Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Demasiada sangre en Damasco


Por ÅSNE SEIERSTAD (El País)

Los sirios han alzado sus voces contra el régimen, uno de los más opresivos de Oriente Próximo. El régimen ha impuesto el bloqueo informativo y tratado de acallar con sangre los disturbios. La periodista Åsne Seierstad ha logrado entrar en Siria y narra cómo es la represión por dentro. La vigilancia, el espionaje, las torturas, las muertes.

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Camina descalzo por las calles. El aire tiene el frescor de la noche, el cielo está en su momento más oscuro. Estira las piernas e inhala el olor de la primavera. Circulan algunos coches que iluminan la acera al pasar. Las suelas de sus pies hinchados están cubiertas de arena y grava. Tiene intensos dolores en el estómago. Le molesta el cuello.

“Esto no era más que unas vacaciones”, le dijeron. “La próxima vez irá en serio”.

Llega a una puerta de metal en Yarmouk, a las afueras de Damasco, y llama al timbre. En el ventanuco aparece un rostro confundido, que exclama: “¡Te han cortado el pelo!”.

Abid entra en el apartamento de un empujón. Los que estaban durmiendo llegan arrastrando los pies. Las risas no parecen tener fin. Abid ha salido de la cárcel.

El estudiante de ingeniería es uno de los miles de detenidos y encarcelados desde que comenzó la revuelta en Siria, en marzo pasado. Han arrestado a gente en escuelas y mezquitas, calles y plazas públicas. Las autoridades llegan enseguida a los lugares de manifestación. Unos hombres vestidos de civil, a los que llaman “los fantasmas”, lo observan todo.

La vigilancia domina todos los aspectos de la vida en Siria. La policía secreta -la Mujabarat- se divide en un complejo sistema de departamentos y subdepartamentos que permite que ningún sector de la sociedad quede sin examinar. Una red de agentes cubre el país. Algunos son funcionarios, otros trabajan contratados. ¿Qué mejor observador que el verdulero de al lado de la mezquita o el vigilante de noche en el hospital? ¿Quién mejor para seguir los pasos a una familia que el maestro de escuela que pregunta al niño qué dice su papá del hombre de los carteles?

El hombre de los carteles tiene unos ojos pálidos, juntos, va arreglado y posee un cuello curiosamente largo. En una versión, lleva gafas de sol y uniforme. En otras, parece un banquero. Oftalmólogo de formación, regresó a la muerte de su padre para sustituirle como dictador de Siria. Se llama Bachar el Asad. El objetivo de la incipiente revolución es derrocarlo.

Un viernes, Abid se armó de valor y se unió a una manifestación después de rezar. Apenas se dio cuenta de que estaban rodeados cuando sintió un agudo dolor en el cuello. Las descargas eléctricas recorrieron su cuerpo. Cayó inconsciente. Al despertarse, vio a otras personas tendidas a su alrededor.

Habían aparecido de la nada los mujabarats, unos agentes vestidos de civil. Le arrastraron, junto con un centenar más, a unas camionetas blancas que aguardaban. Se llevaron a los manifestantes a las afueras de Damasco.

“Nos sentaron en filas en un riad, un patio, rodeado de altos muros. Teníamos las manos atadas a la espalda y nos obligaron a ponernos de rodillas. Yo contaba las llamadas a la oración para conservar la noción del tiempo. Se nos durmieron las piernas. Cuando nos dijeron que nos pusiéramos de pie, después de la última llamada de la mezquita, no pudimos hacerlo. Yo me caí, me golpearon, me obligaron a levantarme y volví a caerme. Por la noche nos metieron en una celda. Estábamos de pie, 12 hombres en unos pocos metros cuadrados. A la mañana siguiente, volvieron a sacarnos al riad. Al cabo de tres días estábamos a punto, como deseaban, y empezaron los interrogatorios”.

A algunos los torturaban durante horas y volvían ensangrentados. Quien más sufrió fue un aluí, un hombre perteneciente a la misma minoría chií que los Asad, porque le consideraban un traidor.

Abid tuvo más suerte. “Soy miembro del partido Baaz. Las palizas que recibí no fueron tan terribles”.

Abid entró en el partido cuando era niño en Daraa, la ciudad en la que comenzó la revuelta. A veces es necesario ser miembro para entrar en la Universidad, conseguir trabajo o ascender en las estructuras de poder.

