Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Sonámbula hacia el declive


Por TIMOTHY GARTON ASH (El País)

¿Puede rescatarme alguien del europesimismo? Hacía décadas que no me sentía tan deprimido sobre la situación del proyecto europeo. La eurozona está en peligro de muerte. La política exterior europea avanza al paso de un caracol borracho. El poder está trasladándose a Asia. Los motores históricos de la integración europea no funcionan o están resoplando. Los líderes europeos reordenan las tumbonas en el Titanic, mientras dan lecciones de navegación oceánica al resto del mundo.

La crisis de la eurozona no ha hecho más que empezar. A los mercados de deuda no les ha convencido ni siquiera el rescate “decisivo y aplastante” de Grecia la semana pasada. Lo único que les animó un poco fue la voluntad del Banco Central Europeo de empezar a comprar bonos del gobierno de la eurozona; pero a los griegos y los portugueses sigue saliéndoles mucho más caro pedir prestado que a los alemanes. Un destacado estratega del mercado de deuda me dice que ahora ve dos alternativas: o la eurozona avanza hacia una unión fiscal, con mayor pérdida de soberanía de los Estados miembros y una drástica reducción del déficit impuesta por esa limitación externa, o algunos de los Estados miembros más débiles caerán en bancarrota, dentro de la eurozona o saliéndose de ella. En ese momento el capital huirá, todavía más que hasta ahora, de los débiles a los fuertes, es decir, de la eurozona a otros lugares y, dentro de ella, a Alemania.

Las repercusiones políticas tanto nacionales como internacionales de estas dos vías son sangrientas (en Grecia, lo son ya literalmente). Las tensiones en las sociedades europeas aumentarán, pero también entre unos Estados y otros. En especial, es inevitable que aumente el resentimiento en y respecto a Alemania, la potencia central del continente, haga lo que haga: tanto si impone unas condiciones estrictas para aceptar la unión fiscal, mientras financia el riesgo de otros gobiernos, como si deja que Grecia y Portugal se vayan al traste, con el consiguiente incremento de la fuga de capitales hacia Alemania. En el mejor de los casos, si el viejo modelo de avanzar en la integración a base de crisis, a base de responder a los retos, vuelve a funcionar, Europa estará preocupada por resolver sus problemas económicos y financieros internos durante años.

Las grandes potencias del siglo XXI, las actuales y las emergentes -Estados Unidos, China, Brasil y Rusia-, ya tratan las pretensiones europeas de ser un actor importante en el escenario mundial con una actitud rayana en el desprecio. El acuerdo mínimo logrado el año pasado en la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, un tema en el que Europa asegura estar en vanguardia, lo alcanzaron Estados Unidos, China, India, Sudáfrica yBrasil. Europa no estuvo ni en la sala de reuniones.

Copenhague fue una llamada de atención con la que Europa no se despertó. Las dos figuras que la UE ha escogido para representarla en el mundo son prácticamente desconocidas fuera de Europa. En una reunión reciente en St. Antony’s College, en la Universidad de Oxford, el columnista especializado en asuntos internacionales de The New York Times Thomas Friedman dijo con ironía que no sería capaz de reconocer al presidente del Consejo Europeo “ni aunque se me sentara en el regazo”. La nueva Alta Representante de la UE para la política exterior y de seguridad, Catherine Ashton, puede manejar con eficiencia la burocracia de Bruselas, pero, cuando se habla con los funcionarios del sector allí, se da uno cuenta de lo difícil que va a ser construir un servicio exterior europeo.

Pekín, Moscú, Nueva Delhi y Washington no están esperando con ansiedad. Para ellos, la vida está en otra parte. El Estados Unidos de Barack Obama está preocupado por su propia construcción nacional, y luego por Oriente Próximo y China. El nuevo primer ministro británico ha recibido una llamada telefónica del presidente y una referencia elogiosa a la “relación especial”, pero Obama no tiene ningún apego sentimental al Viejo Continente. Su pregunta a Europa es: “¿Qué podéis hacer hoy por nosotros?”. Las nuevas geometrías del poder mundial se describen con siglas como BASIC (Brasil, Sudáfrica, India y China), BRIC (Brasil, Rusia, India y China) e IBSA (India, Brasil y Sudáfrica). En parte es una forma de adelantarse a acontecimientos que quizá no se produzcan, pero en el mercado de la geopolítica, como en los mercados financieros, las expectativas son también realidades.

