Edición 27/02

Icono

«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El chip prodigioso

Por BORJA BAS (El País)

¿Conoce usted la piel que habita? Los científicos de Procter & Gamble, sí. Y cada día se replantean esta pregunta. Los hallazgos de esta multinacional de bienes de consumo, una de las más grandes del planeta, se traducen en incontables productos de uso tópico que todos utilizamos a diario. Mire las etiquetas en su casa. Champús, perfumes, desodorantes, cremas, geles de afeitado, detergentes, lavavajillas, pasta de dientes, colutorios, papel higiénico, servilletas… Cosas tan cotidianas que no incitan a pensar en la tecnología puntera que hay detrás de su gestación.

Sus laboratorios centrales, en Cincinnati (Ohio), son algo así como el Santo Grial de la sociedad del bienestar. Un lugar raras veces abierto a visitantes que, a primera vista, se presenta desprovisto de todo glamour. Apenas una serie de pasillos anodinos salpicados de las duchas de emergencia legalmente obligatorias para evitar cualquier contaminación tóxica. Sin embargo, tras las puertas que los recorren se concentran algunos de los cerebros más privilegiados de la cosmética. Los resultados científicos son lo único que importa.

Su aliado más reciente son los chips de ADN. Unas placas de apenas un centímetro cuadrado que permiten monitorizar 20.000 genes humanos al mismo tiempo. Gracias a ellos pueden investigar la conducta genómica de la piel. Es decir, averiguar qué agentes son los que influyen en su deterioro y envejecimiento. Y, a partir de ahí, confeccionar esos productos cosméticos con los que el resto de la civilización aplacamos, al menos estéticamente, el paso del tiempo.

“En la última década hemos centrado la mirada en la tecnología farmacéutica para aplicarla a otros productos de consumo”, explica Jay Tiesman, director de biotecnología en Procter & Gamble (P&G). Es lo que ya se conoce como cosmeséutica: la combinación de cosmética y farmacéutica. “La gente tiende a separar la una de la otra, cuando, en realidad, utilizamos la misma herramienta: la biología”, dirime.

Su compañero de planta Phil Brode es la viva encarnación del profesor Franz de Copenhague (el mítico personaje de Los grandes inventos del TBO). Pasa sus días trasteando con un enorme robot capaz de disgregar la información recopilada en cada chip de ADN en diferentes plantillas. “Gracias a la robótica hemos logrado procesar, analizar y almacenar en semanas o días los datos que antes podían llevar toda una vida. Sus incontables combinaciones nos permiten elaborar ingredientes seguros”.

Aquí no se jerarquiza el trabajo ni se res-tringen conocimientos. Todos los profesionales comparten sus hallazgos en una de las bibliotecas de compuestos más grandes que se han generado en la historia del sector cosmético hasta la fecha. “Lo que me sorprendió cuando empecé aquí hace 20 años -continúa Thompson- es que cada vez que necesitaba consultar algo con un experto técnico de cualquier especialidad podía encontrarlo sin salir de este edificio”.

“A muchas firmas les gusta crear una mística sobre la base de sus productos: ‘Vayamos a la Amazonia y tomemos un extracto de esta planta que nadie conoce’ o ‘buceemos hasta el fondo del mar en busca de tal alga’. Nosotros optamos por garantizar la seguridad de lo que comercializamos. Con esa librería de datos acumulada en los últimos 20 años podemos averiguar qué dosis son las adecuadas en cada artículo”, explica Mary Johnson, directora científica de la división de belleza de P&G.

Este proceso horizontal permite encontrar soluciones para cualquier otro producto de la empresa. Dicho de otro modo: un compuesto para prevenir la irritación en unos pañales de bebé puede acabar sirviendo de base para un cosmético antiedad. Es el caso de la Hexamidina, un antiséptico que se ha convertido en el principal ingrediente activo de la crema Hydra Firming, de la nueva línea Olay Professional.

“Los chips de ADN son como joyas. Cada uno cuesta unos 500 dólares y puede contener hasta 25 gygabites de información. Y cada test se realiza sobre un rango de entre 50 y 100 sujetos distintos. Así podemos comprender mejor día a día el perfil genético de cada persona”, explica Tiesman, que en su despacho luce junto a su colección de cafeteras Nespresso y pósters de Padre de familia una pegatina que reza DNA is life, the rest is just translation (el ADN es vida, el resto hay que traducirlo).

