar o pedir ayuda. Muchas familias afectadas aseguraron que se les impedía hacerse las pruebas de detección de plomo, se les negaban los resultados o se les entregaban datos aparentemente maquillados. “Quiero saber cómo ha enfermado mi hijo, pero no me puedo fiar de los resultados del ensayo local”, cuenta una mujer de Hunan en el informe. “Padres, periodistas y activistas que se atreven a hablar sobre el plomo son detenidos, acosados, y, en última instancia, silenciados”, escribe Joe Amon, director de salud y derechos humanos en la organización no gubernamental. Algunos padres afirman que después de que sus hijos dieran niveles peligrosos de plomo en la sangre, los médicos solo les dijeron que les dieran leche y otros alimentos como manzana o ajo.

El secretismo de las autoridades recuerda al escándalo del contagio de sida por la venta de sangre contaminada a finales de la década de 1990, que afectó a decenas -o cientos, según las fuentes- de miles de personas, y la epidemia de SARS en 2003.

China es el mayor productor y consumidor mundial de plomo refinado. Aunque la prohibición de la gasolina con este metal a finales de los noventa ayudó a reducir una de las mayores fuentes de envenenamiento, el progreso del país y el auge en la producción de automóviles, bicicletas eléctricas y aparatos de electrónica ha disparado la demanda de baterías. Alrededor del 75% de la producción mundial del plomo es destinada a baterías.

La contaminación por plomo -que frecuentemente se produce poco a poco, debido a una exposición continuada a pequeñas cantidades- puede causar graves daños al cuerpo, incluidos el cerebro, los riñones y los sistemas muscular, nervioso y reproductivo. Los niños son muy sensibles al metal porque absorben hasta la mitad de la cantidad a la que están expuestos, y pueden experimentar problemas de crecimiento y de desarrollo del cerebro, en ocasiones irreversibles. Una circunstancia muy delicada en China, donde la sanidad es de pago e impera la política del hijo único.

En mayo pasado, las autoridades de Zhejiang detuvieron a 74 personas y suspendieron el trabajo en cientos de fábricas después de que 172 personas -entre ellas, 53 niños- enfermaran por el plomo. En octubre de 2009, manifestantes enojados dañaron camiones y las vallas de una fundición después de que trascendiera que más de 600 niños habían dado positivo en pruebas de detección del metal.

Artículo original en ELPAÍS.com

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