Pero Abid está harto. Le queda un solo curso de sus estudios de ingeniería, pero lo ha arriesgado todo para participar en la “primavera siria”. “O lo hacemos ahora o no lo haremos nunca. El tren de la libertad está a punto de partir. Podemos subirnos a él o dejar que pase de largo”.

Se oye una voz desde el otro extremo del sofá: “¿Oís lo que dice? ¡Dos semanas en la cárcel y ya es Mandela!”.

El propósito de las autoridades es evidente: cortar las protestas de raíz. No hacer como en El Cairo, donde esperaron hasta ver las plazas abarrotadas. Mientras que las concentraciones en Túnez y Egipto crecieron rápidamente hasta agrupar a miles de personas, las autoridades sirias golpean sin piedad a grupos de 20, 50 o 100.

“Sacar aquí a mil personas a la calle es como sacar a un millón en El Cairo”, dice el anfitrión de Abid.

Su salón es aproximadamente el doble de la celda de Abid. También aquí el aire es escaso. Todo el mundo fuma y enciende el cigarrillo con la colilla del anterior. Es medianoche. Fuera, los niños siguen en la calle. Algunos corretean por su cuenta, y hacen ruido al pisar la basura. Otros están medio dormidos en brazos de sus padres, de camino a la cama. Un par de tiendas siguen abiertas. También sigue abierto un kebab. La vida sigue.

La vida política en Siria gira en torno a Bachar el Asad. Los verdaderamente poderosos son él y su hermano menor, Maher, comandante en jefe de la guardia presidencial, una fuerza de élite en manos de los alauíes, que es el único cuerpo autorizado dentro de la capital. Su padre, Hafez el Asad, el piloto del Ejército que se hizo con el poder en 1970, fue un político astuto. Pese a pertenecer a la minoría alauí, que no constituye más que el 12% de la población, construyó una amplia base de poder. Su hijo no ha sabido conservar esa base, y su poder se reduce a un pequeño clan alauí.

Vuelve a caer la noche. Alia tararea mientras se concentra en su mano y su caligrafía. Cuando se acerque el peligro, cántale. Varias jóvenes se reúnen alrededor de una mesa en un dormitorio de un edificio de apartamentos. Hay unas tijeras, hojas de papel negro, lápices y una caja de tizas. Alia traza una silueta con lápiz y la rellena con tiza.

Las persianas de lamas están echadas. Toda seguridad es poca, incluso en un séptimo piso sin casas enfrente.

Las palabras van cobrando forma bajo las uñas pintadas de morado de Alia. “Basta de matar”.

En otro cartel, escrito de derecha a izquierda: “Basta de violencia”. Se suscita una discusión sobre el espacio entre palabras en el tercer cartel. No están acostumbradas a las tijeras, pero su mensaje está claro. “Basta de acosar a los niños en Daraa”.

Daraa, una ciudad somnolienta en el desierto, en la frontera con Jordania, fue el lugar en el que todo comenzó. Una tarde de marzo, unos muchachos escribieron pintadas contra el Gobierno en un muro. Las fuerzas de seguridad los detuvieron y los llevaron a la comisaría local. Y luego, el silencio.

Sus padres los buscaron, preguntaron a todo el mundo. Nadie sabía nada. Acudieron a las autoridades, que les despacharon con cajas destempladas. El jeque local fue con los padres al despacho del jefe de seguridad de la ciudad.

“Devolvednos a nuestros hijos”, dijo el líder religioso. Se quitó el cordón del pañuelo de la cabeza -el ogal- y lo puso en la mesa, un gesto simbólico para indicar la importancia de la petición. Si pides algo, debes estar dispuesto a dar algo a cambio, dice el Corán.

“Olvidaos de vuestros hijos. Conseguid otros”, dijo, al parecer, el jefe de seguridad.

El jeque le pidió que tuviera compasión, por Dios.

“Si no podéis hacer más hijos, mandad a vuestras mujeres y nosotros nos encargaremos”, dicen que exclamó el jefe de seguridad.

Los niños desaparecidos. Los insultos increíbles. Se fue juntando gente alrededor del edificio. Les decían que se fueran, pero ellos volvían.

Tardaron una semana en dejar en libertad a los menores. Habían sufrido un trato terrible. Les habían despellejado los nudillos. Parece que a algunos les arrancaron las uñas. Se distribuyeron vídeos de los chicos a través de YouTube. Las protestas se extendieron a otras ciudades.

