Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Capitalismo: una historia de amor

Por HUGO SALAS (Página/12)

Algunos lo critican por sensacionalista, otros por manipulador, otros por simplista, pero lo cierto es que Michael Moore parece haberse convertido en el radiólogo más humano de su país: la violencia en Bowling for Columbine, la mentira política en Fahrenheit 9/11, el desamparo estatal en Sicko. Tras la explosión de la burbuja inmobiliaria y el crac del sistema financiero, estrena Capitalismo: una historia de amor, un documental que retoma lo mejor de su obra y vuelve al escenario de su primer documental.

Desde el estreno de su primera película, Roger & Me, en 1989, Michael Moore se convirtió en un referente indudable dentro del universo cinematográfico, lo que incluso llevó a que se intentara sumarlo a la industria del entretenimiento con la serie televisiva The Awful Truth, 24 desiguales episodios emitidos entre 1999 y 2000. El éxito comercial de Bowling for Columbine (2002), totalmente desusado para los parámetros de un cine que podríamos llamar “documental”, no tardó en granjearle tanto entusiastas como detractores. Mientras que algunos lo consideran un activista decidido, valiente e incluso uno de los pocos representantes del periodismo independiente dentro de los Estados Unidos, capaz de llegar a grandes segmentos de la población, muchos críticos y colegas lo tildan –palabras más, palabras menos– de payaso egocéntrico capaz de distorsionar la verdad sólo para ajustarse a su discurso activista, al tiempo que otro grupo, más sofisticado, lo acusa de ingenuidad ideológica y voluntarismo político.

La incomodidad que supo generar en el público estadounidense con Fahrenheit 9/11 (2004), sobre las consecuencias e implicancias políticas de la célebre serie de atentados, en un momento en que ese público –en su gran mayoría– no estaba muy dispuesto a discutir tales temas, no se vio para nada aliviada por el tratamiento ciertamente hiperbólico y en ocasiones falaz que dio en Sicko (2007) a la problemática del sistema de salud y su relación con las industrias farmacológicas y de seguros. Tal vez esto explique por qué su película siguiente, Captain Mike across America (2007), sobre la creciente conciencia política entre los jóvenes universitarios, no tuvo siquiera estreno comercial en nuestro país.

En efecto, hizo falta la gran crisis del sistema financiero y el negociado de las hipotecas para que Moore volviera a lo mejor de Roger & Me, dejando de lado la preocupación por el impacto que sesgara su producción desde Bowling for Columbine. Sin renunciar al sentido del humor paródico y la protesta del solitario hombrecito enojado que han constituido desde siempre su sello distintivo, Capitalismo: una historia de amor (2009) lo muestra en su mejor faceta, una que obliga a analizar nuevamente el sentido de su cine en la industria contemporánea.

Desde sus primeras imágenes, la película parte de una idea que probablemente irrite a los pensamientos más sutiles: el paralelismo entre el Imperio Romano y la actualidad política de Estados Unidos. Se trata, sin duda, de una visión peregrina que hace flaca justicia a la historia, pero a decir verdad tampoco se la toma demasiado en serio, como lo prueba el empleo del absurdo en el montaje paralelo que propone entre la película pedagógica sobre historia antigua y las imágenes periodísticas de hoy. El sentido de la secuencia, en realidad, no parece ser el de ilustrar una idea (como sí se hará con otras más adelante) sino meramente hacer reír, permitirse un chiste, establecer un lazo de comunicación y complicidad con el espectador.

Este, como tantos otros procedimientos, forma parte del repertorio que le ha valido al director el mote de “manipulador” entre los partidarios de un purismo documentalista según el cual estas imágenes deben dejar ver al espectador “por su propia cuenta” algo que se materializaría ante su mirada en la transparencia misma de la realidad capturada por la cámara (idea que comparten con cierto realismo ampliamente extendido en el ámbito cinematográfico). Créase o no, entre quienes esto sostienen se cuentan también quienes lo acusan de “ingenuo” en su pensamiento político, por pretender (como lo ha hecho siempre) deslindar la democracia, en tanto sistema político, del capitalismo; de allí, dicen, el sesgo individualista y liberal de su cine. Una y otra imputación, sin embargo, parten de un error fundamental: suponer que Moore hace cine documental, un cine que sólo pretenda acercar al espectador una visión analítica y como mucho bienintencionada del mundo.

