Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La Iglesia del encubrimiento

Por HÉCTOR DE MAULEÓN (Nexos)

1994 es el año de la apoteosis de Marcial Maciel. En una carta publicada en los diarios más importantes de México, el papa Juan Pablo II lo declara “guía eficaz de la juventud” y alguien “que ha querido poner a Cristo como criterio, centro y modelo de toda su vida y labor sacerdotal”. El fundador de los Legionarios de Cristo es nombrado consultor permanente de la Congregación para el Clero y miembro de la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos. Maciel dirige la congregación más rica del catolicismo: una institución que maneja universidades en 20 países y opera un presupuesto cercano a los 650 millones de dólares al año. El fundador es considerado uno de los principales recolectores de recursos para la Santa Sede. Ese año, sin embargo, se desata el principio del fin.

En diciembre, el sacerdote Alberto Athié es requerido por una pareja de ex alumnos del Colegio Irlandés para que asista y reconforte a un viejo ex legionario moribundo: José Manuel Fernández Amenábar, rector de la Universidad Anáhuac entre 1982 y 1984, y uno de los primeros integrantes de la congregación fundada por Marcial Maciel a principios de los años cuarenta. Athié acepta el encargo, que lo hará ingresar en la fase más oscura y dolorosa de su vida.

El ex rector Fernández Amenábar había desaparecido de la vida pública hacía unos años. Desde la Universidad Anáhuac se propalaba la versión de que había salido del país para cumplir una encomienda del padre Maciel. Al poco tiempo, sin embargo, comenzó a decirse que había muerto. Quienes procuraban indagar sobre su destino tropezaban de frente con una espesa cortina de silencio. De modo inesperado, el padre apareció en una cama del Hospital Español, que le pagaba la familia del empresario Manuel Espinosa Yglesias. La pareja de ex alumnos que lo localizó encontró un hombre corroído por una enfermedad cardiovascular, que se revolcaba atormentado “por un fuerte sentimiento de odio y de culpa”. Le quedaban dos meses de vida. Pero Fernández Amenábar no deseaba confesarse, ni tener a un sacerdote a menos de tres kilómetros de distancia. No quería oír hablar de la institución a la que había entregado los últimos 50 años de su vida.

El padre Athié, encargado de confortarlo, se presenta en el sanatorio el mismo mes en que Juan Pablo II unge a Maciel como el gran evangelizador de la juventud del mundo. Fernández Amenábar accede a recibirlo, pero aclara que no tiene intenciones de confesarse. “Se va tratar sólo de un encuentro, de un diálogo”, le dice.

Es así como aparece la historia. Delirante, enloquecida, desaforada.

En La prodigiosa aventura de los Legionarios de Cristo (Foca, 2001), Alfonso Torres Robles ubica al sacerdote Fernández Amenábar como uno de los primeros 24 seminaristas españoles que se sumaron a la Legión de Cristo. En Marcial Maciel. Los Legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos (Tusquets, 2010), el investigador Fernando M. González lo señala como uno de los integrantes del círculo privilegiado de colaboradores de Maciel. Ahora, sin embargo, nada parecía unir al antes rozagante ex rector de la Universidad Anáhuac —encargado de reunir fondos millonarios para la Legión y construir relaciones con empresarios de primerísimo nivel, Espinosa Yglesias entre ellos—, con el anciano atormentado, internamente destruido, que moriría de asfixia en el Español, completamente solo, unas ocho semanas después.

Entrevistado en una cafetería del sur de la ciudad, Athié recuerda:

—Escuché su relato con incredulidad, con desconcierto. No podía ser verdad lo que Juan Manuel me estaba diciendo: “Ingresó muy pequeño en la congregación, tendría 12 o 13 años. Maciel era para él, como para todos, el gran misionero, el fundador, la encarnación del hombre santo. Una vez lo llamó a la enfermería del colegio y le explicó que sufría de unos dolores tremendos en el vientre. Le dijo que eso le impedía llevar a cabo su labor misionera. Que se lo había platicado al papa Pío XII y que éste lo había autorizado a que lo masajearan, en pocas palabras, a que lo masturbaran, porque esto hacía calmar sus dolores, y por tanto le permitía llevar adelante su importante misión apostólica.