Damasco fue un islote de calma hasta finales de marzo, cuando empezaron a producirse manifestaciones espontáneas también allí. No había coordinación ni una dirección clara. La hora y el lugar de las concentraciones se transmitían a través del boca a boca, entre amigos. Y con la esperanza de que fueran verdaderos amigos.

Las chicas de la séptima planta están preparando la primera manifestación solo de mujeres en el centro de Damasco. El lunes siguiente se reunirán en una de las mejores calles, en el barrio comercial de la capital. Permanecerán en las tiendas hasta las tres, y entonces se reunirán y desplegarán sus pancartas. Correrán cuando llegue la policía. Y se desvanecerán como sombras, si todo sale según lo previsto, por las callejuelas.

Los terroristas, las bandas armadas, Al Qaeda e Israel están detrás de todo, según los medios de comunicación sirios. Algunos han confesado en la televisión estatal.

“Mi misión era hacer vídeos llenos de mentiras”, dijo uno. “El dinero venía de Arabia Saudí”, dijo otro. “La gente sale a manifestarse obligada”, dijo un tercero.

Las chicas menean la cabeza al oír todo eso.

“No quiero más que tener una buena vida”, dice Alia. Trabaja en una productora especializada en telenovelas para el mercado palestino, y tiene mucho que perder. Su trabajo. Un novio. Las fiestas en la azotea.

“Una se siente muy pequeña bajo este régimen”, dice en un francés vacilante. “Todo se decide en el Gobierno. Hasta ahora, he pedido a mis amigos que se mantuvieran al margen de las protestas. Les dije que esperásemos un poco. Pero las muertes han cambiado a la gente. Demasiada sangre. No podemos permitir que continúen”.

Elias, el único varón presente en el apartamento, tiene remordimientos. “Estoy muerto de miedo”, dice. “Nunca he participado en ninguna manifestación. No soy un hombre valiente”.

Elias y Alia pertenecen a minorías religiosas. Elias es cristiano y Alia es drusa. “Tengo miedo del futuro”, dice Elias. “El régimen tiene una buena política respecto a las minorías, mantiene el equilibrio en el país. Me da miedo el islam, que Siria se convierta en un nuevo Irak”.

Ese miedo es algo que el régimen aprovecha para sus propios fines. Intenta convencer a los dirigentes cristianos, que representan a la décima parte de la población, de que los islamistas radicales pueden adueñarse del poder. Al otro lado de la frontera, en Irak, la mitad de la población cristiana ha huido de las persecuciones.

La tiza en la pancarta se emborrona, no se entiende bien lo que está escrito. Escritura blanca -inocencia- sobre un fondo negro, que es el poder. Era una buena idea. Alia sopla el polvillo y añade más tiza. Una de las chicas encuentra la solución. “¡Laca! ¡Podemos arreglarlo con laca!”. El aerosol esparce su contenido por toda la habitación. La laca nunca ha olido tanto a revolución.

“No aplico mi espada cuando el látigo es suficiente, ni el látigo cuando basta mi lengua”, dice el primer califa de la dinastía Omeya en Damasco. Mu’awiyya era un maestro de la hilm -gracia y tolerancia- y no empleaba la fuerza más que cuando era absolutamente necesario. Cuando se proclamó califa en 661 frente a la oposición de Alí, yerno de Mahoma, la división del islam entre suníes y chiíes se hizo realidad.

Este viernes, la mezquita de los Omeyas es el escenario de un drama contemporáneo. Es el único lugar en el que es legal reunirse, y está estrictamente vigilado por las fuerzas de seguridad. Toman nota de cada palabra que sale de la boca del imán.

El bazar está vacío. Los puestos están cerrados. Las persianas de hierro están bajadas para proteger frascos y cestas. El aroma del cardamomo sobrevuela el mercado de especias. El artesano del cuero deja a su paso un débil tufillo a piel, y el fabricante de jabones, a lavanda. Los turistas se han ido, solo quedan los habitantes locales, niños en bicicleta, abuelos sentados en sus sillas. Unas unidades de la policía en motocicleta han cerrado varias calles. Algunos planean manifestarse después de la oración.

