Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Alejandro Dolina: “No hay que hacerse el estúpido para llegarle a la gente”

Por EMANUEL RESPIGHI (Página/12)

El escritor y conductor de radio y TV protagonizará, a partir de esta noche, Recordando a Alejandro Molina, una suerte de “falso documental”, con Juan José Campanella como director. Dolina reivindica los medios públicos, pero dice que “necesitan mayor difusión”.

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En la TV actual hay programas de todo tipo. Los hay de humor, periodísticos, de ficción, noticieros y hasta de cocineros. Hay otros simplemente que son temática y estructuralmente indefinibles. Algunos, la mayoría, toman esta forma involuntariamente, como inevitable consecuencia de la incapacidad de quienes lo realizan para imprimirle una identidad concreta. Pero están los que son imposibles de definir por el tipo de propuesta que ofrecen. Recordando a Alejandro Molina, el extraño ciclo que esta noche a las 23 desembarcará en la pantalla de Encuentro, es uno de estos programas que por sus propias y variadas características no encaja dentro de ninguna clasificación establecida en los usos y costumbres televisivos. Extraño experimento que parodia al género documental y a la ficción, Recordando a Alejandro Molina es una suerte de serie documental –apócrifa– sobre un mítico y recordado programa de TV llamado El show de Alejandro Molina, que de un día para otro dejó de emitirse ante la misteriosa desaparición de su conductor. Las firmas de Alejandro Dolina –como protagonista y guionista– y de Juan José Campanella –como guionista y director– son el sello inequívoco de una propuesta tan curiosa como atractiva.

“¿Qué pasó con El show de Alejandro Molina? ¿Por qué un programa tan extraordinario de la televisión terminó así? Misterio ¿Por qué Molina se precipitó en el abismo? ¿Fue por culpa de una mujer? ¿Fue la consecuencia de una vida de placeres y desenfrenos? ¿Fue víctima de una conspiración?” Con estos interrogantes la producción presentó el programa de 13 capítulos, cuyo falso documental estará presentado por Charles Ulanovsky (interpretado por Gillespi), y que contará con la participación de Gabriel Goity, Natalia Lobo, Coco Sily, Elizabeth Vernaci, Miguel Angel Rodríguez y Eduardo Blanco, entre otros actores que encarnarán a figuras de “fama mundial” que darán testimonio sobre el enigma que envuelve al histórico ciclo en el que se estructura el documental. Un programa de registro surrealista en el que, incluso, los personajes salen de roperos, puertas y ventanas que vaya a saber uno hacia dónde conducen. Un programa auténticamente doliniano, con la capacidad narrativa y visual de Campanella.

“La idea inicial era hacer unos micros para el canal”, rememora Dolina en la entrevista con Página/12. “Iba a hacer lo de siempre: una pequeña charla histórica, poética, mitológica o humorística, con alguna canción. Cuando me dijeron que los podía dirigir Campanella, me entusiasmó la idea de hacer eso mismo pero con una totalidad más artística, y en vez de una charla se me ocurrió que se transformara en un brevísimo paso de comedia. Pero Campanella propuso hacer algo más grande. Y buscando el formato para hacer de esos cinco minutos un programa de media hora, a mi hijo Martín se le ocurrió hacer esos mismos micros que habíamos pensado pero recordándolos, como si ya los hubiésemos hecho, a través de un documental. Y así se convirtió en un documental sobre un gran show al que mostramos fragmentariamente”, cuenta el también conductor del histórico ciclo radial La venganza será terrible (ver aparte).
–El programa parece crear una forma de relato muy extraña, similar a la que hace muchos años llevó adelante en Bar del infierno, en Canal 7.

–El ciclo tiene una estructura sinecdótica: la parte por el todo. Pero, además, a través de los relatos laterales y de recursos como las cámaras de seguridad que el tipo tenía adentro de su casa, se va perfilando la figura de Alejandro Molina. En ese punto de testimonios y personajes que entran y salen puede pensarse la inspiración en Bar del infierno. Desde luego que todo lo que ocurre en el programa es cínico y un poco absurdo, pero funciona muy bien por Campanella.
–¿Qué le aportó a ese programa genuinamente doliniano?

