Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El paranoico que tenía razón

Por JUAN FORN (Página/12)

En el origen de toda gran revista hay un loco. Y en casi todos los casos es el primero en irse de la revista, peleado con todos, haciendo honor a su fama de loco, aun cuando tenga razón. Harold “Doc” Humes no fue la excepción: inventó The Paris Review pero fue degradado a último pinche de la dirección (“encargado de Suscripciones y Publicidad”) en el primer número de la revista. El no sabía nada: se enteró en el puerto de Nueva York, cuando retiró de aduana los paquetes impresos que venían de París. Y le dio tanta ira que arrastró los paquetes hasta una papelería, se hizo hacer un sello que decía “Fundador: Doc Humes”, lo estampó en la portada de cada uno de los ejemplares de la revista, dejó los paquetes en manos del distribuidor y se volvió a París. Dos números después ya se había ido de Paris Review, harto de que ninguno de sus compañeros le creyera que estaba siendo vigilado por el gobierno norteamericano.

Era el año 1953. Los miembros fundadores del Paris Review (George Plimpton, Peter Mathiessen, William Styron y Humes) eran todos jóvenes veteranos de la Segunda Guerra que al volver a su patria terminaron lo más rápido que pudieron la universidad para volverse a Europa, con la ilusión de que París fuese para ellos lo que había sido para Hemingway y Fitzgerald en los años ’20. ¿Por qué habría de preocuparse por ellos y vigilarlos el gobierno norteamericano? Humes había conocido y encandilado a Plimpton y Mathiessen en los cafés parisinos, donde jugaba por plata al ajedrez para mantenerse (en realidad malvivía de una renta que le pasaba su padre) y trataba de reunir fondos para crear una revista literaria. Plimpton y Mathiessen eran niños bien que venían de Yale y Harvard. No les costó nada reunir el dinero que hacía falta pidiéndolo a sus padres y a los amigos de sus padres, pero no se animaron a poner a Humes como editor. Tampoco se animaron a decírselo, razón por la cual Humes se enteró como se enteró de la noticia en el puerto de Nueva York, adonde había viajado especialmente para lanzar “su” revista.

Bajo la dirección de Plimpton, Paris Review se convirtió en la mejor revista literaria del mundo, pero Humes ya se había bajado hacía rato del barco. Prefirió irse a Londres con su mujer y sus hijas, donde escribió dos novelas que recibieron muy buenas críticas, que a su vez alimentaron aun más su paranoia: el New York Times dijo de la primera (un thriller ambientado en el París bohemio y pro-comunista de posguerra) que era de un “talento alarmante”; el Washington Post dijo de la segunda (una novela de mercenarios afroamericanos en una isla del Caribe) que “su vividez daba escalofríos”. Las cosas empeoraron a principios de los ’60, cuando Timothy Leary llegó a Londres con una valija llena de LSD, y Humes lo convenció de que le diera cinco dosis juntas (era legendaria su tolerancia a los químicos). El trip fue una catástrofe: le produjo su primer brote psicótico. Mientras sus amigos lo internaban en un psiquiátrico, su esposa escapó a Nueva York con las cuatro hijas.

Con los años, Humes volvería a su país convertido en “un neo-profeta eléctrico” (la definición es de Paul Auster, que era estudiante en Columbia cuando cayó bajo su influjo en 1969). Para entonces se decía de él que había inventado y patentado una casa hecha enteramente de papel que resistía lluvias e incendios; que había asegurado su cerebro en un millón de dólares; que había sido el jefe de campaña de Norman Mailer cuando éste se postuló a alcalde de Nueva York; que había filmado (y perdido) una película-verité llamada Don Peyote, en la que un junkie llamado Ojo de Vidrio hacía de Quijote por las calles del Village completamente colocado, mientras Orne-tte Coleman seguía sus pasos y proveía música de fondo. Cuando no estaba internado, Humes dormía en las oficinas de la editorial Random House, o en los campus donde estudiaban sus hijas (NYU, Harvard y Columbia) y donde nunca le faltaban fans que se sumaran a sus protestas callejeras. Sostenía que el gobierno vigilaba cada uno de sus pasos y dominaba a la población a través de mensajes subliminales en las nubes. Su último hogar fue el Hospicio Saint Rose, creado un siglo antes por la hermana de Nathaniel Hawthorne. Hasta su muerte escribió una novela eterna (que por supuesto se perdió) donde contaba la historia de un científico que descubría que lo estaban convirtiendo en otra persona o se estaba volviendo loco, y trataba desesperadamente de transferir a las cabezas de los demás toda la información que almacenaba en la suya antes de enloquecer del todo.

Casi nadie se acordaba ya de Humes cuando su hija Immy reveló, en su documental Doc, que Paris Review estuvo infiltrada por la CIA y que el topo era uno de sus fundadores, Peter Mathiessen. El propio Mathiessen confiesa a cámara, presionado por la voz en off de Immy, que la CIA lo reclutó cuando egresó de Yale después de la guerra, que le pagaron el viaje a París, que su fachada era la revista y su trabajo consistía en informar sobre los americanos con los cuales trataba (una vez a la semana debía encontrarse en el Jeu de Paume con su contacto). Aunque “aún no eran los tiempos en que la agencia comenzó a dedicarse al asesinato político”, dice Mathiessen, el asunto terminó por asquearlo y renunció, y también se mantuvo alejado de Paris Review unos años, hasta que un día, al enterarse de lo mal que estaba Humes en Londres, viajó hasta allá para confesarle todo. Mathiessen creía de buena fe que la revelación aliviaría la paranoia de Doc y quizás “hasta lo liberara de sus fantasmas”. En cambio, Humes se cruzó con Timothy Leary y se fritó la cabeza con aquellas cinco dosis de LSD. Antes de hacerlo escribió una larga carta a Plimpton, donde le relataba todo lo que le había contado Mathiessen y exigía (“es el que vomita el responsable de limpiar la vomitada”) que el propio traidor escribiera de su puño y letra un relato de los hechos y que el texto completo se publicara en Paris Review. La carta nunca llegó a destino. Terminó dentro de una valija que los amigos de Humes enviaron a su esposa a Nueva York después de internarlo y que ésta dejó arrumbada en un altillo hasta que Immy la descubrió, cuarenta años después.

La revelación no parece haberle movido un pelo a nadie. Mathiessen es hoy un venerable activista ecológico y defensor de los indios americanos. Plimpton murió con honores en 2003. Immy estrenó su documental en 2008, presionó hasta que se reeditaron las dos novelas de su padre (The Underground City y Men Die), exigió al FBI que diera a conocer el voluminoso archivo que tenía sobre Doc (donde figuran desde la aprobación de la beca Marshall con la que se fue a París en 1949 hasta el certificado de defunción firmado por personal del hospicio en 1992), incluso colgó en la web aquella tremenda carta que su padre escribió a Plimpton en 1965. Pero lo único que logró hasta ahora es que la crítica declare a Doc Humes “un interesante antecedente de ficción paranoica”.

Publicado en el diario Página/12 de Argentina.

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