”Maciel llevaba a los niños a un proceso de confusión tremendo. Según me contó Juan Manuel —quien conocía varios casos—, en cuanto ellos le comunicaban su incertidumbre moral, él los tranquilizaba: no sólo tenía autorización del Papa para esos tocamientos, también podía confesar a los niños, los podía absolver. Con esto lograba un atrapamiento: paulatinamente los iba convirtiendo en víctimas y cómplices. Los enredaba en la idea de que Dios estaba presente y no habría ningún problema”.

El investigador Fernando M. González ha documentado, mediante la recuperación de cartas, testimonios y diversos documentos, los detalles de ese “atrapamiento”, la manera en que Maciel se apoderaba de sus víctimas y lograba someterlas —con amenazas, “terapias”, sobornos, ascensos— a una esclavitud que en muchos casos llegó a prolongarse durante décadas.

Uno de los legionarios explotados sexualmente por el sacerdote, Juan José Vaca, relataría después que, al paso del tiempo, Maciel dejaba de llevar a sus efebos a la enfermería para citarlos en el cuarto principal de la congregación. “Allí ya fueron orgías, éramos dos o tres con él”.

Aunque varios desertaron, la mayoría calló. Como Juan Manuel Fernández Amenábar, quien fue sumergido en un proceso de corrupción, de degeneración sin límites. Le dijo a Athié: “A medida que fui creciendo me convertí en uno de los confidentes más cercanos de Maciel. Estuve encargado de conseguirle recetas médicas y de traerle de las farmacias la Dolantina, para que en los hoteles se inyectara esa droga y pasara días completamente drogado bajo mi cuidado”.

El sacerdote no sólo colaboró con Marcial Maciel en la fundación de instituciones educativas como el Cumbres y el Irlandés: recibió, asimismo, la encomienda de realizar “el control de daños”. Cuando en 1983 fueron violados 30 alumnos del Cumbres, el padre Juan Manuel se encargó de disuadir a los padres de las víctimas para que no llevaran a cabo la denuncia penal. A algunos de ellos les ofreció becar a sus hijos hasta la universidad. A algunos otros —como en el caso de una mujer a la que Fernando M. González identifica como “Elsa N”— los amenazó y atemorizó hasta el punto de obligarlos a salir del país. Explica Athié:

—Juan Manuel era el encargado de que evitar que presentaran problemas graves. Repartía dinero y amenazas. Su recompensa fue la Rectoría de la Universidad Anáhuac.

En algún punto de su vida, Fernández Amenábar entró en crisis de conciencia y se decidió a abandonar la Legión. Maciel le prometió dinero, bienes, seguridad. Al final le dijo:

—Si sales de la congregación, y se enteran de lo que ha pasado, no respondo de lo que pueda sucederte.

Resume Athié: el sacerdote abandonó el ministerio, se fue a Estados Unidos, se casó, se separó, quiso volver a Santander, su tierra natal, pero su hermano no lo recibió: la Legión obligaba a sus miembros a apartarse por completo de sus familias. Así que su hermano le dijo: “Te fuiste toda la vida y ahora vienes a que te ayude”. Juan Manuel volvió a México muy deteriorado. La gente importante que lo apreciaba lo ayudó un poco. De ese modo consiguió esa cama en el hospital de la Beneficencia Española.

Diciembre de 1994: el padre Fernández llora desconsolado. “Maciel destrozó mi vida. Me destruyó. No lo voy a perdonar”.

—Yo quise ayudarlo como sacerdote —recuerda Athié—. Le dije que él podía perdonar a su enemigo, y al mismo tiempo buscar justicia. Le dije: “Te pido perdón en nombre de la Iglesia, y al mismo tiempo te invito a que perdones a tu enemigo”. Entonces, él levantó la cara, y agregó: “Perdono, pero pido justicia”.

De ese modo vino la encomienda que cambió para siempre la vida de Athié. La misión que lo llevó a internarse en el laberinto que destrozó para siempre su propia vida. Al despedirse, Fernández Amenábar hizo una petición:

—Si muero, lo que creo que va a ocurrir muy pronto, quiero que celebres la misa de cuerpo presente y le digas a la gente que vas a ver ahí que yo he perdonado, pero pido justicia.