El silencio es opresivo. La zona está llena de agentes de la Mujabarat. Todos saben quiénes son, aunque actúen como gente corriente. Se ponen en cuclillas en los bordillos de las aceras, se apoyan en las paredes, se sientan juntos en bancos junto a los portales. Van vestidos con pantalón de traje, como otros hombres, con camisa. Quizá son más anchos de espaldas que el sirio medio y, desde luego, tienen más propensión a llevar chaquetas de cuero. Pero no es la ropa lo que les distingue. Es su mirada.

Tienen una forma de mirar que es inquisitiva, pero no curiosa. Miran en una sola dirección, con la intención de absorber lo que ven, no de entrar en contacto con nadie. Su conversación o, mejor dicho, su falta de conversación es otra pista inequívoca. Casi toda la gente charla por lo menos un poco. Estos hombres apenas hablan y, cuando lo hacen, es sin que su rostro exprese nada, sin un codazo, sin una palmada en el hombro. No hablan como hablan las personas. Están de servicio.

Cuando las oraciones están a punto de terminar, se levanta un frío viento. El cielo sobre la mezquita se oscurece, se abre, y empieza a caer la lluvia. El agua cae sobre unos toldos endebles que ceden bajo su peso. Un hombre intenta evitar que entre agua en su casa con una escoba. De pronto, unas perlas blancas y heladas golpean los tejados y las lonas, hacen que las flores de jazmín se caigan de los árboles, salpican al caer sobre los adoquines y llenan los charcos.

“Dios es grande”, dice un hombre que observa la granizada desde su puerta. “Nunca he visto esto en Damasco. Es Dios que nos protege. Los hombres permanecerán quietos. Así hoy no les matarán”, suspira.

Es como si la calle desierta, las tiendas cerradas y todo lo que empapa la tormenta diera valor a este hombre. Habla de su hermano, que el viernes pasado eludió por poco a un francotirador del Gobierno. “Le pasó por aquí”, dice Tarek, señalándose la parte lateral del cuello. La bala le rozó y le quitó un poco de piel durante una manifestación en la zona de Zamelka. Murieron varias personas.

Los francotiradores tiran a matar. No son muchos, los justos para atemorizar. Hay órdenes de que no haya más de 20 al día, pero muchos viernes las cifras han sido más altas.

Igual que otros sirios, habla del Miedo.

“Nos lo inyectan al nacer”, dice en voz baja, mientras gesticula como si estuviera pinchándose con una aguja imaginaria. “Nos hace inclinar la cabeza, mirar hacia otro lado, desconfiar de los otros. Todo el mundo puede denunciar a cualquiera. Si contestas de mala manera a un policía o a él no le gusta tu cara, puedes desaparecer durante años. ¿Sabe cuándo he tenido más miedo? Cada vez que veía a los Asad en televisión. Ordenaba a mis hijos que se sentaran a escuchar con respeto. Había que tener cuidado con los niños. Pero todo cambió en marzo. Les conté lo que estaba sucediendo en nuestro país. El mayor fue conmigo a la manifestación de la semana pasada. En cambio, mi hija de cinco años lloró cuando dije que Bachar tenía que irse. “Quiero a Bachar”, gritó, como le han enseñado. “No, tienes que odiarle”, expliqué. “Pero yo le quiero”, sollozó.

Tarek indica el retrato en la pared y el cartel sobre la puerta. “Vinieron con él hace 10 días. Colgadlo”, ordené. “Me dio miedo no hacerlo. Vivo de esto, al fin y al cabo. Otros también han puesto los carteles. No es extraño que mi hija esté confundida”.

En el barrio más comercial de Damasco, la atmósfera es sombría. Los maniquíes escasamente vestidos de los elegantes escaparates contemplan a los transeúntes con aire arrogante. Los cajeros también observan, lánguidos y con expresión resignada.

Aquí no hay imágenes del presidente. Tal vez el régimen no quiere pegar carteles en los escaparates recién lavados de la clase alta. Cuanto más pobre es el barrio, más carteles se ven.

Shirin se pasea por su tienda de moda, vestida con un vaquero ajustado y [calzando] unas UGG planas de ante. Tenía previstas unas rebajas de primavera, pero se produjo el baño de sangre en Daraa. “Anunciarme mientras estaban matando a la gente no me pareció bien”, dice.

Esta empresaria de éxito simpatiza poco con los manifestantes -“unos jóvenes rebeldes que se dedican a armar jaleo”- y apoya a Bachar el Asad. “Tenemos una política exterior excelente. Somos independientes y producimos todo lo que necesitamos, salvo algunas piezas de recambio de aviones. Las sanciones nos han enseñado a depender de nosotros mismos. No necesitamos una intervención extranjera, como en Libia. ¿Y qué tiene de malo Gadafi? Siempre me pareció que tenía mucho sentido lo que decía”.