La Unión Europea sigue siendo la mayor economía del mundo. Posee enormes recursos de poder duro y blando, muy superiores todavía a los de las grandes potencias emergentes. Pero la tendencia no le favorece, y no emplea ni muchísimo menos todo el peso que tiene. Si todavía quiere influir en el mundo y beneficiar a sus ciudadanos, debe estrechar la diferencia entre sus posibilidades y su poder real. Pero no lo está haciendo. ¿Por qué?

A partir de 1945, durante más de 50 años, hubo cinco grandes fuerzas que impulsaron el proyecto europeo. Eran las siguientes: el recuerdo de la guerra, un recuerdo personal muy inspirador que se prolongó hasta la generación de Helmut Kohl y François Mitterrand; la amenaza soviética contra Europa occidental y el deseo de los pueblos del centro y el este de Europa de escapar del dominio soviético hacia la libertad y la seguridad; el apoyo estadounidense a la integración europea, como reacción a esa amenaza soviética; la República Federal de Alemania, que quería rehabilitarse tras el nazismo dentro de la familia europea y obtener el apoyo de sus vecinos europeos a la unificación alemana; y Francia, con su doble ambición de una Europa fuerte pero dirigida por Francia. Estas cinco fuerzas están hoy desaparecidas o enormemente debilitadas.

A cambio, tenemos una serie de nuevos argumentos para justificar el proyecto. Dichos argumentos son los retos de alcance mundial -como el cambio climático y el sistema financiero globalizado- que tienen repercusiones cada vez más directas en las vidas de nuestros ciudadanos y la aparición de las nuevas grandes potencias de un mundo multipolar. En un mundo de gigantes, es útil ser un gigante. Pero un argumento, un fundamento intelectual, no es lo mismo que una fuerza impulsora emocional, basada en la experiencia personal directa y el sentimiento de una amenaza inminente. En la Europa de hoy no tenemos esas cosas. Desde el punto de vista del nivel de vida, de la calidad de vida, la mayoría de los europeos está mejor que nunca. No se dan cuenta de hasta qué punto tienen que cambiar radicalmente las cosas para que nada cambie.

Haría falta un nuevo Winston Churchill para explicar esto a todos los europeos, con la poesía de aquel “sangre, sudor y lágrimas”. En su lugar, tenemos a Angela Merkel, Nicolas Sarkozy, Silvio Berlusconi y ahora David Cameron. La nueva coalición liberal conservadora de Reino Unido está dando unos primeros pasos constructivos y alentadores en Europa. El martes, el nuevo ministro de Hacienda, George Osborne, se tragó la directiva propuesta en Bruselas sobre fondos de riesgo con toda la elegancia de un viajero de la Inglaterra victoriana cuando tenía que comerse un plato de ojos de cordero en la tienda de un beduino (el Gobierno británico confía aún en lograr que la directiva se modifique en el Parlamento Europeo). El jueves y el viernes, Cameron dedicó su primer viaje al extranjero como primer ministro a visitar a sus nuevos colegas en París y Berlín. Pero, aunque Reino Unido no sea el freno europeo que le gustaría a la mayoría de los miembros conservadores del Parlamento, tampoco va a ser el motor.

¿De dónde va a surgir, entonces, el dinamismo? No lo sé. No lo veo. Es verdad que hemos sufrido muchos brotes de europesimismo en otras épocas; existen desde que tengo memoria. Y todas las veces, Europa ha levantado el ánimo y ha dado otro paso adelante. Los rivales mundiales de Europa tienen sus propios problemas. De aquí a 10 años, es posible que los historiadores se rían del europesimismo de 2010. Pero solo si Europa se despierta y se incorpora al mundo en el que vivimos.

¡Despierta, Europa!

Publicado en el diario El País de España.

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