–Campanella es un tipo que trabaja maravillosamente. Le ha dado a la idea un lenguaje cinematográfico que de otro modo podía haberse transformado en cualquier cosa, menos en un programa televisivo de calidad. Se parodia al documental y a la ficción, pero no con los trazos gruesos convencionales. El hecho de que esté estructurado y realizado con la estética del documental le otorga mayor potencia al juego que propone el programa. El relato tiene una pequeña exageración, una uña larga en el dedo meñique, que delata que es una parodia. El programa tiene tres escalones: el espectador, los tipos que hablan sobre el programa que ya fue y extractos de aquel viejo show. Hay comedia, música, teatro, archivo, testimonios… Esos dos registros, el documental y el show, nos permitieron realizar un relato fragmentario: no hay necesidad de mostrar obras o hechos completos. El registro fragmentario abre muchísimo el juego: no es necesario hacer un paso de comedia y terminarlo, porque en el medio puede aparecer un tipo diciendo que esa era la peor escena.
–Es un ciclo que da rienda suelta a la libertad creativa. ¿Cómo trabajaron desde el guión con Campanella? ¿Hubo mucha improvisación?

–El guión era de una puntillosidad de ingeniería. Lo trabajamos palabra por palabra junto a mis hijos, Martín y Alejandro, porque no dejamos situaciones libradas a la improvisación. El del programa es un humor basado en la interacción entre la palabra y la imagen, que necesita más de precisión que de pasión. De hecho, la actuaciones son austeras, porque nunca se puede perder de vista que es un falso documental. La gracia reside en decir y mostrar absurdos por doquier seriamente. Y Campanella, además de supervisar detalladamente el guión, le puso al ciclo una gran astucia cinematográfica, le sacó aceite a las piedras. Es una gran ventaja contar con un director que mejora el contenido. Fue un régimen de cine, con escenas hechas varias veces, no de TV en vivo.
–El hecho de que el programa tenga un relato fragmentario, no clásico, es un clásico que usted trabajó en Bar del infierno y que suele transitar cada noche en la radio. ¿Qué lo seduce de esa forma de registro?

–Me gusta jugar con lo fragmentario, con la articulación de géneros artísticos. A favor, probablemente, de alguna destreza menor que tengo para la narrativa, la música, la oralidad; hasta puedo hacer de actor, siempre y cuando el personaje se parezca bastante a mí. La interacción de esos géneros me fascina. Me parece que puede llegar a dar lugar a otras cosas que tocar una mera canción. Y a estas alturas, diría de la posmodernidad, un mero pianista es un poco insuficiente. Hay una necesidad de que una novela no sea simplemente una novela. Las novelas actuales no pueden ser como las decimonónicas. Cualquier grupo que toca fenómeno, si hoy sólo hiciera una serie de canciones sin rodearlas de algo artístico, una doctrina o al menos una leyenda, está condenado al olvido. Hoy, la articulación de géneros y recursos resulta indispensable. Quizás la articulación de lenguajes artísticos sea mi verdadera vocación.
–¿Pero plantea esa necesidad de combinar lenguajes por la facilidad de poder hacerlo, o porque el consumo actual es fragmentario?

–Es producto de esas dos cosas, pero también de otras. A la posmodernidad se llega por fatiga de viejas escuelas, por fatiga del rigor de escuelas que se excluían mutuamente para convertirse en el paradigma de la época. El paradigma de la época actual es la pluralidad de escuelas, de temáticas e intereses artísticos. Esa interacción entre escuelas y géneros es no sólo deseable sino inevitable.
–¿Esa fragmentación del consumo artístico no deriva en una pérdida de profundidad de quien lo recibe?

