Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Jean Daniel y los suyos


Por SILVIA LEMUS (Nexos)

Este 2011 el legendario director de Le Nouvel Observateur, Jean Daniel, cumple 91 años. En la entrevista con Silvia Lemus, Jean Daniel vuelve sobre sus pasos lo mismo que en la publicación de su último libro: Les miens (Los míos).

Silvia Lemus: Jean Daniel, primero, festejemos su cumpleaños. ¿Qué significa para usted?
Jean Daniel: Pánico. Estoy aterrado. Me da miedo ver a tanta gente remarcar mi edad, con gentileza, pero tengo miedo. Nunca pensé que llegaría a esta edad. Para mí es una cifra. Es irreal. La gente te dice bravo. Pero, ¿bravo por qué? No es mi culpa. No sé. No lo hice a propósito. No volvería a empezar. Tengo la impresión de que insistí mucho para seguir siendo el mismo. Así que cuando logro hacer bien lo que hacía, está muy bien. Y lo logro. De momento, lo logro.

Se nota. Es hermoso, como siempre.
La escucho hablar de la belleza, pero sé una receta al respecto. Tengo un truco, una fórmula.
¿Cuál?
Hago como si todo estuviera bien. Y a veces resulta.
Es muy sabio.
Me digo que no hay razón. ¿Te duele aquí? No, para nada. Se me va a pasar. Y, sobre todo, lo más difícil es no ablandarse con uno mismo. ¿Entiende lo que quiere decir eso? Llorar con complacencia por uno mismo. A veces es difícil. Hay cierta facilidad, cierta ternura que siente uno por sí mismo: “Soy el más agraciado de todos. ¿Por qué estoy solo? Qué escándalo”. En casa de mis padres el sufrimiento era una rebeldía; la vejez era un escándalo, y la muerte una diversión. En mi casa hubo mucho amor por la vida, en toda mi familia. Tuvimos, como todo mundo, las cosas peores, las peores desgracias. Yo atravesé todo el siglo. Pero nunca conocimos la desesperación. Decíamos que había mucho por hacer. Que había que luchar hasta el final. ¿Valió la pena o no? No sé, pero es una actitud. Hay un enorme amor por la vida. Por lo tanto, un amor al presente. Amo este momento en que te hablo. No pienso en lo que pasó hace rato. En lo que va a pasar mañana, con esta reunión por mi cumpleaños. Tengo la curiosidad del momento completo y la voluptuosidad del momento completo. Eso es muy importante. Me sucede con mucha frecuencia, después de una prueba, después de un dolor o durante la guerra. He guardado en secreto una idea que me cuesta revelar: me hirieron. Durante la Guerra Colonial, cuando De Gaulle envió las tropas a Bizerte, Túnez, me hirieron los franceses. Estaba del lado de los tunecinos, de los árabes. Me operaron once veces. Once. Seis más cinco, diez más uno. En cada operación el médico me decía: “Vamos a ver, vamos a ver”. Y yo decía, yo creo que… No lo decía, pero en el fondo me decía que no.
Y aquí está, perfectamente.
No tan perfecto.
Lúcido, brillante…
Mire, si me va a hacer cumplidos sepa que yo los acepto todos en este momento. No me aburren para nada. Al contrario, entre más oigo, más necesito.

