Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Necesitamos más libertad de expresión


Por TIMOTHY GARTON ASH (El País)

Cuál es la mejor forma de combatir a los populistas antiinmigrantes que tienen hoy la iniciativa política en muchos países europeos? Dentro de unos días está previsto el veredicto en el juicio al político holandés Geert Wilders por sus declaraciones en contra del islam; por ejemplo, que el Corán es un “libro fascista” que debería ser prohibido. Al mismo tiempo, el Gobierno de minoría de centro-derecha necesita, para sobrevivir, la “tolerancia” del Partido para la Libertad (PVV) de Wilders, que obtuvo más del 15% de los votos en las últimas elecciones generales. El precio que exigió Wilders a cambio fue, entre otras cosas, el compromiso de prohibir el burka. En Holanda, como en otros países europeos, los partidos de centro-derecha están intentando recuperar a los votantes que se han pasado a esos populistas antiextranjeros a base de adoptar versiones ligeramente suavizadas de sus mismas políticas y su retórica.

Por eso pretenden que los tribunales hagan lo que no hacen los políticos. Y eso es un error. Tanto por motivos relacionados con la libertad de expresión como por prudencia política, a Wilders no debería juzgársele por las cosas que dice sobre el islam. Por el contrario, los políticos de las grandes formaciones democráticas y otros líderes de opinión deberían ser más valientes y levantar la voz para combatir su retórica incendiaria.

Eso es lo que, al parecer, ha pensado también la fiscalía holandesa. “No hay duda de que sus palabras son dañinas y ofensivas para un gran número de musulmanes”, dijeron, cuando se empezó a hablar de procesarle, pero “la libertad de expresión desempeña un papel esencial en una sociedad democrática”. Pese a ello, un conjunto formado por abogados importantes, varias ONG y diversos grupos de presión consiguió que un tribunal de apelaciones revocara la decisión y obligase a los reacios fiscales a emprender una acción judicial. El tribunal alegó que “al atacar los símbolos de la religión musulmana, estaba insultando también a los creyentes musulmanes”.

Esa frase deja ver a la perfección el problema de principio: cómo se ha desdibujado la línea que separa criticar las creencias de atacar a los creyentes. Porque siempre debemos tener libertad para criticar cualquier creencia, incluso en términos radicales. La religión no es como el color de la piel. No existen argumentos racionales contra el color de la piel de una persona. Y, sin embargo, sí existen argumentos racionales e importantes contra el cristianismo, el budismo, la cienciología o cualquier otro sistema de creencias. Estos procesamientos, aunque su fin sea defender a los seres humanos, tendrán unas consecuencias escalofriantes en el debate sobre las ideas religiosas.

Pero hay que situarlo en un contexto más amplio. Los miem

-bros de la Organización de la Conferencia Islámica llevan mucho tiempo proponiendo que la comunidad internacional prohíba la “difamación de la religión”. En el mismo país en el que el director Theo van Gogh murió asesinado por insultar al islam, Wilders tiene que vivir con protección permanente por las amenazas de muerte que le han hecho islamistas extremistas y violentos.

Si Wilders incitara a la violencia, entonces sí habría que procesarle. Pero, por lo que he visto, se ha mantenido siempre justo al borde pero sin atravesar esa línea. Mientras siga siendo así, defenderé que tiene derecho a decir cosas profundamente ofensivas, por los mismos motivos por los que hace poco defendí el derecho de las mujeres a llevar el burka. Wilders, con su cabellera rubia, es, por así decir, el burka del otro bando.

Además, aparte de los principios, existe un sólido argumento práctico. Igual que sucedió cuando juzgaron a David Irving en Austria, este juicio permite que el acusado se presente como mártir de la libertad de expresión. Wilders concluyó su declaración final ante el tribunal con una cita heroica de George Washington: “Si nos arrebatan la libertad de expresión, podrán llevarnos, mudos y callados, como ovejas al matadero”. ¡Y quien recurre a esa cita es el mismo hombre que pide que se prohíba el libro sagrado de 1.500 millones de personas! Los dobles raseros son habituales en muchas declaraciones en favor de la libertad de expresión, pero Wilders se lleva la medalla de oro de la hipocresía. No solo quiere que se ilegalicen el burka y el Corán (“ese libro fascista”). En un discurso pronunciado el año pasado en la Cámara de los Lores de Londres -después de que se revocara el estúpido veto impuesto por la ministra de Interior laborista, Jaqui Smith, que le había impedido entrar en el país-, dijo que deberíamos prohibir la construcción de nuevas mezquitas en todo Occidente.

