Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

¿Lo que no le importa a la gente?


Por HUGO ARIAS V.

Protestas, marchas, reclamos, exigencias, proyectos, sueños. Todo eso ha andado rondando en los últimos meses en el mundo. En el algunos casos, como consecuencia directa de una crisis económica global que golpeó muy fuerte a los países “del primer mundo”; en otros casos, como rebelión ante regímenes dictatoriales; y en otros, como el caso de Chile, a raíz de proyectos que se llevan adelante sin el respaldo popular (como HidroAysén), programas o grandes tareas que nunca ven la luz a pesar de que sean reclamados y respaldados por grandes mayorías (como el caso de la educación).

Pero si se miran todos estos procesos con un poco de distancia, se comienza a distinguir formas comunes, descontentos similares, falencias repetidas. Y todas tienen que ver, a fin de cuentas, con el funcionamiento de las democracias, con la debilidad de las instituciones sociales, con el déficit de participación ciudadana en las decisiones colectivas y con la calidad de las políticas públicas. Curioso (o sospechoso) que muchos nos hayan dicho tantas veces que “no son estos los temas que le interesan a la gente” y que, sin embargo, sean precisamente estos temas los que hoy están en el centro de la refriega. Para verlo claramente basta sólo leer las demandas del movimiento de los indignados españoles o darse cuenta del mar de fondo institucional del caso HidroAysén.

En medio de esta ola se me vino a la mente un excelente libro del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) titulado “La política de las políticas públicas: Progreso económico y social en América Latina” y publicado en 2006. En él se analiza, con una mirada institucional y de economía política, el quehacer y los desafíos de los países de la región después de cerrar la última década del siglo XX con un “ éxito moderado en lo que atañe al crecimiento económico y a la reducción de la pobreza y la desigualdad”, lo que dio pie a crecientes dudas respecto de la eficiencia de las reformas de los años 90 y a “un debate sobre el rumbo que debería tomar la política económica y social a fin de alcanzar la elusiva meta del crecimiento sostenible con equidad a la cual aspiran todas las sociedades latinoamericanas”.

La verdad, no sé si suscribir la idea de que el debate ha sido tal, o incluso que esté tan claro que el crecimiento sostenible con equidad es una meta tan compartida en nuestras sociedades, pero sí hay que reconocer la creciente inquietud que ha surgido sobre estos puntos en muchos círculos y la explosión que hoy se vive en las calles teñida también por los mismos cuestionamientos.

La gracia del libro es que el análisis va mucho más allá de la tecnocracia y no se centra “en el contenido de las políticas o sus efectos en las principales variables económicas y sociales, sino en el proceso mediante el cual dichas políticas se debaten, aprueban y aplican. En democracias presidenciales como las de la mayoría de los países de América Latina, el proceso de adopción e implementación de las políticas públicas tiene lugar en sistemas políticos en los cuales participan diversos actores, que van desde el presidente hasta los votantes de pequeños pueblos rurales e incluyen congresistas, jueces, personalidades influyentes y empresarios”. ¿No suenan conocidos estos actores a la luz de los debates de estos días en Chile y en el resto del mundo?

Se destaca cómo en la compleja interacción entre esos actores influyen las instituciones y las costumbres políticas de cada país, cómo las instituciones y las prácticas políticas ayudan a explicar por qué las reformas son duraderas en algunos países o bien por qué en algunas naciones las políticas apuntan mejor al bien común, mientras en otras responden más bien al interés de grupos particulares de poder; pero también cómo la historia, las convicciones y las actitudes de los ciudadanos, el poder de las elites o el carácter de los líderes, son igualmente decisivos.

(Advertencia: el libro describe a Chile casi como un paraíso de la democracia, por lo que puede ser un manjar para autocomplacientes y una fuente de indigestión para los más críticos; también evalúa nuestro sistema de partidos políticos con excesiva benevolencia.) Pero no cabe duda de que el documento es un buen marco de análisis para discutir en serio qué cosas andan mal o muy mal por estos lados y en el mundo entero, qué espacios es necesario reconquistar, dónde es urgente promover la participación ciudadana (dando pistas de cómo hacerlo), por qué se requieren profundos cambios en el sistema político de partidos, cuán importantes son los procesos de formulación de las políticas públicas, cuán relevante resulta una mirada sistémica y cuán necesario es contar con un sistema de justicia independiente y con una administración pública fuerte.

Supongo que volverán a aparecer los mercachifles que argumentan que estos temas “no le importa a la gente”, pero supongo también que esta vez habrá muchos más sesos despiertos para no caer nuevamente en la trampa y para ir de los problemas puntuales a las discusiones y soluciones de fondo.

Artículo original en El Post.

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