v

Les miens, este recuento de escritores, de casi todos los escritores y de algunos políticos, de algunos hombres de la política del siglo pasado.
Sí.
Háblenos primero de los políticos. Digamos, De Gaulle, Churchill, Pierre Mendés-France y sobre todo Miterrand.
De estos políticos hablé como de todos los demás. Cuando me parecía que podía decir otra cosa, decir algo particular, porque todas estas personas que están ahí son célebres. Ha habido mil libros sobre ellas. Si yo iba a hacer lo mismo, no valía la pena. Intenté contar todo lo que yo había tenido con estos personajes. Todas las relaciones que había tenido con ellos. Y de esos políticos, evidentemente, el que me impresionó y no lo conocí: Churchill. Es a quien puse por encima de todos. Hubiera querido conocer a Churchill pero bueno, no sé, es una leyenda tal que a veces no necesita uno conocerlos. Fíjese, en la calle Veneau, donde vivo, el hombre más famoso que vivió ahí para mí, a quien admiraba, era André Gide. Ahí vivía él. Nunca fui porque tenía miedo de decepcionarme. A veces es así. Como sea, para volver a los políticos y responder a su pregunta. Churchill me impresionó porque era un gran escritor también. Y lo vemos ahora con la traducción de sus memorias al francés. Un gran escritor… ¿Conoce a Albert Cohen?
No, no lo conozco.
Es un escritor de origen suizo que vivía en Suiza, más bien un escritor francés que escribió un gran libro llamado Bella del Señor. Conoció a Churchill y dijo: “Es serio como un niño”. Una frase hermosa. En fin, Churchill fue en ese momento el que salvó lo que era para mí una forma de civilización. Con respecto a él veo un poco lo que Stefan Zweig tenía para el imperio austrohúngaro. Para mí es Churchill. Es decir, una suerte de pasión. Sin él no sé qué hubiera sido de Europa, de Occidente. No sé. Y, evidentemente, después están De Gaulle y Mendés-France, de quien yo era amigo. Cuando conocí a De Gaulle, era gran partidario suyo. Estaba en el ejército, combatí. Además tenía un gran prestigio. Un día me dieron una guerrera que tenía una gran cruz de Lorena.
Yo estaba muy orgulloso con mi cruz de Lorena. Una vez más, yo buscaba en todos la literatura. Churchill escribía bien. De Gaulle también escribía muy bien. Son hombres de pluma. Miterrand escribía muy bien. Mendés-France, no. Yo admiraba a Mendés-France. Le tenía cariño. Era un hombre formidable, pero no escribía como los otros tres. Pero las memorias de De Gaulle están muy bien escritas. Cuando hablaba siempre usaba frases muy elegantes, muy clásicas. Miterrand sabía hacer retratos. Era muy avieso, muy ácido. Al hablar con usted comprendo que nunca pude separar realmente ya fuera de niño, de hombre o ¿cómo se dice ahora? ¿Aún se dice la palabra viejo?
Viejo, sí.
Yo ya no la digo. En fin. Nunca pude separar realmente la literatura de la política. No es muy racional lo que diré, pero me parece que a los políticos que no escriben bien les falta algo.
¿Sí? Es posible.
Es algo muy francés.
Muy francés. Bueno, los franceses son muy inteligentes.
Pero no es inteligencia, sino un vicio por la literatura. Un vicio sin castigo, como dicen. No necesariamente es inteligencia. Los ingleses, los estadunidenses y hasta los mexicanos son muy inteligentes.
Sí. Es cierto. Mucho.