–Depende del artista. En algún caso, un mero collage, por el sólo gusto de dejarse llevar por el viento de la época, mucho no agrega. Como tampoco agrega mucho una novela lineal, al estilo decimonónico, que nos cuenta la historia de un señor que mata a otro, y cómo la policía trata de descubrirlo. Eso también es insatisfactorio para el alma. Pero cuando aparece el poeta, con su juicio sobre la condición humana, el pensamiento crítico y profundo se descubre naturalmente en el otro. En el fondo de cualquier obra está siempre una verdad que pide que la busquen, que la encuentren. Y sin ser poeta ni artista, por debajo de Recordando… algo hay, una lágrima se esconde.
La cultura, los medios y el Estado



–¿Qué significa trabajar en un canal como Encuentro?

–Encuentro es un canal que tomó un rumbo desconocido para una emisora cultural. Tiene gracia para convertirse en un canal cultural. Hay quienes creen que hay que sacarle la solemnidad a la cultura, pero hay cosas que, si se les quita la solemnidad, pierden el sentido. Y también están quienes creen que todo lo solemne es profundo. Es mentira. No hay que hacerse el estúpido para llegarle a la gente, como si la cultura, las expresiones artísticas, sean desagradables. No es verdad: son agradables. No es necesario hacer un canal de renuncia, porque si no el resultado es tener Gran hermano las 24 horas. Lo interesante de Encuentro es su diseño: no muestra cosas divertidas, sino de calidad. La filosofía no es aburrida: depende de cómo se la cuente. Feinmann no te aburre. Claro, si no tenés los elementos mínimos te vas a aburrir, como te aburrís escuchando un canal japonés si desconocés el idioma. Encuentro encontró el equilibrio entre la calidad y el entretenimiento. Lo que no encontró todavía es un presupuesto mejor.
–Hay una fuerte política de este gobierno de impulsar el desarrollo de los medios públicos. Usted trabaja en Radio Nacional y Encuentro. ¿Qué opinión le merece esa decisión?

–Me parece tan necesaria como escasa en recursos económicos. Tanto Nacional como Encuentro tienen programaciones muy buenas. Lo que hace falta es tener los medios de penetración para que sus contenidos se difundan adecuadamente. Radio Nacional tiene una programación estupenda pero la dotación técnica no lo es. Los medios públicos necesitan tener mayor difusión: obtener una mayor penetración en el mercado no se puede hacer adivinándonos la suerte entre gitanos. ¿Qué sentido tiene hacer 35 promociones diarias de nuestros programas en un foro que nadie ve? Siguen siendo los mismos dos oyentes. Los medios públicos necesitan una política de difusión agresiva, en términos de prensa y publicidad, para llegar a toda la sociedad. Igualmente, creo mucho en la inteligencia en acción. Alguien que piensa bien y apoya el modelo produce una penetración en los sectores donde el kirchnerismo tiene más dificultades. Las clases medias, que tienen de sí mismas una idea intelectual elevada, se maravillan ante la inteligencia. En cambio, no se maravillan ante la torpeza, ante la intolerancia. Creo que es peligroso que alguien que defiende el modelo sea un denostador profesional de los que no lo hacen. Eso suele asustar.
–¿Y ese tipo de apoyo lo percibe dentro de los medios públicos?

–No mucho. Lo veo, más que en los medios públicos, en algunos espontáneos que salen a apoyar. Hay que cuidarse de los goles en contra. Se está dando una lucha política y mediática tan áspera que cualquier cosa es usada como arma. Te tiran con lo que encuentran. Entonces, la menor torpeza, es aprovechada. Por suerte la oposición no deja una torpeza por cometer. Digo esto como si, además, fuera una discusión lógicamente admisible. Creo que el conflicto, desde el punto de vista razonable, ya no tiene sentido: está resuelto. No son dos posiciones filosóficas del mismo peso, que confrontan y que reciben argumentos sólidos cada 5 minutos de uno y otro lado. Desde el punto de vista estrictamente político y de pensamiento, la discusión no podría ni comenzar.
–El problema es que hay otras armas, que no son argumentativas, como el poder mediático, que tiene vital importancia.

