Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Duelo por el futuro de la Concertación

Por CARLOS PEÑA (El Mercurio) . /.

Lo que subyace en el debate entre Velasco y Vidal -ese diálogo entre la caricatura del experto y la caricatura del político- es nada más y nada menos que el peso que, en el futuro de la Concertación, tendrá la democracia y el sistema de partidos.

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La disputa entre Vidal y Velasco -a pesar de las diferencias, los iguala el indudable amor que cada uno siente por sí mismo- no es lo que aparenta ser. La discusión entre ambos no es acerca de la derrota. Es sobre otra cosa.

A propósito de la derrota, ambos están discutiendo sobre la fuente de legitimidad que se debe exhibir cuando se aspira a conducir el Estado.

Vidal -es verdad que suele tener más palabras que ideas, pero esta vez ambas parecieron coincidir- no pudo explicarse mejor en sus declaraciones a “El Mercurio”: “Hay un grupo muy reducido -dijo- con cero vínculo con la base social, política y cultural de la Concertación, pero que logró tener una sobrerrepresentación en los gobiernos. Es un grupo -concluyó- que a través de redes y de contactos consiguió saltarse el proceso de toma de decisiones de la Concertación”.

Lo que Vidal afirmó -no vale la pena ocultarlo- es que el ex ministro Velasco pertenece a un grupo que no merecía tener la influencia que tuvo. En la democracia, parece pensar Vidal, cada uno debe tener tanta influencia como cuanta le conceda la gente mediante los mecanismos de representación. En otras palabras, cada uno debiera tener una porción de poder equivalente a aquella que los ciudadanos, mediante los procesos de formación de la voluntad común, decidan concederle. Si no, ¿a título de qué, pregunta Vidal, alguien podría pretender conducir a los demás? Si las ideas que han de inspirar la conducción del Estado -sugiere Vidal- no han sido sometidas al escrutinio de los ciudadanos y de los partidos, ¿por qué entonces un puñado de técnicos podría tener derecho a conducir la vida colectiva?

Si para Vidal hay que distinguir entre quienes gozan de legitimidad democrática y quienes, como los técnicos, carecen de ella, para el ex ministro Velasco la línea divisoria es de otra índole: “La división ficticia entre políticos y tecnócratas -dijo, respondiendo a Vidal en estas mismas páginas- no es más que una argucia de algunos para mantener su monopolio sobre el poder. La verdadera línea divisoria no es ésa, sino que entre personas que actúan con seriedad y responsabilidad y las que no; las que hacen bien la pega y las que la hacen al lote”.

El contraste no puede ser mayor.

Lo que Velasco sugiere es que la legitimidad para actuar en política depende de la virtud y del saber. En otras palabras, la legitimidad para conducir los asuntos públicos no proviene de la capacidad representativa del sujeto en cuestión, sino sobre todo de sus cualidades técnicas y, por decirlo así, morales. ¿Por qué habríamos de entregar los asuntos públicos sólo a quienes logran seducir la voluntad de los ciudadanos? ¿Por qué habríamos de dejar al margen a quienes por pudor o modestia prefirieron quemarse los ojos estudiando y prefirieron los libros a los mitines, los certificados a los galvanos, el rigor de las matemáticas al vértigo de la simple locuacidad, las buenas notas a los aplausos, los papers a los panfletos?

Lo que está en medio de esa disputa no es la cuestión -a estas alturas gastada e inútil- de las causas de la derrota electoral. Tampoco si el liberalismo económico, por llamarlo así, que inspiró algunas de las decisiones de Bachelet fue generoso o si fue mezquino. Lo que se discute en cambio de todo eso -y deberá seguirse discutiendo de aquí en adelante- es cuáles son los títulos de legitimidad que poseen esas ideas que hasta ahora, para bien y para mal, lograron hegemonizar a la Concertación.

Hasta ahora la Concertación se dejó dominar por quienes -a pretexto de la gobernabilidad primero y del saber técnico después- moderaron la agenda pública y sujetaron las demandas. Lo que está hoy en disputa es si esa hegemonía se mantendrá luego de la derrota.

Vidal y Velasco -quizá involuntariamente- son, así, como esos deudos que en derredor del finado, y luego de enjugarse las lágrimas, principian a discutir quién tiene mejor título para sucederlo:

“Nosotros somos más” -dice Vidal resoplando.

“Nosotros sabemos más” -contesta Velasco, mientras, sin mirarlo, levanta el mentón.

“¿A quién le han ganado ustedes?” -pregunta Vidal.

“Y ustedes, ¿qué estudiaron y dónde?” -retruca Velasco.

Un viejo tema

El asunto de la influencia al margen de la representación -el logro del poder ahorrándose la rudeza de la vida partidaria y el sudor de los votos- es viejo. La versión más conocida fue el “partido transversal” que administró la transición: un puñado de políticos e intelectuales, con férreos vínculos sociales y afectivos, que impuso la gobernabilidad como el valor supremo de la gestión política de esos años.

El “partido transversal” -o el Mapu Martínez, como lo llamó alguna vez Adolfo Zaldívar- despertó el resentimiento de quienes, de pronto, descubrieron que la vida estaba en otra parte: que los pasillos del poder tenían más influencia que los cargos de representación popular. Mientras los partidos inflamaban el entusiasmo de la gente y ganaban su confianza, el “partido transversal” administraba el Estado.

Algo semejante ocurrió durante la dictadura con los Chicago Boys. Los Chicago Boys -un grupo que se formó leyendo Capitalismo y Libertad de Friedmann- lograron hegemonizar en los años ochenta a la dictadura. Suele olvidarse que los militares, por tradición cultural y origen mesocrático, eran más bien estatistas. Y que de las virtudes del mercado entendían poco y nada. Así y todo, una minoría consistente -la mayor parte de la cual se había ahorrado la tarea de esos años de dar patadas para mantener el poder- logró hegemonizar al Estado, fijar la agenda de la modernización y establecer los objetivos. El hispanismo, el iusnaturalismo medieval, la democracia orgánica y todas esas cosas que inflamaban la imaginación, y el verbo, de los intelectuales de la dictadura desaparecieron cuando ese puñado de técnicos logró hegemonizar el Estado.

Y, para no ir más lejos, es lo que mismo que está ocurriendo hoy con el gobierno de Piñera. ¿Acaso Allamand no dijo que el buen desempeño en el retail y en los supermercados -el indudable mérito que exhiben algunos de los actuales ministros- no basta para conducir el Estado y ser parte del gobierno?

Vidal entonces se queja de lo mismo de lo que se quejaron antes Allamand, Zaldívar y los duros de la dictadura: de un puñado de personas -el partido transversal, los Chicago Boys, los gerentes- que logran hacerse de una posición en el Estado a punta de virtudes que no son específicamente políticas: la habilidad en el management , las redes sociales, el saber técnico.

Esa es la disputa que, soterrada, circula en la Concertación: de ella depende si la agenda futura de la centroizquierda estará sometida a la ascesis de la técnica y al control de los expertos (como ha sido hasta ahora) o si, en cambio, poseerá el entusiasmo de la simple política.

La relación entre política y técnica

Por supuesto ninguno de ellos posee una visión unilateral: ni Vidal aspira a una política sin técnica; ni Velasco al sueño de una técnica sin política. No podrían. Ninguno es tonto. La política sin técnica es pura ingenuidad; la técnica sin política es simple soberbia. La primera cree que basta querer algo para alcanzarlo; la segunda piensa que basta saber algo para que esté al alcance de la mano.

Ni lo uno ni lo otro.

Los clásicos de la política solían distinguir entre el príncipe y el consejero del príncipe. El príncipe dice qué es lo que hay que hacer; el consejero dice cómo hay que hacerlo. El príncipe señala dónde hay que llegar; el consejero sabe qué camino seguir para alcanzarlo.

El problema se produce cuando el consejero, sin más, quiere ser príncipe; cuando, cegado por su saber, se confunde y en vez de limitarse a decir cómo llegar, cree que está autorizado a decir dónde hay que ir.

En la política democrática el príncipe es el pueblo que, organizado en los partidos y a través de los debates y de los procesos de elección popular, decide cuál es la fisonomía que debe tener la vida colectiva: cuánta igualdad, cuánta diferencia, qué riesgo debe soportar cada uno y cuánto riesgo debemos distribuir entre todos. Ninguna de esas preguntas posee una respuesta técnica. Cómo debe ser la vida colectiva no está escrito en el libro del universo que el técnico y el experto presumen ser capaces de leer: el pedagogo no sabe quién debe proveer educación; el economista no sabe cuánta igualdad es razonable; el jurista no tiene idea de qué derechos debemos tener; el ingeniero no sabe cuántos puentes merecen ser construidos; el médico no sabe qué vida merece ser salvada.

A la hora de responder esas preguntas, no hay expertos: todos somos profanos.

La democracia descansa en la convicción de que la respuesta a esas preguntas pertenece al conjunto de los ciudadanos. La democracia equivale, después de todo, a la idea de que ni la historia ni la naturaleza, sino que la voluntad de la gente, tiene la última palabra. Y la virtud del político consiste en la capacidad de interpretar esa voluntad. ¿Y el experto? El técnico ayudará a correr poco a poco el muro donde principia lo posible para que la decisión del pueblo pueda ser realizada. Es verdad que a veces el pueblo quiere cosas insensatas, pero eso no debe conducir a dar la última palabra al técnico o al experto que, a pretexto del saber, también puede acabar tropezando y haciendo tonteras (ya Tales de Mileto se burlaba del sabio que por andar mirando las estrellas cayó a un pozo. Y para no ir tan lejos basta, entre nosotros, recordar la experiencia del Transantiago).

Así, entonces, lo que subyace en este debate entre Velasco y Vidal -este diálogo entre la caricatura del experto y la caricatura del político- es nada más y nada menos cuán en serio nos tomamos la democracia y el sistema de partidos.

Y eso, a fin de cuentas el problema de la legitimidad a la hora de conducir la vida que tenemos en común, es un asunto -no lo sabrá también Allamand- que debiera interesar a todos.

Publicado en el diario El Mercurio.

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