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Bueno, también está André Malraux.
Sí.
Que era a la vez un buen escritor y fue ministro de Estado también.
Sí, Malraux era fascinante. Era fascinante. Muy nervioso. Hablaba y enseguida profetizaba, vaticinaba, anunciaba ya fuera bondades o catástrofes. Malraux tenía sus particularidades. Cuando fue ministro fue sólo por dos razones: porque estaba De Gaulle y él adoraba la compañía de los grandes como profetas, como visionarios. Y, además, porque hablaba de arte. Cuando se trata de arte, uno acepta la política. Él necesitaba o bien la grandeza de la revolución como en España o bien el arte. Entonces, cuando estaban los dos, como, digamos, el Gernika y Picasso, para él era algo grandioso. Era muy cansado encontrárselo porque cuando empezaba a hablar no podía detenerse. Enseguida se exaltaba su humor. Si veía un libro acababa diciendo cualquier cosa sobre él, aunque no lo conociera. Verá, hay una frase de Raymond Aron. ¿Le dice algo ese nombre? Es un ensayista, filósofo, historiador que tenía mucha influencia sobre los jóvenes. Raymond Aron era amigo de Sartre y de Malraux. Decía: “Malraux es completo y genial. Un completo inventor y un completo impostor”. Es verdad. Esa mezcla es real.
Escribió las Antimemorias.
Sí, claro. Es uno de sus libros más bellos.
Pero también nos da la idea de un hombre que creaba su historia. A veces.
Sí, sí. Pero no quería. Escribió las Antimemorias, que se llama así porque decía que no quería revelar sus “montoncitos de secretos”.Quería decirle con respecto a este libro (Les miens), cuando lo tengo en la mano, tengo la impresión de ser más reconstituido, más integral, más completo. Porque explico que me pasó algo: como si fuera el héroe, el personaje de las grandes novelas de la literatura mundial, yo viví con ellos, tanto como con los seres vivos. Si me digo: “¿cuánto tiempo pasaste, por ejemplo, con Madame Bovary de Flaubert? ¿Cuánto tiempo pasaste con esta otra mujer?”. Tal vez más con Madame Bovary. ¿Cuánto tiempo pasé con Ana Karenina de Tolstoi? Muchísimo. ¿Cuánto tiempo pasé con los escritores? Muchas veces en la noche soñaba con ellos como soñaba con mi familia. Todo el tiempo soñaba con ellos. Cuando escribí, los reconstituí. Ahora ya no los sueño. Ya no porque están aquí. De vez en cuando tomo el libro y los encuentro como si estuvieran en mi familia.
Incluso los escritores más literarios tenían ideas y posiciones políticas, como Sartre.
Sí.
Y como Camus.
Sí. Camus es alguien a quien le debo mucho. Era unos diez años mayor que yo. Y en aquella época yo hacía una revista. Él me llamó. No fui yo. Él ya era famoso, ya era conocido. Me dijo que le gustaba la revista y que iba a participar. Fue un colaborador muy célebre enseguida. Gracias a él la revista fue lo que fue. Él me hizo escribir. Publicó mi primer libro, prologó mi primer libro. Yo nunca había escrito. Y poco a poco su forma de pensar, en una gran medida, me fue enriqueciendo, influyendo, dando forma. Igual que él, yo nací en Argelia. Igual que él, yo era mediterráneo.
Cuando se enroló en la política fue dando un rodeo a la filosofía. No hacía política en el sentido que la hacen los políticos. Es decir, no quiso ser ministro como Malraux ni diputado ni asambleísta. Hacía filosofía política y, sobre todo, fue uno de los primeros, junto con Ceslav Milosz, y con Hannah Arendt, por ejemplo, en denunciar el totalitarismo.
Podemos decir que al principio era muy amigo de Sartre. Era una maravilla verlos juntos. Es muy curioso porque al principio el genio era Sartre. Sartre era muy feo, nada guapo. Camus era muy apuesto. Camus tenía un gran encanto de seductor. Sartre era bizco, para empezar, pero también era seductor. Sartre decía: “Camus tarda cinco minutos en seducir a una mujer y yo debo invertir tres horas”.
Toda una hazaña.
Exacto. Pero la verdad, cuando Sartre hablaba mostraba mucho encanto, mucha generosidad. Fueron amigos durante unos años. Y luego hubo un gran conflicto literario, un conflicto filosófico, un conflicto mítico del que aún se habla. Querían saber si había que seguir la revolución, incluso, si se convertían en militares, si había que renegar de la revolución aun cuando eso beneficie al capitalista. Es un debate que ha movilizado a la juventud francesa y europea. Milan Kundera decía que en esa época, en Praga, discutían mucho sobre Sartre y Camus, y ya tenían preferencia por Camus. A menos que Milan me lo dijera para complacerme, pero no creo. Yo creo que era cierto.
Debió de ser cierto.
Sí.