–La manipulación, sin ir más lejos. Cada vez se miente con menor esfuerzo. Un mago, por lo menos, para engañarte, se esfuerza y se adiestra durante años para hacerte creer que un señor aparece desde la nada. Ha hecho un esfuerzo que lo dignifica. ¿Qué otra cosa es el arte sino una mentira dignificada por el esfuerzo y un juicio sobre la condición humana? Pero aquí no hay esfuerzo: cuando alguien te miente de un modo tan descarado, repitiendo que no hay ninguna estatua, cuando uno la está viendo y tocando, es porque no respetan a nadie. Es una metodología demencial que no tiene que ver con la razón ni el esfuerzo ni el ardid de los engañadores profesionales: eso ya es faltarte el respeto. Cuanto más estúpida es la mentira, menos te respetan.
–¿Pero eso no descubre la falta de argumentos para discutir ideas?

–La discusión, desde el punto de vista argumentativo, se acabó. ¿Qué se está discutiendo? No se discute seriamente sobre el alcance del Estado, o acerca de la redistribución de la riqueza, o sobre la política exterior que queremos… No escucho objeciones serias y generales sobre esas políticas, sino exabruptos sobre casos aislados que expanden como si fueran catastróficos, como el caso de la valija. Sería interesante que se vuelva a discutir sobre política. Este gobierno es inédito porque, les guste o no, tiene una idea sobre qué Estado quiere representar. Este es un momento interesantísimo. Estamos a la puerta de una elección en la que se deciden cosas. Argentina no es Estados Unidos, donde el modelo de país está elegido: ni los demócratas van a dar un sesgo conservador violentísimo, ni los republicanos se van a volver progresistas de golpe. Son administradores de un modelo.
–En la actualidad da la sensación de que los jóvenes discuten más sobre política que los mismos políticos, e incluso que muchos periodistas, más preocupados por la coyuntura mediática diaria.

–El interés de los jóvenes por la política es una de las cosas más milagrosas de estos años. Todavía recuerdo la ola de muchachos que se iban del país, que tenían una respuesta autorreferencial ante preguntas políticas. Había una preocupación individual, no colectiva. Y lo peor es que todos creían que hablar de su destino individual era hablar de política. Y yo creo que una de las cosas más nobles de la política es que se habla de las cosas de todos. La política es noble. Claro que hay políticos corruptos. ¿O acaso no hay empresarios corruptos? Hoy se habla con pasión de un modelo político en las fiestas y en las colas del colectivo. Esos chicos hace 10 años no existían.

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La radio en el teatro

Además de este reencuentro con la TV, Dolina continúa al frente de La venganza será terrible, el histórico programa radial que todas las medianoches conduce por Radio Nacional (AM 870). Transitando su 26ª temporada, el ciclo que combina teatro y radio se puede presenciar de lunes a jueves en el Teatro Metropolitan, con entrada libre y gratuita. Una experiencia que Dolina lejos está de dar por terminada. “El programa –cuenta– va a seguir por mucho tiempo más porque es mentira que continúa. El programa no es el mismo que antes. Yo he cambiado: las cosas que me movilizan ahora no son las mismas que me movilizaban en el ‘86. Las que me divierten tampoco son las mismas. El programa ha ido madurando. Hoy creo que es un programa menos humorístico que hace 15 años. Hemos elegido otro camino, nos divierte no trabajar en un clima de perpetua ebullición, sino ir buscando el pensamiento y la perplejidad. Ahora es un poco más complejo, menos gracioso, pero más audaz: intentamos ir por algunos caminos sin saber a dónde vamos a terminar. Y eso sigue siendo una experiencia sumamente adrenalínica en términos creativos. Y además el público, que parece el mismo, va cambiando: entran con 15 años por un lado y salen con 50 por el otro.”

Artículo original en Página/12

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