Sin embargo, es madre de tres hijos, y le preocupan las detenciones de jóvenes en Daraa.

“El presidente debería haber ordenado colgar al jefe de seguridad local”, opina. “El trato que dio a los padres fue una declaración de guerra”.

“Allí son beduinos, divididos en clanes. Me preocupa que los extremistas exploten la situación y agiten a la gente”.

Suspira. “Quiero mucho a mi país. Es donde quiero vivir. Vivir ahora”.

En un café del centro, Mouna toma un sorbo de su cerveza Barada. Posee los ojos ardientes de una activista insomne, que pasa cada noche en un lugar distinto. La Mujabarat podría haberla detenido solo por los ojos.

Todo comenzó con su padre, un hombre de izquierdas, que escapó por los pelos a las depuraciones de los años setenta. Mouna recuerda la piel blanca de sus camaradas que habían sobrevivido a las cárceles de Hafez el Asad.

Después de las manifestaciones de Egipto, Mouna fue a casa de sus padres. “Mi padre y yo nos sentamos con nuestro té de menta y hablamos durante horas. Me dijo: ‘¡Llegará aquí! Está extendiéndose. Ha llegado tu turno”.

Mouna respira hondo y mira alrededor.

“Utilicé Internet, el correo electrónico, Facebook, como los egipcios. Pronto empecé a recibir amenazas. ‘Vamos a por ti’, dicen. Cuando les pregunto quiénes son, contestan: ‘Ya sabes quiénes somos”.

La siguiente pregunta le irrita.

“Hemos crecido pensando que no había nada que hacer con esta sociedad y usted me pregunta a quién queremos como nuevo líder. Todavía no se ha materializado ningún candidato entre marzo y abril. Lo que quiero es participar en la sociedad”, dice en tono firme.

Desenchufa el teléfono móvil del cargador cuando empieza a sonar una llamada. Es un teléfono muy viejo y necesita cargarse tres veces al día. Su cuerpo menudo empieza a temblar. Sostiene el teléfono con una mano y se agarra el cabello con la otra. “¿Cuándo? ¿Dónde?”. Lanza la mirada al aire. “Tengo que irme”, dice. “Han detenido a mi amigo. La policía secreta ha ido a su casa”.

Al día siguiente, hay más chicas de lo habitual en una calle comercial de Damasco. Caminan de dos en dos. Para quienes están al tanto, descubrir quién está ahí con una misión no es difícil. Miran a su alrededor, nerviosas. Hacen movimientos bruscos de cabeza. Llevan zapatos planos. Igual que los hombres junto a la mezquita, hablan sin ninguna expresión facial. Una pareja aquí, otra allí. Tres. Cuatro. Un pequeño grupo. Uno más grande.

De pronto, abren los bolsos y sacan las pancartas. Algunas están escritas sobre tela, otras sobre papel. Cada mujer tiene su eslogan.

Basta de muertes. Basta de violencia.

Empiezan a andar en silencio hacia la plaza con la enorme estatua de bronce de Hafez el Asad. Ningún espectador dice una sola palabra. Todos prestan atención, incrédulos. Las chicas cruzan la glorieta para llegar a la estatua. Pasa un minuto. Dos. Quizá tres. Están rodeadas. Unas camionetas blancas y decenas de hombres vestidos de civil surgen de no se sabe dónde. Les arrancan las pancartas de las manos. Las arrojan al suelo. “¡Putas!”, gritan los hombres. “¡Brujas!”. Algunas yacen en tierra. Una se niega a que le quiten el cartel y grita de dolor cuando le rompen el dedo.

Pero la mayoría ha huido. Han desaparecido por el otro lado de la plaza, hacia las bocacalles. Cada una por su cuenta. Como habían planeado. Todo se termina en cuestión de minutos. Un furgón blanco se aleja con cuatro chicas dentro. Los demás vehículos abandonan el lugar.

La plaza está como si no hubiera pasado nada. Pero ha pasado algo. Algo ha comenzado. –

En Damasco

las palomas vuelan

tras la valla de seda

de dos …

en dos …

Mahmoud Darwish

vía Demasiada sangre en Damasco · ELPAÍS.com.

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