¿Qué quiso decir Albert Camus cuando afirmaba que había que pasar por la rebeldía para ser?
JD: Para Camus el hombre nace con dos problemas: el de ser feliz, y eso puede lograrlo, según Camus con el mar y el sol y las mujeres, y con la idea de que hay que morirse también. Sufrir y morir. Y que toda la vida transcurre en este gran absurdo de que desde que nacemos tenemos estas dos condenas: una, ser feliz, y la otra, saber que nos enfermaremos, lo que a él le pasó inmediatamente, y que podemos morir. Esta conciliación causa rebeldía. El hombre que se rebela es el que no acepta esta contradicción, este absurdo: ¿Por qué fuimos creados a la vez para ser felices? Él amaba ser feliz. Podía serlo. Amaba el sol y el mar. Tenía obras: hizo poemas sobre el sol y el mar que son formidables, líricos, carnales, amorosos y, al mismo tiempo, sobre la muerte. ¿Si sabe que su madre era sirvienta?
Sí.
Camus nació con muchas desventajas. Era pobre. Su madre era viuda y no tenía dinero, y además de todo no sabía leer.
Analfabeta.
Sí, así es. Cuando él le mostraba los libros que había escrito, ella no podía leerlos. Pero tenían buena relación. Y, además, estaba enferma. Se enfermó en la época en la que se atendía muy mal la tuberculosis. Todo le pasaba a Camus. Toda esta mezcla. En esta doble condición de la injusticia y de la felicidad, rehizo la historia de los hombres por la revolución. Él decía que la historia de los revolucionarios es la historia contra la injusticia de estos órdenes, de estas contradicciones. Y la gran historia era ¿la rebeldía de llevar a la revolución? ¿El rechazo a este absurdo de la condición humana puede tomarse en cuenta para la revolución esencialmente como marxismo? Es decir, para la historia. Y entonces es cuando descubre cómo el hombre al desear soñar con una especie de paraíso terrestre, llega a una sociedad en la que lo privan del mar, del sol, pero no de la moral. La rebeldía regresa y es la solución para no tomar de los cabellos a la revolución, ¿me explico? Esa rebeldía era para él algo esencial del hombre. Definía al hombre así: “Me rebelo, luego existo”. El hombre rebelde sería el libro que tendría más éxito en todos los países ocupados por la URSS. Se tradujo y se distribuyó clandestinamente. Lo que se llamaba samizdat. Pero si investiga entre la gente en Hungría, en Bulgaria, en Checoslovaquia, en Praga, la rebeldía contaba enormemente. El tema de la rebeldía es esencial.

Era una filosofía de la rebeldía.
Era una filosofía de la rebeldía, sí. ¿Qué sería de la rebeldía si no teorizáramos sobre ella, si no pensáramos sobre ella? Él escribió El hombre rebelde, que define la naturaleza y la moral humanas, que se termina en cierta medida, pero para él es algo más que natural. Para él todo era impedirle a la gente transformar una rebeldía natural en una revolución doctrinal y peligrosa. Es decir, guiar el justo combate de la gente contra la dictadura y la servidumbre en los países con dictaduras.
La inteligencia de Sartre, ¿en qué consistía?
En primera era un hombre que sabía hacer la historia de la filosofía de una forma genial. Tenía la ciencia de un profesor, un vocabulario. Era un pedagogo formidable. Además, estaba poseído. A mí me encantaba escucharlo. Era un encantamiento intelectual. El fracaso de Sartre fue político, no fue filosófico. Era un filósofo de la libertad. El fracaso de Sartre fue una concepción de la historia que era la de Marx. Sabemos cómo se desarrolla la historia según cierto número de determinismos que persisten. Y sabemos que esta historia va a desarrollarse con la caída del capitalismo, con la redención del proletariado, con la sociedad feliz. La desgracia está en que dijo en términos maravillosamente chispeantes cosas falsas. No sólo eran falsas, también eran trágicas.
Al final, ¿diríamos que Camus tenía razón y Sartre no, en términos políticos?
Sí, podría decirse. Pero Sartre era brillante. Más que brillante. En cierta forma era un gran filósofo y si uno se dedica a la filosofía, no será nadie en cierto sentido. Cuando lo escuchabas acababas por dudar. Bueno, yo no. Es un hecho que Camus predijo lo que pasaría y él no. Sartre tenía un complejo. Camus no lo tenía porque había nacido pobre. Eso es importante. Decía: “No necesito obsesionarme con los obreros. Siempre lo han sido. No tienen ganas de salir de la condición obrera, ni de entrar. Y Sartre quería regresar a los obreros pero ellos no quieren salir”. Y Sartre era casi de un puritanismo religioso respecto al proletariado. Había que vivir así. Sólo aceptaba ir a restaurancitos no tan buenos. Era el antiburgués por excelencia. Así era en su vida privada. Pero Camus era más relajado a ese respecto. Camus decía: “Yo quiero salir de la miseria y él quiere regresarme”.
Personajes totalmente opuestos.
Sí. Se querían mucho. Cuando Camus murió, Sartre escribió un texto magnífico. Dijo: “Nos peleábamos y era una forma de vivir juntos. Aquí terminamos”.

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André Gide es un caso ejemplar de ideas y de posición política. Amaba a la Unión Soviética, pero denunció el estalinismo.
El caso de André Gide es tal vez único en la literatura. Era protestante, puritano, pero también homosexual, incluso pedófilo. Luego abandonó la religión y de repente se topó con el comunismo. Quedó exaltado. Se adhirió al Partido Comunista. Daba discursos increíbles, poesía sobre el comunismo y el amor al comunismo. Decía que si había que dar la vida por la URSS, él la daba enseguida y luego lo invitaron. Lo invitaron como nadie más había sido invitado ni siquiera un jefe de Estado. El mismo Stalin organizó un viaje para André Gide. Un viaje como el que cualquiera podría soñar, a todo lujo. Y el mérito de Gide, cuando fue recibido como jefe de Estado, fue descubrir que detrás de la pantalla, detrás de la vitrina, había una terrible dictadura. Hay historias divertidas al respecto, porque Gide era un gran burgués. Siempre que se detenía en una ciudad, lo llevaban a una oficina de correos y él decía: “Pero si yo no les pedí que me trajeran al correo”. “Es para que le mande un telegrama a Stalin”. Así que le escribía un telegrama a Stalin. “Gracias, estimado…”. “Ah, no, no”, le decían, “no se dice gracias, estimado… Se dice: al pequeño padre del pueblo, gran camarada, salvador de la Unión Soviética”. “Pero yo no escribo así, no estoy acostumbrado, así que mejor no mando el telegrama”. “Pero está obligado a mandar el telegrama”. Eran pequeñas escenas como ésa. Y descubrió lo que había detrás. Y cuando escribió un libro, entrenó a muchos jóvenes, entre ellos yo, en el comunismo, y luego los hizo regresar, incluido a mí, en el anticomunismo. Es increíble esta influencia, este valor, esta independencia. Eran de un gran señor.
Usted dice que André Gide fue un burgués avaro, homosexual, ya lo mencionó, y lector de Nietzsche. ¿Nietzsche liberó al escritor Gide?
Sí. Podemos decir que Gide escribió páginas increíbles sobre Nietzsche. Cuando descubrió a Nietzche dijo que ya no iba a escribir más: “Él escribió lo que yo hubiera querido escribir. Yo hubiera querido decir todo eso”.
Recitan a Nietzsche de memoria.
En aquel momento hubo una oportunidad particular. En aquel momento a Wagner, que hacía su primer viaje a Francia, y a París, lo acompañaba Nietzsche. En un momento dado, Nietzsche se enojó. Y entonces todo París tomó partido. Unos por Wagner, otros por Nietzsche. Gide lo tomó por Nietzsche. Escribió artículos increíblemente entusiastas, líricos, sensuales. Se enamoró de Nietzsche. Se liberó totalmente por él. Sí.
Y se convirtió en el gran escritor que es.
Sí, es lo que yo pienso, aunque no todos lo piensan. Gide se convirtió en un gran hombre de letras. Siempre quiso ser como Goethe. Quería ser en Francia lo que Goethe era en Alemania y en todos los países. No estaba al nivel de Goethe. En principio porque no era poeta. Pero digamos que es un hombre que ha contado mucho como un hombre de influencia de orientación, de descubrimiento. Él creó la hermosa biblioteca de la Pléiade, por ejemplo. Así es. Ahora yo soy de los pocos que aún lo reverencian.
Gide no está de moda.
Está bien citarlo para demostrar cultura, pero no está tan bien leerlo. Usted sabe que en París no hay más que modas. Gide no está in, digámoslo así.

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Uno de sus encuentros más interesantes fue con François Mauriac, un escritor católico pero rebelde. Como un enigma lo calificó usted.
Tal vez me equivoqué. Como sea, fue alguien extremadamente interesante, extremadamente seductor porque era católico, pero no puritano. O cuando era puritano, tuvo debilidades. Tenía inclinación por los jóvenes sin llegar hasta el final. Era homosexual reprimido. Tenía una lengua maravillosa y sobre todo era el más brillantemente malvado. Es una virtud francesa la capacidad de la denigración. Sobre todo parisina. Gide decía: “No se hace buena literatura con buenos sentimientos”. Pero Mauriac tenía palabras terribles. Una vez vio entrar a una señora y luego dijo cuando pasaba frente a él: “Qué fea debió ser de joven”.
Era malo.
Sí. Era malo, y también brillante. Le presentaron a otra mujer y después dijo: “Es menos inteligente de lo que su fealdad nos haría esperar”.
Es la peor de las crueldades. Usted nunca diría eso de una mujer.
Me habría gustado ser tan brillante. Porque a veces uno no es malo pero tampoco brillante. Un día me dijo Mauriac algo que me pareció terrible en ese momento. Dijo: “Si supiera cuánto me contengo. El comentario cruel que hago es lo más amable de lo que me viene a la boca. Reprimo todas las cosas que se me ocurren y digo algo cruel, pero las demás son monstruosas”. Era un verdadero novelista. Tomó partido durante la guerra de España, durante la guerra de Argelia lo hizo de forma muy valerosa.
Usted encuentra un extraordinario parecido entre François Mauriac y el San Jerónimo de Zurbarán. ¿Por qué?
Porque así es. Traía una ropa que lo hacía parecer un monje. Tenía la cara larga, delgada, tenía un lado seco, un lado un poco quijotesco. Pero como monje. Y siempre tenía esa forma de poner las manos, como para pedir perdón por un vicio oculto. Una vez me dijo: “Mi querido Jean Daniel, qué gusto me da verlo, aunque estoy menos contento que de costumbre”. ¿No le parece? Era algo serio.
Estaba muy pegado a su madre. Como mucha gente.
Sí.
Como todo el mundo.
No es tan original.
No.
No, al menos para mí. En ese tema podríamos empezar con mi madre.
Sí, sí, yo sé. Y si quisiera hablar un poco de su madre, sería maravilloso.
Mire, mi madre fue raptada por mi padre. En ese pueblito de Argelia todos los años había batallas de flores. ¿Sabe lo que son? Pasaban unas carretas decoradas y había gente sentada en un café y se lanzan flores. Y luego las muchachas mandan flores a los jóvenes que están en las carretas. Si la chica la toca, el hombre se baja. Se baja y ve a la chica en un espejo, él está detrás. Él le pregunta con la cabeza si quiere ir con él. Ella puede decir sí o no. Los demás pueden verlo. Mi mamá iba a decir que sí, pero sus padres pasaron junto y dijo no. Así que mi padre la raptó y fue un gran escándalo. Como él se la raptó tuvo que casarse con ella. Y eso es lo que quería. Se casó y tuvo once hijos.
Qué mujer tan extraordinaria.
Pese a sus once hijos —yo fui el último y por poco no nacía—, mi madre era alguien que tenía mucha confianza en la vida. Le parecía que había que quejarse de todo el mundo. Y sobre todo de los ricos. Nosotros no éramos ricos. Cuando le contábamos que alguien se había sacado la lotería o se había vuelto rico, decía que era pobre. “¿Por qué pobre?”. “Porque va a perder todo eso. Será terrible y se va a morir”. “Todos nos morimos”. “Sí, pero él se va a preguntar por qué se muere siendo rico”. Y así improvisaba leyendas campesinas
Pero tenía un gran corazón.
Sí. Prejuzgaba con un gran corazón, pero eso es otra cosa.
¿Y su padre? ¿Cómo era?
Mi padre era alto, muy guapo, muy, muy guapo. Muy fuerte. Gallardo.
Y se robó a su novia.
Y también nos daba lecciones, porque estábamos en una pequeña ciudad, como en el Lejano Oeste de Estados Unidos, donde la gente se peleaba. Él nos enseñaba a no dejarnos nunca de los demás. Siempre que tenía miedo a alguien, pensaba en mi papá. Mi papá era…
Una gran imagen para usted.
Muy grande.
Todavía.
Nunca hablaba. Hablaba un poco conmigo, cuando yo era muy niño. Era alto, fuerte, reservado. Nunca hablaba. Trabajaba todo el tiempo. Y protegía a toda esta familia.

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Jean Daniel, Pierre Mendés-France, no me ha dicho nada de él.
Hice mal, porque es un hombre al que admiro mucho, y es alguien muy particular. Mendés-France era de estatura mediana, no muy atractivo, muy simple, pero tenía algo excepcional: la pasión por entender y darse a entender. Si él estuviera aquí, le hablaría como si hubiera cien personas, porque se interesaba por toda le gente que tenía frente a él. Deseaba convencerlos con términos simples. No deseaba exaltar, no tenía ganas de hacer soñar ni de halagar, sino de darse a entender y de persuadir. Y era una pasión de la inteligencia, no de los sentidos. Era la razón opuesta, digamos, a la vibración, a la emoción. Los oradores y los políticos, en general, se basan en la emoción. Como la televisión. Está hecha no para actuar sobre la inteligencia sino sobre la emoción, para hacer vibrar. Este hombre tenía algunas ideas simples y grandes, y le encantaba no sólo el diálogo, sino convencer porque creía, y escribió al respecto, que todos los seres, incluso a los que consideramos más idiotas, él decía “los más pendejos”, es una palabra muy dura tal vez, tienen una chispa de inteligencia que hay que descubrir para hacerles comprender algo. A veces era muy necio, muy obstinado, pero cuando tenía una idea deseaba comunicarla de golpe. Tenía el don de darte la ilusión de que eras tan inteligente como él. Eso es raro. Yo frecuentaba filósofos así. Michel Foucault daba la impresión de ser inteligente Y otro, Pierre Bourdieu, parecía un perfecto imbécil. Pero Mendés-France tenía la capacidad de no dejar sin hacerte entender la forma en que se gobierna la sociedad, en que sueña el pueblo, en que se transmite la verdad. Son muy raros entre los políticos este don y esta pasión. Él no mentía.
De François Mitterrand uno se preguntaba cuál era el secreto de su seducción.
El secreto, y esto no se limitaba a las mujeres, era que cuando quería seducir decía que lo iba a hacer aunque se tratara de un político no enemigo, sino adversario. Tenía una forma de hablar y sobre todo de hablar de uno que era particular. Es cierto que el secreto de su seducción es que interesaba secretamente a la persona que estaba ante él, no halagándola, no con la pasión de Mendés-France por la política, sino que antes de recibir a alguien sabía todo sobre ella. Decía siempre la pequeña frase que hiciera pensar a esta persona que la conocía, que sabía qué pensaba. Tenía esa seducción. Las mujeres eran muy sensibles a eso. Sí. Era un seductor.

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El islam, Jean Daniel. ¿Qué va a pasar con el islam en el siglo XXI?
Sepa que para mí el islam es la única ideología verdadera de este siglo. Ya no quedan ideologías verdaderas. Usted sabe lo que es una ideología verdadera. Son ideas, un sistema alrededor de ideas, una voluntad de actuar, una encarnación de la moral, un deber de los militantes. La única ideología verdadera del siglo en este momento. La fuerza de la ideología, casi tan fuerte como el comunismo.
¿Cuál es el estado de la izquierda en Francia y en el mundo entero?
La izquierda está en estado de crisis, desde la crisis financiera. No hablo de la izquierda revolucionaria o extrema, sino de la izquierda en su realidad, se apoyaba en lo que llamamos el estado providencia: la seguridad social, la nacionalización, la capacidad de proteger y por ahora todo eso está en peligro. La izquierda está en peligro debido a esta crisis financiera. Está en peligro moral porque no logra que los responsables de ésta sean castigados. No sabe hasta qué punto en este momento vivimos un símbolo histórico. La gente que puso en peligro el planeta entero, o sea ningún gran banquero, ha sido castigada; al contrario, la crisis los benefició. Y eso es el pecado original, un crimen mundial. Así es. Acaba de ocurrir en Estados Unidos. No habrá ningún sufrimiento para la gente bien. Ninguno de los responsables de la crisis financiera que le causaron problemas a todo el mundo, ninguno de esos banqueros fue condenado ni sufrió. Ganaron más después de la crisis que antes.
¿Conoce bien la felicidad?
¿Conozco bien la felicidad? Es una canción, sí. La felicidad. ¿Se refiere a si soy capaz de ser feliz?
Sí.
Claro.
¿Es capaz de ser feliz?
Sí, por supuesto. Si no hubiera sido capaz de serlo me mataría.
¿Sí?
No me gusta sufrir, no me gusta la tristeza. No soy romántico. No. Salvo para la música, tal vez. Morir escuchando música. O vivir. Vivir está mejor.
Termina su libro con una evocación notable del poder y el placer de la música desde Louis Armstrong hasta Mozart.
Cuando era joven decía que ninguna tristeza resiste un baño en el mar. Y claro que digo que ninguna tristeza resiste un buen concierto. Y en ese momento había muchos buenos conciertos en París. La música es muy importante para mí. Toda la música. Me gusta el jazz. También me gusta mucho Gustav Mahler. Me gusta mucho Ravel. Me gustan mucho los conciertos mismos, los instrumentos, me gusta ver a las orquestas instalarse. Desde que llego a un concierto experimento una dicha interior. Pienso que esas personas son admirables porque todas tienen su papel, como en una catedral, para hacer algo en común. Es cierto que la música, me parece, podría tal vez hacerme creer en Dios. Seguramente no lo lograría. Pero creía que con la edad me volvería creyente. Y no ha pasado, bueno no todavía. La música me encanta. Creo que es muy importante. Me encanta cuando los músicos hablan entre ellos de música. Los pintores no se quieren mucho. Con los actores es terrible. Los músicos son otra cosa, por la técnica.
Ama la música
Sí.
Y la música lo ama.
No sé. Si la música me amara sabría hacer lo que me encantaría ser, pianista. Allá abajo, a la entrada, tengo unos amigos músicos. Hay un cantante y un maestro de piano. Cuando tienen invitados se ponen a tocar. Cuando es algo bonito, me siento en la escalera. A veces abren la puerta, me ven y me invitan. Si baja los va a ver.

Artículo original en Nexos

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