Tenían la intención de volverse a ver, pero no se vieron más. Athié salió a la tarde de diciembre. Lo esperaban sus obligaciones como encargado de la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Episcopal de Pastoral Social; su trabajo como líder de la Comisión de Paz y Reconciliación de la Iglesia en Chiapas —era el año de Marcos y el EZLN—. Lo esperaban también, según dice, la duda, el desconcierto, la curiosidad, el insomnio. La fórmula que precede, algunas veces, el descenso a los abismos.

En febrero de 1995 Athié fue llamado para celebrar la misa. Terminó los oficios con esta frase: “Tengo un mensaje para ustedes. El padre Juan Manuel perdonó, pero pide justicia”.

Advirtió que varias personas —ocho, en concreto— enrojecían. “Quedaron tocadas por el mensaje”. Cuando concluyó el servicio, se le acercaron. Una de ellas le dijo:

—Entendimos perfectamente el mensaje, porque nosotros también somos víctimas. Fuimos abusados por Marcial Maciel.

Se trataba de ocho ex legionarios que estaban luchando por sacar a la luz “todo esto”. Conversaron con Athié durante horas. El padre se enteró aquella tarde —“y nuevamente no lo podía creer”— que las historias se tocaban: la visita a la enfermería, la promesa de absolución, las amenazas, el lavado de cerebro —y, en ciertos casos, la ayuda para conseguir Dolantina.

—José Barba, catedrático del ITAM, me dijo que el grupo había agotado todas las instancias internas de la Iglesia. Buscaron cardenales y escribieron cartas. Nunca hubo una sola respuesta. Ahora habían pensado salir a los medios para hacer una denuncia pública. Barba me dijo: “Nos gustaría saber si aceptas dar tu testimonio bajo notario para saber si podemos añadirlo a los testimonios que vamos a publicar”. Le contesté: “Mi compromiso es buscar justicia dentro de la Iglesia. Si quieren salir, yo los respeto. Pero yo voy a hacerlo adentro. Esto debe conocerlo el Papa, y yo tengo una forma de llegar. Tengo un amigo que es obispo.

Prosigue Athié:

—Respondieron que no aceptaban hacer nada dentro de la Iglesia. “Vemos que esto está agotado y estamos preparando otra salida”.

Los ex legionarios, sin embargo, tenían problemas. No encontraban en México la forma de sacar a la luz la información. Habían decidido recurrir a un periodista de un diario estadunidense.

El periodista era Jason Berry, autor de un libro sobre niños violados por sacerdotes. El periódico, The Hartford Courant, de Connecticut. La información, sin embargo, tardaría exactamente dos años en aparecer: “Tampoco allá las cosas eran fáciles”.

Athié siguió mientras tanto su propio camino. Desconocía los antecedentes del caso. Ignoraba que en los años cincuenta, frente a los primeros denunciantes de Maciel, el arzobispo primado de México, Luis María Martínez, había advertido: “Ya me imagino lo que van a decir. Tengo antecedentes. Pero miren, el padre Maciel ya anda con los cardenales en Roma”.

Ignoraba que en 1956 el padre Luis Ferreira (uno de los legionarios abusados por “mon père”, quien al poco tiempo se convirtió, él también, en abusador) había escrito una carta de 13 cuartillas que contenía la lista de las víctimas de Maciel, así como la adicción de éste a la morfina.

Ignoraba que el arzobispo Miguel Darío Miranda había enviado información a la Santa Sede sobre “las faltas contra el sextum cometidas con alumnos de la congregación y el hábito de inyectarse enervantes, que ya ha degenerado en vicio de difícil curación”.

Ignoraba que el obispo Sergio Méndez Arceo había escrito una comunicación que señalaba que Maciel poseía en el Santo Oficio a un oficial encargado de ponerlo al tanto de las denuncias en su contra…

Ignoraba, en fin, que a lo largo de medio siglo Marcial Maciel había sido encubierto y protegido por Papas, obispos, y una buena parte de la Curia Romana.

No sabía que los tentáculos de la Legión envolvían al hombre más poderoso del Vaticano después de Juan Pablo II, el cardenal Angelo Sodano, considerado como el protector principal de los Legionarios en la Santa Sede.

—Comencé a buscar, y hallé en todas partes la misma respuesta: Está difícil. Maciel es un personaje muy importante. La denuncia no va a prosperar.

Nadie se atrevía a tocar a los llamados “Millonarios de Cristo”.

