Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El pasado condena en la web

Por VIKTOR MAYER-SCHÖNBERGER (Clarín)

“Cuidado con lo que suben a Facebook”, advirtió el presidente de los Estados Unidos Barack Obama a estudiantes secundarios en septiembre. “Hagan lo que hagan, eso se va a desenterrar en momentos posteriores de su vida.” En realidad, todos vamos a aprender esa lección a las malas: la información digital casi nunca desaparece, ni siquiera si deseamos que eso pase. El resultado es la permanencia del pasado en el presente. Ese hecho es uno de los mayores desafíos que enfrentará la sociedad a medida que las computadoras e Internet se integran cada vez más a la vida cotidiana.

Durante milenios, recordar la información era caro, llevaba mucho tiempo, y olvidarla era parte natural de la condición humana. En la era digital pasa lo opuesto: el almacenamiento barato en computadoras, los procesadores poderosos y la generalización del acceso a Internet hacen que recordar sea la norma.

Basta con considerar que tendemos a conservar borradores, años de correspondencia vía e-mail y miles de malas fotos digitales en nuestros discos rígidos, no porque hayamos decidido que vale la pena recordarlos, sino porque guardarlos es ahora la forma más fácil de hacer las cosas. En cambio, decidir qué borrar es costoso. Exige mucho más tiempo y esfuerzo eliminar datos que conservarlos, de modo que apretamos “guardar” por las dudas.

Sin embargo, vale la pena recordar que hay mucho valor en el olvido. Olvidar nos permite trascender los detalles y generalizar, ver el bosque y no sólo los árboles. Como hay información que con el tiempo caduca, el mundo se hace mucho más comprensible porque pasamos a tener la libertad de concentrarnos en lo que es importante. Olvidar también nos permite perdonar a otros. El desvanecimiento de los recuerdos de experiencias pasadas permite que surjan nuevos recuerdos, así como las hojas que se caen permiten un nuevo crecimiento. De esa manera, el olvido nos proporciona una segunda oportunidad, en términos individuales y sociales, de elevarnos sobre nuestros errores y faltas, de aceptar que los seres humanos cambian con el tiempo.

Con la memoria digital, sin embargo, ese proceso natural se detiene. El pasado está siempre presente, dispuesto a reaparecer mediante unos pocos clicks en un teclado o en un teléfono celular. De hecho, cada vez más nos encontramos ante información desactualizada sacada de contexto, desde noticias anacrónicas hasta e-mails emocionales y fotos comprometedoras que habíamos olvidado mucho tiempo antes. Por ejemplo, son cada vez más los empleadores que buscan postulantes a un trabajo por medio de Google y los sitios web de redes sociales. Ya hay muchos casos de personas a las que se les niega un empleo o un ascenso debido a lo que se descubre. Sin embargo, se trata de reflejos del pasado de una persona, y rara vez proporcionan información exacta sobre el presente.

La advertencia de Obama nos recuerda que debemos tener más cuidado con la información que compartimos online. Básicamente, su consejo consiste en que hay que practicar una forma de abstinencia digital. Es una sugerencia comprensible y pragmática, pero no necesariamente buena. Como personas y como sociedad es muy beneficioso compartir información con otros. Un exceso de autocensura de lo que hacemos online nos negaría las ventajas de Internet.

Sería mejor asegurarnos de que la información digital, al igual que sus variantes offline del pasado, pueda desaparecer con el tiempo. En primer lugar, podríamos dar a los archivos digitales “fechas de vencimiento”, de modo tal que nuestros sistemas digitales borraran el archivo al llegar el momento apropiado.

En segundo término, podríamos optar por exponer nuestra información a una forma de “oxidación”, de modo que poco a poco se fuera desgastando (y tendríamos que tomar medidas especiales en el caso de que alguna vez quisiéramos recuperar algo). En tercer lugar, podríamos separar la información pasada a los efectos de que recobrarla exigiera un esfuerzo especial o un tiempo adicional, lo que reduciría las probabilidades de que la encontráramos por accidente.

Cuanto más nos internamos en el futuro, más amalgamamos los datos y restos del pasado y los colocamos de manera irrevocable en el presente. Pero no es sólo la forma en que se almacena y recupera la información lo que es necesario cambiar, sino también la forma en que pensamos la información. La tarea es tanto nuestra como de la computadora.

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* Viktor Mayer-Schönberger es director del Centro de Investigación en Políticas de Innovación e Información de la Universidad de Singapur.

Publicado en la Revista Ñ del diario Clarín de Argentina.

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