A decir verdad, después de más de 20 años de carrera, el señor merece algo más que el beneficio de la duda. De hecho, su modelo no es siquiera fácilmente transferible a otras realidades, contextos ni propósitos que aquellos para los que fuera ideado. Ocurre que, antes que “documental”, entendiendo por ello una expresión que meramente registra y da cuenta, la producción de Moore se alinea directa y decididamente en el campo del cine político, y quizá sea uno de los pocos continuadores, en la actualidad, del cine de agitación y propaganda tan extendido durante fines de los años ’60 y la década de los ’70, de Francia (con los prestigiosos Cinétracts y el emblemático grupo Dziga Vertov de Godard-Gorin) a la Argentina (con La hora de los hornos, Los traidores y Operación Masacre).

Al igual que en sus célebres predecesores, Moore parte de análisis sesgados y voluntariamente parciales de la realidad para llegar a consignas que provoquen la reacción y la acción política directa del público. Esto resulta palmario en el final de Capitalismo…, donde luego de una de las clásicas intervenciones solitarias de Moore (que rodea algunas de las principales instituciones financieras de Wall Street con la conocida faja de escena del crimen y les grita por megáfono a sus directivos que se entreguen), su voz en off dice directamente a los espectadores, como grupo, que ya está cansado de hacer estas cosas solo y les pide que se le sumen, y que por favor lo hagan rápido. Desde ya, este llamamiento puede parecer tibio o pequeño al lado del fuego purificador de la revolución que se reclamaba en los ’70, pero cabe reconocer también que mientras aquel cine le hablaba a una sociedad donde la insurrección civil y la acción directa eran realidades vivas y palpables, hace ya dos décadas que Moore viene intentando hacer agitación y propaganda con el cine en el lugar menos pensado, en el marco de una sociedad donde la noción misma de desobediencia civil llegó a igualarse en la complicidad con el terrorismo.

Es cierto: su modelo de “cineasta solo contra el mundo” está imbuido de individualismo liberal de la cabeza a los pies, y sus análisis –a veces inmediatos y palpables– evitan las grandes complejidades macroestructurales de los problemas que plantea. Pero antes de tildarlo meramente de ingenuo conviene hacerse una pregunta: ¿era posible otro modelo de cine político en Estados Unidos? Si su intención no era, como suele ocurrir muchas veces, hablarles a los ya convencidos, ni ilustrar sobre las ventajas de otro modelo de vida a quienes tenían en su poder los muy escasos carnets del Partido Socialista estadounidense, sino antes bien sumar, convencer, persuadir a un público probablemente manipulado por otro discurso ideológico… ¿tan ingenuos resultan los procedimientos destinados a generar empatía, complicidad e identificación?

Por otra parte, queda analizar la base de su discurso actual. Durante sus dos horas de duración, Capitalismo… en efecto deslinda la noción de democracia del sistema capitalista, tal como es entendido en la actualidad (como capitalismo financiero); incluso llega a decir que el gran capital funciona como una mafia que ha suplantado al Estado, para ligar entonces la idea de una verdadera democracia a los propósitos del estado de bienestar, tal como fuera entendido y presentado en los discursos de Roosevelt (trabajo, salario digno, vivienda, salud, educación y jubilaciones), permitiéndose incluso señalar, a raíz de la candidatura de Obama y el miedo que los medios intentaron instalar, que los estadounidenses pobres –muchos más que los ricos– ya no parecen tenerle tanto miedo a la palabra “socialismo”, como así también el re-surgimiento del cooperativismo como modelo de producción. Es verdad, no llama a la revolución bolchevique, la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción, la reforma agraria, ni la constitución de los soviets; pero, a decir verdad, no hay muchas izquierdas, en ningún lugar del mundo, que alienten lejos de la retórica partidaria programas más extremos que éste, y mucho menos en Estados Unidos.

En el medio de este alegato, Moore no vacila en destruir la sólida ligadura entre el discurso cristiano y el capitalismo que se construyera durante la administración Bush, y para eso trae a su película al discurso religioso, con curas de cuerpo presente señalando que otra organización económica es posible y que el capitalismo es moral y cristianamente condenable. Es más: con un obispo dando la eucaristía a los trabajadores en una fábrica tomada. ¿Debemos inferir de ello que Moore es un gordo ingenuote estadounidense y además un chupacirios, traidor de la clase obrera que pretende sumergirla en el opio por antonomasia? ¿O que se trata de un activista que, reconociendo la influencia del discurso religioso sobre aquellas personas a las que trata de convencer, en vez de desestimarlo, recurre a él? Desde ya, su propuesta no queda exenta de los debates éticos que subyacen a la acción política, pero merece mayor análisis que la condescendencia desde el debate de café.