Su amigo el obispo le recomendó:

—Escribe una carta y pide que la depositen en el Archivo Secreto. Cada diócesis tiene un archivo secreto que sólo el Vaticano puede abrir. Si algún día se intenta canonizar o beatificar a Maciel, el archivo se tiene que abrir y esa carta formará parte de la información pertinente. No se me ocurre otro camino: si usas las vías tradicionales, seguramente tu obispo va a detener la información.

Octubre de 1996, Jason Barry viajó a México, enviado por The Hartford Courant. Realizó una lenta y minuciosa investigación. En febrero del año siguiente, el testimonio de los ocho ex legionarios fue publicado. En abril de 1997, La Jornada “jaló” la información. A poco de la aparición de la nota —que provocó el rechazo de la jerarquía católica y los círculos conservadores del país—, el reportero Salvador Guerrero Chiprés abordó al cardenal Norberto Rivera en una entrevista de banqueta y le preguntó sobre las acusaciones lanzadas a Maciel. Norberto Rivera respondió: “Son falsas, son inventos, y tú nos debes enterar cuánto te pagaron”.

Cuando Athié leyó la entrevista, decidió buscar al cardenal para decirle que no había en aquellos testimonios invento alguno. Que él conocía un caso, y tenía en su poder una copia notariada de otros ocho (se la había entregado el ex legionario José Barba).

—Le pedí una cita. Pero en cuanto comencé a hablarle de Maciel, se levantó, muy airado, y me dijo: “¿Qué no escuchaste lo que dije? Es un complot y no tengo nada más de que hablar. Hasta luego”.

—¿Lo corrió?

—Sí. Me corrió de su oficina.

—¿Cómo interpretó usted esa reacción?

—Al principio salí molesto, desconcertado. Había 50 años de acusaciones, y todas apuntaban a lo mismo. Hoy creo que Norberto había sido preparado por Maciel.

Juntos prepararon una estrategia porque sabían que ya venía el golpe a México. Liébano Sáenz [entonces secretario particular del presidente Ernesto Zedillo] ha dicho que lo fueron a ver personalmente para que les ayudara a parar el golpe.

—Norberto Rivera lo corrió de su oficina, y después lo corrió del episcopado, ¿no es así?

—Mi relación con él se deterioró a partir de ese momento. Comenzó a bloquear mis iniciativas. Mi trabajo se fue haciendo complicado. Había una tensión interna muy fuerte y yo sentí cómo se iba haciendo un vacío a mi alrededor.

Athié volvió a tocar el tema durante una sesión de trabajo con el nuncio Justo Mullor:

—Yo tengo un asunto sobre el que no he podido encontrar espacio. Quisiera ver de qué manera se puede atender, porque tengo un problema de conciencia.

Le contó la historia de cabo a rabo. Mullor escuchó con atención. El asunto acababa de ser ventilado en un programa del Canal 40 y en un reportaje de la revista Milenio. Mullor estaba escandalizado, molesto. Pero avanzó en el sentido correcto: le habló a Athié de Joseph Ratzinger, el cardenal que llevaba la prefectura de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: el ex Santo Oficio de la Inquisición. Bajando mucho la voz, recomendó:

—Escríbale una carta a Ratzinger. Nárrele su testimonio y cuéntele lo que está pasando con su arzobispo. Pídale que reabra el caso de 1956. Y lleve usted la carta personalmente. No se la entregue a nadie porque hay muchos legionarios en la Congregación, y si cae en manos de uno de ellos Ratzinger no la leerá jamás.

Athié obedeció. Escribió la carta, viajó a Roma, mas no fue recibido.

—Al volver a México visité al obispo de Coatzacoalcos, Carlos Talavera, y le hablé de mi visita fallida. Se ofreció a entregarle la carta a Ratzinger él mismo. Cuando volvió a México me contó lo que había ocurrido: el cardenal leyó la carta y dijo: “Lo lamento, pero el caso no se puede abrir porque Maciel es una persona muy querida por el Santo Padre. No es prudente hacerlo”.

Athié sintió que se le caía el mundo. Que su idea de la Iglesia se había derrumbado.

También se le cayó el obispo Talavera cuando le oyó decir:

—Tú ya cumpliste. Te pido que te olvides del asunto y te pongas a trabajar en lo que tienes que hacer.

Athié respondió:

—¿Y quién va a castigar estos crímenes sexuales? ¿Cómo es posible que el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no considere imprudente abrir el proceso de un violador de menores? ¿Dónde queda el discurso de la defensa de la dignidad y de los derechos de las personas en toda circunstancia? ¿Hay dos morales aquí?