Y no solo quiere silenciar a los musulmanes. También a quienes le critican. Hace poco, las presiones del Partido de la Libertad de Wilders consiguieron que se rescindiera la invitación a un distinguido historiador cultural y comentarista, Thomas von der Dunk, para dar una conferencia en honor de un héroe holandés de la resistencia antinazi, porque se supo que proponía comparar las declaraciones del partido sobre los musulmanes con “las calumnias y difamaciones que sufrieron los judíos en los años treinta”. En un festival para conmemorar la liberación de Holanda y la derrota del nazismo, se prohibió una canción punk en la que se llamaba a Wilders “el Mussolini de los Países Bajos”. Una emisora de radio de izquierdas quitó de su página web una caricatura que mostraba a Wilders como un guardia de campo de concentración porque dijo que sus empleados habían recibido amenazas. En resumen, la idea de libertad que tiene el PVV es que Wilders es libre de decir que el Corán es fascista pero otras personas no son libres de llamarle fascista a él.

Sin embargo, los partidos de centro-derecha, que necesitan la “tolerancia” de Wilders para mantenerse en el poder, le siguen el juego y consienten esa intransigencia. Es cierto que el prefacio al acuerdo de coalición contiene una frase que dice que el Partido Popular para la Libertad y la Democracia (VVD) y la Alianza Demócrata Cristiana (CDA) “consideran que el islam es una religión y le darán el trato correspondiente, a diferencia del PVV”. Pero, igual que en muchos otros países europeos, los grandes partidos de centro-derecha se apresuran a contemporizar y seguir a los populistas intolerantes, antiinmigrantes y específicamente antimusulmanes, del mismo modo que los grandes partidos de centro-izquierda se pliegan demasiado a menudo a las voces intolerantes que se proclaman representantes de la “comunidad musulmana”.

Esta semana, un grupo de trabajo del Consejo de Europa al que pertenezco ha sugerido otra estrategia. Nuestro informe, titulado Vivir juntos: cómo combinar la diversidad y la libertad en la Europa del siglo XXI, dice que las sociedades europeas deben ser rigurosas a la hora de exigir y hacer respetar la igualdad de libertades bajo unas leyes comunes. El centro democrático, en sentido amplio, debe hacer gala de un liberalismo enérgico. Pero no debemos exigir a las personas de origen inmigrante que abandonen su credo, su cultura ni sus identidades múltiples. Contra los mensajes de intolerancia y xenofobia como los que transmite Wilders hay que luchar en los tribunales de la opinión pública, no ante los jueces. Nuestro lema es “reducir al mínimo las obligaciones y aumentar al máximo la persuasión”. Los personajes más destacados: políticos, intelectuales, periodistas, empresarios, estrellas del deporte, deben movilizarse para convencer a unas poblaciones europeas inquietas de que cualquier individuo, mientras se atenga a las normas básicas de una sociedad libre, tiene tanto derecho a ser ciudadano de pleno derecho como los demás, independientemente de que sea musulmán, cristiano, ateo o seguidor de Zoroastro. Y los europeos podemos conseguir que el experimento salga bien.

No deseo comprometer a otros miembros del grupo nombrado por el Consejo de Europa con mi aplicación de este principio al caso de Wilders, puesto que es posible que no estén de acuerdo; pero creo que los liberales -es decir, quienes consideramos que la máxima prioridad es la libertad individual- debemos tener el valor de nuestras convicciones, sobre todo cuando nos colocan en situaciones incómodas. Por consiguiente, Wilders debe tener libertad para decir que el Corán es fascista, Von der Donk debe tener libertad para comparar a Wilders con los nazis… y los políticos deben dejar de esconderse tras las túnicas de los jueces. Tienen que dar un paso al frente y librar ellos mismos la batalla.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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