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Por un nuevo Roosevelt

A fines del año pasado, Michael Moore presentó Capitalism: A Love Story en el festival de cine documental de Sheffield, Inglaterra, la ciudad de Full Monty. Después, contestó preguntas de la gente. Aquí, una selección.

Su película señala el impacto humano de la crisis financiera. ¿Tiene esperanzas en que Obama resuelva estos problemas?

–No se puede esperar que las cosas cambien de un día para el otro y poco más de un año no es tiempo suficiente para arreglar las catástrofes dejadas por la administración Bush (y las anteriores). Pero no creo en el hada madrina ni en Santa Claus y es posible que no pueda arreglar los problemas que dejaron Bush y Cheney.

En Inglaterra parece haber más protección ante colapsos bancarios. ¿Por qué cree que Estados Unidos no tiene esa protección?

–Por algún motivo, los americanos quieren castigar a sus compatriotas si pierden su trabajo o se enferman. Si uno pasa por un mal momento, es entonces cuando, como pueblo, somos expecionalmente crueles con el que está en el piso. La gente en EE.UU. es buena de forma individual, pero de forma colectiva estamos enojados. ¿Por qué queremos castigar a la gente cuando se enferma? Nunca lo entendí.

Quizá sea la misma razón por la que los norteamericanos no saben lo que pasa en el resto del mundo. ¿Por qué no viajan más?

–¿Por qué debería importarnos el resto del mundo? A la gente en mi país no se le dan razones para que le importen. Y es esta actitud la que mata la creatividad y la curiosidad. No queremos saber lo que pasa en Francia, Irlanda, Finlandia, lo que no es sorprendente porque tampoco nos importa lo que nos pasa a nosotros mismos. Yo creo en una bondad básica de la gente, pero los han convertido en estúpidos. Hay 44 millones de analfabetos en los Estados Unidos. Los medios refuerzan esa estupidez e ignorancia, lo que hace más fácil manipular a la gente con el miedo.

¿Qué es el capitalismo?

–Bueno, sólo puedo definirlo tal como existe hoy: de la misma manera que uno no respondería a la pregunta “¿Qué es un matrimonio?” diciendo “Bueno, es algo que pasa cuando el novio visita al padre de la novia para pedir su mano…”. Hoy el capitalismo es un sistema de codicia legalizada, organizado para proteger al uno por ciento de la población que acumula la mayor riqueza.

¿Es “el sueño americano”, la idea de que alguien puede hacerse rico si trabaja lo suficientemente duro, algo bueno?

–Creo que es lo que es: un sueño, no una realidad para la mayoría de la gente. Estos días es más una pesadilla. Antes uno podía trabajar duro y si tu jefe prosperaba, entonces vos también prosperabas. Ahora uno trabaja duro, el jefe prospera, uno se enferma y pierde su trabajo. Pero hay un montón de razones por las que la gente alrededor del mundo quiere a EE.UU. Hay algo acerca de nuestra capacidad de acción, a veces estamos llenos de ideas –algunas no muy buenas, otras fantásticas–. Mi frustración es que tenemos la capacidad para hacer cosas buenas por el mundo, el hecho de que no las hagamos es criminal.

Estaba terminando su película cuando Obama fue elegido presidente. ¿Cómo impactó en el proyecto?

Bueno, puedo contar cómo nos impactó como equipo: el 4 de noviembre de 2008 fue uno de los días más felices que tuvimos en décadas. No podíamos creer que nuestros compatriotas hubieran hecho esto. Hay mucho racismo, y era increíble que pudieran haberlo superado para elegir al mejor y más inteligente de los candidatos. Cuando Roosevelt fue elegido en los años ’30, de pronto surgió Steinbeck, y todo el arte de la época, las películas, la música, la literatura… Sentimos que estábamos haciendo una de las películas de la nueva era, que estábamos saliendo de la oscuridad tras 30 largos años. Como una iluminación, así se sintió. Me gustaría que el sueño de la segunda Carta de Derechos de Roosevelt (que garantizaba el acceso a un trabajo, a una educación y a la salud) reviviera. Europa tiene estas cosas. Ningún sistema es perfecto, pero en Europa al menos creen que cuando uno se enferma debe poder ir al médico. Obama nos dio la sensación de que podía ser el Roosevelt del siglo XXI. Seguimos teniendo esa esperanza, incluso después de un año complicado.

Publicado en el diario Página/12 de Argentina.

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