En este centro de innovación el rigor científico no está exento de cierto sentido del humor. Cuando Rosemarie Osborne, encargada de desarrollo de sistemas in vitro, dice que a veces se sienten como los protagonistas de CSI no está tan alejada de la realidad. Buena parte de la tecnología empleada aquí es la misma que sirve al FBI para analizar muestras celulares humanas en casos criminales. Osborne se dedica a cultivar células en recipientes de plástico -“mi gran pasión”, bromea- para después estudiar su comportamiento gracias a un sofisticado software que permite ver la piel en 3D. Todo gracias a un potentísimo microscopio digital.

A ojos de un profano, cualquiera de estos modelos cutáneos digitalizados podría parecer una pintura abstracta o una lejana constelación. Sin embargo, a Osborne le basta un golpe de vista para localizar las zonas más afectadas por la pérdida de colágeno o elastina. Con unos pocos clics de ratón puede seccionar y estudiar a fondo cualquier detalle infinitesimal. En ocasiones, sus estudios adquieren tintes de ciencia-ficción. Ha contribuido a realizar desde injertos de piel tras quemaduras graves hasta córneas artificiales biocompatibles para que determinados pacientes recuperen la visión.

Esta suma de fuerzas investigadoras es la que ha posibilitado que P&G haya lanzado recientemente al mercado la línea de cosméticos Olay Professional. O, como más propiamente la han bautizado sus artífices, “el desafío antiedad”. Desde el nacimiento de la ya emblemática Oil of Olay, hace más de medio siglo, esta marca ha trabajado por desarrollar la crema definitiva para cada edad.

Si atendemos a la dermatóloga Maritza Pérez, “su línea Total Effects es perfecta para las veinteañeras, y Regenerist, para después de los 30. Con Olay Professional y su alta concentración de péptidos [moléculas formadas por aminoácidos] se cubre el espectro necesario a partir de los 40”. A pesar de sus recomendaciones, esta experta no alimenta ilusiones. “La crema milagro no existe. Como mucho podemos hablar de la combinación de cremas en busca de que se haga ese milagro. Por eso es importante no confiarse a un solo producto, sino a un tratamiento completo”.

La doctora Maritza Pérez pertenece a la Alianza Profesional para la Innovación en el Cuidado de la Piel, un grupo de dermatólogos independientes que ejerce de consultor para P&G. En el caso que nos ocupa, estos especialistas recomendaron prolongar la fase de prueba para contrastar mejor los resultados. “126 mujeres de más de 40 años se sometieron al tratamiento intensivo antiarrugas durante 8 semanas, pero aconsejamos extender ese periodo en 25 de ellas hasta las 24 semanas. Es un tiempo de prueba mucho más largo de lo habitual en cualquier crema, normalmente no va más allá de las 14, pero considerábamos que menos sería insuficiente para comprobar sus efectos de una manera fiable”, asegura otra de sus consultoras, la doctora Doris Day.

Los resultados eran contrastados en la sede de P&G gracias a un software llamado Mirror que estudia todos los ángulos y características de la cara utilizando fotos tridimensionales, cerrando un ciclo de investigación que va de lo más profundo de la epidermis a las consecuencias estéticas más visibles. Al abandonar la sede de P&G queda una certeza: por más que vivamos con la obsesión por fingir una eterna juventud, lo esencial es la salud cutánea.

El desafío antiedad
Los cinco productos que componen el kit de Olay Professional están concebidos como un tratamiento antichoque frente al paso del tiempo. Gracias a la ingeniería genómica, que contrasta las diferencias a nivel molecular entre la piel envejecida y la piel joven, ha encontrado sus ingredientes básicos: la niacinamida, los péptidos y la carnosina.

vía EArtículo original en ELPAÍS.com.

Anuncios

Archivado en: Reportajes +,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Edición 27/02 no es más que una "revista de prensa" que mezcla columnas y artículos propios con piezas arbitrariamente escogidas del periodismo nacional e internacional que van marcando estos años.

Únete a otros 1.056 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: