Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Hacia un mundo libre: del G-8 al G-20


Por TIMOTHY GARTON ASH (El País)

Cumbres como la de Deauville son un residuo anacrónico del viejo Occidente de la guerra fría, una pérdida de tiempo y dinero. La gestión del mundo no puede discutirse sin sentar también a China, India y Brasil.

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Occidente ha muerto, viva Occidente. Así podríamos resumir el mensaje del viaje de Barack Obama a Europa hasta ahora, y su discurso en Westminster Hall. Hubo un instante retórico que solo Obama podía ofrecer. Un elocuente fragmento sobre la idea de que la diversidad bien integrada es una ventaja para las sociedades estadounidense y británica culminó en la observación de que esa era la razón por la que “el nieto de un keniano que sirvió como cocinero en el Ejército británico” podía “hablar ante ustedes como presidente de Estados Unidos”. La frase le granjeó el primer y único aplauso espontáneo de los parlamentarios británicos allí reunidos.

Sin embargo, este discurso tan bien redactado podía haberlo pronunciado cualquier presidente de Estados Unidos del último medio siglo: las referencias a la Carta Magna y el Día D; el mito-historia de la larga lucha común de ingleses y estadounidenses por la libertad; un canto a la OTAN, a la que calificó de “la alianza de más éxito en la historia humana” (eso sí, nada más que una referencia de pasada a la Unión Europea); la obligatoria cita de Winston Churchill. En todo el texto, como halago seductor que tenía en cuenta una de las obsesiones británicas desde 1945, estuvo presente el leitmotiv del “liderazgo” compartido, una mención conjunta de Reino Unido y Estados Unidos, como si fueran socios en condición de igualdad. Tony Blair sonreía, sentado en primera fila.

Y lo que ha ocurrido con el discurso ha ocurrido con todo el viaje. Ha tenido muy pocas cosas que no hubieran podido hacer igual de bien Ronald Reagan o John F. Kennedy; todas menos la parada final en Polonia, en otro tiempo un satélite de la Unión Soviética y ahora un firme aliado de Estados Unidos Los enemigos y los retos han cambiado, pero los amigos y los rituales siguen siendo los mismos.

Al beberse su jarra de Guinness en Moneygall, Irlanda, el recién celtificado O’Bama trata de conquistar 30 millones de votos de estadounidenses de origen irlandés.

En el tradicional festín amoroso de británicos y estadounidenses que se celebra en Londres están presentes la reina (la misma que recibió a Reagan y Kennedy), las salvas de honor, la cordialidad y el estallido habitual de superlativos injustificados: la relación entre los dos países se califica de especial, esencial, histórica. A puerta cerrada, se habla, como siempre, del reparto de las cargas militares y económicas. De allí va a Francia, y al ceremonial más anticuado de todos: una reunión del G-8.

El presidente cultiva viejos aliados, socios establecidos y valores comunes. No es de despreciar. Obama ha aprendido, en los últimos dos años y medio, a valorar más que cuando llegó al poder la relación con los aliados tradicionales. Más vale pájaro en mano que ciento volando.

A la hora de tratar con Pakistán, el país que, según Obama, es fundamental para combatir el terrorismo islámico, Gran Bretaña posee una experiencia y unas conexiones sin igual. Y este Gobierno británico, como su predecesor, ha sabido jugar bien esa baza.

En Westminster, el presidente dijo que “vivimos -Estados Unidos, Gran Bretaña y Occidente en general- en una economía globalizada que, en gran parte, hemos creado nosotros mismos”. Desde un punto de vista histórico, es verdad. También dijo que “seguimos siendo el mayor catalizador para la acción en el mundo”. Tal vez siga siendo así, si con eso se refiere a una actuación global coordinada y cooperativa.

Pero también es cierto que las potencias no occidentales, que actúan por su cuenta y en defensa de sus propios intereses, tienen cada vez más influencia en la agenda de la política mundial. Aparte de la importante declaración de que el anhelo de libertad y dignidad humana “no es inglés, americano ni occidental, es universal”, fue decepcionante lo poco que dijo el discurso de Westminster sobre esta transformación crucial de nuestra época.

De no producirse un vuelco en las tendencias actuales, el siglo XXI será testigo de un mundo cada vez más posoccidental. China, India y Brasil serán, tarde o temprano, más poderosos y más importantes para Estados Unidos que Gran Bretaña, Francia y Alemania. La tarea de Estado que afrontan los estadounidenses y los europeos es convertir el viejo Occidente, revivido y ligeramente ampliado -lo que yo llamo pos-Occidente-, en un marco más extenso que englobe el orden internacional. Es una tarea para la que Obama, cuya familia representa a la mitad de la ONU, resulta especialmente adecuado. Como dije hace varios años, nuestro objetivo debe ser pasar del artículo definido al indefinido: de “el mundo libre”, que quería decir el Occidente de la guerra fría, al ideal de un mundo libre.

Uno de los escasos cimientos institucionales de los que disponemos para realizar esta transición es el grupo G-20, que incluye a las grandes potencias emergentes de fuera de Occidente y que cobró vida propia durante la crisis financiera mundial. Sin embargo, en vez de acudir a una reunión del G-20, Obama y Cameron han ido a Deauville a una reunión del G-8. Obama tendrá que volver al país vecino, en concreto a Cannes, a principios de noviembre, para una reunión del G-20, que también preside Francia.

Todo eso significa un gran volumen de atención para Nicolas Sarkozy en pleno esfuerzo para ser reelegido presidente, pero, por lo demás, carece de sentido.

El G-8 es un residuo anacrónico del viejo Occidente de la guerra fría. Tiene sus orígenes en las reuniones de los ministros de Economía y los dirigentes nacionales de siete economías occidentales desarrolladas en los años setenta. En los noventa se sumó Rusia, cuando se suponía que el anciano país de Eurasia estaba incorporándose al nuevo Occidente ampliado. Hoy, si no existiera el G-8, nadie pensaría en inventarlo. El asunto que constituye su tarea fundamental, la gestión de la economía mundial, no puede discutirse si no están sentados a la mesa países como China, India y Brasil.

Después de examinar el orden del día de la reunión de Deauville, estoy más convencido que nunca de que es una pérdida monumental de tiempo y dinero. Solo el gasto en seguridad, que incluye a más de 12.000 policías, gendarmes y soldados, habría servido para hacer una aportación considerable a la consolidación de la democracia en Túnez. Y todo ese circo, con las reuniones preparatorias de unos funcionarios conocidos como sherpas, más otros a los que los franceses dan el maravilloso nombre de sous-sherpas, volverá a repetirse en los días previos a la reunión de noviembre del G-20.

No es que el G-20 esté funcionando tampoco muy bien. Pero es un grupo mucho más en sintonía con las realidades económicas, políticas y culturales del siglo XXI. Los líderes occidentales o posoccidentales deben hacer todo lo posible para que funcione mejor.

La mejor forma de empezar sería abolir el G-8, y Obama va a tener pronto una oportunidad de hacerlo. El año próximo, está previsto que Estados Unidos acoja el G-8 y México el G-20. Obama debería alcanzar un acuerdo privado con los demás miembros del G-8 y con México para incorporar el G-8 a la reunión del G-20 y centrar todos los esfuerzos en que este último sea más serio y eficaz que hasta ahora.

Cuando alguien suprime un comité o institución inútil, debería concedérsele una medalla, y en este caso la medalla tendría que ser enorme, una especie de Medalla Mundial de Honor.

El actual presidente de Estados Unidos está más autorizado que ningún otro de sus predecesores para dejar atrás la anticuada noción de “líder del mundo libre”, propia de la guerra fría, y convertirse en líder del movimiento hacia un mundo libre. Llegada la hora, aparecerá el hombre necesario. En este caso, tenemos las dos cosas. Solo hace falta que coincidan.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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