Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Los moralistas, los economistas y sus abuelas

Por FÉLIX OVEJERO (El País)

Algún día, cuando salgamos de la crisis, ya con los nervios más templados, habrá que hacer una historia pormenorizada de las explicaciones de la crisis. A primera vista, el repertorio no puede ser más amplio. Como en botica, hay de todo. Desde las que invocan la ausencia de regulación hasta las que apelan a las distorsiones introducidas por los incentivos institucionales, por la regulación. Por ahí en medio transitaron las que culpaban a la ambición de banqueros y especuladores.

Parecía el clavo ardiendo de cierta izquierda que, sin atreverse con el léxico anticapitalista, se conformó con el de los predicadores: la pérdida de los valores, la ambición sin escrúpulos y cosas así. El malo no era el sistema sino la naturaleza humana. El peccatum originale originatum de los escolásticos.

Entre ciertos economistas estas explicaciones son cosa de mucha risa, como, en general, diversas reflexiones que, al buscar soluciones a los males del mundo, acaban reclamando cambios en las mentalidades, los valores o la educación. Sí, piensan, y si mi abuela tuviera ruedas, sería un camión. Pero las cosas son como son y la maquinaria social funciona con el combustible del interés. Ya saben, el panadero de Adam Smith.

Y no les falta razón. Hay una suerte de moralismo abstracto que, ante el menor problema, a la tercera frase ya está invocando el conjuro del “cambio de valores”. Es el mismo que acusa a los políticos de electoralismo, de no pensar más que en los votos. Que viene a ser como acusar a los futbolistas de tratar el balón a patadas o a los corredores de querer llegar antes que sus rivales a la meta.

Para bien o para mal, la búsqueda de votos es el argumento de la obra política: el político quiere gobernar, para gobernar ha de obtener más votos que el contrario y el mejor modo de obtener más votos es criticar su gestión. Así es como hemos diseñado las instituciones y, según algunos, como funcionan mejor: movidos por sus mezquinos intereses, unos y otros se vigilan y, al final, conseguimos penalizar a los tramposos y minimizar los errores. En economía, la explotación de las oportunidades de beneficio es el combustible de la maquinaria. Culpar a la ambición está fuera de lugar. De ahí el irrealismo de las propuestas de buen rollo como la de “esto lo arreglamos entre todos” o las apelaciones por lo derecho a “la confianza”. La confianza, como la felicidad, no se consigue con invocaciones. A decir verdad, si alguien nos dice, a palo seco, “confía en mí”, mejor salir corriendo.

Si hay que elegir, prefiero la cruda arrogancia de los economistas al fariseísmo gestero de los otros. En la sobreactuación de los moralistas hay un no sé qué de impostada candidez que atufa a deshonestidad intelectual y para el que no se me ocurre mejor purga que las maneras bruscas y descreídas de los cultivadores de la ciencia triste. En las labores de derrumbe, los economistas pueden dar curso a una mala baba, no exenta de gracia, normalmente embridada en sus áridos empeños habituales, y que da mucho juego cuando hay que oxigenar los ambientes.

Por eso mismo, sería de desear que no limitasen la aplicación de sus talentos al moro muerto del buenismo moralista. Hay muchos otros lugares en los que las abuelas también tienen ruedas. Sin ir más lejos, en la propia economía no faltan los fantaseos, por ejemplo, acerca de cómo somos los humanos.

La teoría económica, al menos la que camina por la avenida más transitada, asume que los agentes somos egoístas y la mar de racionales. Tenemos en cuenta todas las opciones disponibles, evaluamos óptimamente las consecuencias que se siguen de cada una de ellas y actuamos en consecuencia sin otro objetivo que el mayor beneficio. La información relevante, contenida en los precios, nos bastaría para decidir. Si actuamos de ese modo, las cosas funcionan. Si nos desviamos, aparecen los problemas. Se nos complica la vida, la de cada uno y la de todos. Las burbujas especulativas, por ejemplo, se dan cuando nos dejamos llevar por la confianza en que las cosas irán a mejor, sin que exista ninguna razón para ello, sin evaluar adecuadamente la información disponible. La explicación de no pocos desórdenes del mundo radicaría en que no somos tan racionales como sostiene la teoría.

A estas alturas, el lector puede empezar a pensar que quizá no hay tanta diferencia entre culpar a “la falta de valores” y culpar a “la falta de racionalidad” y que, después de todo, quizá las abuelas de los economistas también tienen pinta de camiones. Y sí, hay algo tramposo en ese proceder que apela “al mejor de los mundos”. Como si un entrenador justificara la derrota de su equipo porque “sus jugadores no corren como un guepardo”.

La trampa no consiste en apelar a una situación hipotética, a cómo hubiesen ido las cosas si se hubiera actuado de otra manera, sino al grado de realismo de esa “otra manera”. La explicación de la derrota porque “no jugaron por los extremos” también apela a una situación hipotética y la damos por buena. No está al alcance de los jugadores correr como un guepardo, al menos sin farmacopea, pero sí que está a su alcance jugar por los extremos.

En realidad, toda explicación tiene algo de lamento y, en un momento u otro apela a situaciones hipotéticas, a posibilidades que no llegaron a cuajar. Y todas las valoraciones, algo de reproche. Las historias, la de las revoluciones americana, francesa, rusa, la de la Segunda República, la de Cuba o la de la Transición y, también, la de cada cual, tienen otra historia que pudo haber sido y no fue, pulcra y sin sombras, que las avergüenza y desmerece. Pero no todas las nostalgias valen igual. Consideramos infeliz a alguien que, como el poeta, se lamenta por no haber apostado por “alguien que le amó y que le abandona”; a quien se lamenta por no haber apostado por la Elsa de Casablanca lo consideramos un trastornado. Nos importa el realismo del repertorio de posibilidades.

De modo que lo que hay que tasar es el grado de realismo de los humanos conjeturados por los economistas, no sea que tenga el mismo que El libro de los seres imaginarios de Borges. Si no nos reconocemos ni por casualidad, quizá sea cosa de pensar que explicar la crisis por los “fallos” de las personas sería como explicar la derrota futbolera por los guepardos. En 2002, Daniel Kahneman se llevó el Nobel por recordar que los mortales comunes y los que suponen los economistas nos parecemos como un huevo a una castaña. Somos racionales pero no tanto. Así las cosas, no es raro que el año pasado en un libro, Animal Spirits, escrito a dos manos con Robert Schiller, otro premiado, Akerloff recomendase abandonar las hipótesis hiperracionalistas si queríamos entender los procesos económicos, incluida la crisis. Su diagnóstico, en apariencia, no anda tan alejado del convencional: tal como somos, confiados, temerosos y bastante imprevisibles, es normal que, con las instituciones que tenemos, pasen las cosas que pasan. Pero había un importante matiz, un cambio de énfasis en la situación hipotética invocada: no buscaba soluciones donde no se pueden encontrar, enfilando la senda imposible del “si fuéramos de otra manera, racionales”, sino en las instituciones, algo que sí está en nuestra mano modificar.

A lo que se ve, casi todo el mundo tiene una abuela tuneada. Nos podemos reír hasta descoyuntarnos de quienes achacan los males del mundo a la codicia o al afán de lucro. Pero, por favor, que no se acabe la fiesta. Hay mucho material.

* Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es Incluso un pueblo de demonios (Katz).

Publicado en el diario El País de España.

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