Sólo consiguió que Talavera se irritara, “que él también se irritara”. Aquella fue la tarde en que a Athié le cruzó por primera vez la idea de renunciar a su ministerio.

Era junio de 1999. La noticia de que había entregado una carta en la Santa Sede no tardó en llegar a oídos del cardenal Norberto Rivera. Una tarde, al finalizar una reunión, éste lo retuvo:

—A partir de este momento dejas todos tus servicios al episcopado. Estás fuera del episcopado.

Hacía poco tiempo que los ocho ex legionarios que luchaban por ventilar el caso habían presentado una denuncia formal ante el Vaticano. La abogada canónica Martha Wegan les comunicó que Ratzinger había decido cerrar el caso, por presiones del secretario de Estado, Angelo Sodano, quien se hallaba decidido a bloquear la investigación. Wegan le informó al ex legionario José Barba que “era mejor que ocho hombres inocentes sufrieran a que millones de fieles perdieran la fe”.

—Me quedó claro que Ratzinger formaba parte de una estrategia orquestada en la cumbre por Maciel y Sodano. Norberto Rivera era sólo una pieza de esa estrategia. El verdadero problema estaba en la cumbre, en la cúpula de la Iglesia. Busqué la manera de irme del país, pedí un sabático en Chicago. El cardenal Rivera hizo un último intento por detenerme: “Si te quedas te ofrezco un alto cargo, bajo mi autoridad, a condición de que renuncies a seguir adelante con todo esto”. Le dije que no aceptaba ningún cargo. Contestó: “Bueno, te vas, pero ya”. En el tiempo que siguió, me trataron como a un personaje que había lastimado a la Iglesia y roto el principio, impuesto por Maciel, de la obediencia ciega al Papa.

Athié partió a Chicago. Cuando se encontraba allá, estalló el caso de los cientos de sacerdotes pederastas que en las últimas décadas habían abusado de más de tres mil niños. Uno de ellos, John Geoghan, había violado a 130 menores. Su arquidiócesis lo había protegido a lo largo de 30 años, trasladándolo de una parroquia a otra. No sólo eso: la iglesia católica había pagado más de mil millones de dólares para evitar procesos judiciales. Todo había sido encubierto por el papado de Juan Pablo. Todo había ido encaminado a proteger a los delincuentes.

—Comprendí que el silencio era una forma de complicidad y decidí salir yo también a los medios. Concedí una entrevista a The National Catholic Reporter, el principal diario católico de Estados Unidos, y a partir de entonces comenzaron a buscarme los periodistas Javier Solórzano y Carmen Aristegui. Cuando fui invitado al programa Círculo rojo, y conté mi historia, y acusé a Juan Pablo II de encubrimiento, y anuncié públicamente que me disponía a abandonar el ministerio, la Iglesia, nuevamente, se me vino encima. Me acusaron de mentir. De haber perdido la cabeza. Todo lo que estamos viendo hoy, parecía en ese tiempo completamente fuera de lugar.

En 2003 Athié abandonó la Iglesia en la que se había ordenado 20 años atrás, en septiembre de 1983. Un año más tarde pudo comprobar el nivel de encubrimiento al que la Iglesia había llegado. El 26 de noviembre de 2004, cuando Maciel cumplió 60 años en el sacerdocio, el fundador de la Legión de Cristo celebró una misa en la Basílica de San Pablo. A su lado estaban 10 cardenales, entre ellos Angelo Sodano y Norberto Rivera. Otros 25 obispos, según un comunicado, “se unieron también a la alegría de esta celebración”. Juan Pablo II envió una carta que fue leída al finalizar la ceremonia. En ella, el Santo Padre recordó que la vida sacerdotal de Maciel había estado marcada “por una significativa fecundidad espiritual con varias obras y actividades apostólicas”. La carta concluía confiando al padre Maciel a la protección de “María, Madre de los sacerdotes”.

Estaban a punto de cumplirse 10 años desde que Athié salió del Hospital Español hacia una tarde de diciembre en que se agitó esa fórmula que precede, a veces, el descenso a los abismos. Nada había cambiado, al menos hasta entonces.

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Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Su más reciente libro es El secreto de la Noche Triste.

Publicado en la revista Nexos de México.

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