Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Clegg o lo de siempre

Por WALTER OPPENHEIMER (El País)

Cameron y Brown, conservadores y laboristas, representan el bipartidismo clásico en Reino Unido. Pero el liberal-demócrata Nick Clegg se ha hecho con la bandera del cambio y fuerza a los votantes a elegir entre seguir la tradición o atreverse con una coalición reformadora.

El próximo jueves, Gordon Brown necesita transformarse en John Major si quiere seguir viviendo en el número 10 de Downing Street. Sólo un milagro como el que protagonizó el entonces primer ministro conservador en 1992, cuando derrotó contra pronóstico al laborista Neil Kinnock, puede salvar la carrera política del impopular Brown. El conservador David Cameron, en cambio, necesita que los votantes le traten como a Tony Blair en 1997. El impulsor del nuevo laborismo arrasaba en los sondeos desde 1995, pero sus expectativas cayeron en vísperas de las elecciones. A la hora de la verdad, las urnas le dieron una victoria aplastante.

El problema para Cameron, y también para Brown, es que esta vez hay tres caballos en la carrera para llegar a Downing Street. Ese tercer caballo es el líder de los liberal-demócratas, Nick Clegg, que irrumpió en la batalla electoral arrasando contra pronóstico en el primer debate televisado en directo de la historia de la democracia británica. Clegg le robó ese día a David Cameron la bandera del cambio y ha puesto a los británicos en una encrucijada: les está forzando a elegir entre seguir la tradición -relevar o ratificar al Gobierno de turno- o atreverse a penetrar en territorio inexplorado y llevar al Reino Unido a un Gobierno de coalición con un mandato para poner patas arriba el sistema constitucional. Por primera vez en su historia, los británicos han de decidir en las urnas si quieren cambio o quieren revolución.

El lento, pero constante, ascenso de los conservadores en los sondeos, superando el brusco desplome de sus expectativas tras el primer debate televisado, hace pensar que un pueblo tan apegado a sus tradiciones como el británico se conformará con el cambio. David Cameron dominó con cierta holgura el debate del jueves pasado. Mucho menos nervioso que en el primero, el líder tory cubrió su principal objetivo: demostrar a los británicos que tiene talla para ser primer ministro. Pero no consiguió ni tirar a la lona a Gordon Brown ni, quizá mucho más importante, pinchar el globo Clegg.

Cameron es ahora el gran favorito, pero está por ver que al final consiga alcanzar la mayoría absoluta que necesita para asegurarse su mudanza al número 10 de Downing Street.

“Lo realmente llamativo de la campaña electoral ha sido el papel de la televisión”, opina David Held, profesor de Ciencias Políticas de la London School of Economics (LSE). “Mucha gente creía que las viejas tecnologías, como la televisión, eran menos útiles que los nuevos medios en una campaña política. Muchos políticos británicos se han querido inspirar en la campaña de Obama como un ejemplo de cómo usar los nuevos medios para complementar su campaña. Pero al final las elecciones se han visto sacudidas por una tecnología convencional como la televisión. El debate entre los candidatos a primer ministro ha tenido un papel esencial en provocar una discusión muy intensa entre los líderes de los partidos en torno a los asuntos que más preocupan. Y eso no tiene precedentes en la política británica. Por eso ha provocado tanta atención, por eso ha tenido un impacto tan asombroso”.

El liberal-demócrata Nick Clegg supo aprovechar esa gran oportunidad mejor que ninguno de sus rivales. En el primer debate, todo el mundo esperaba un cómodo triunfo del telegénico Cameron frente al sombrío Brown. Los analistas daban por descontado que para Clegg el sólo hecho de estar ahí era un regalo, pero pronosticaban que acabaría quedando arrinconado, a la sombra de los dos pesos pesados de la política británica. Igual que ocurre en los Comunes. Pero no fue así.

“Los debates han permitido al tercer partido entrar en el escenario, entrar en la competición como un igual. Y Nick Clegg aprovechó al máximo esa oportunidad”, explica Held. “Antes de que empezara la campaña estábamos en territorio de la política convencional bipartidista, la política de pimpón entre los dos grandes partidos. Y la política de pimpón es lo que el Parlamento incita a hacer porque la oposición y el Gobierno están cara a cara en la Cámara de los Comunes, y eso fomenta que los temas vayan de unos a otros. Pero al permitir un debate a tres bandas, por fin hemos tenido a Clegg y a los liberal-demócratas al mismo nivel que los otros líderes y diciendo cosas en realidad muy sencillas, pero mortalmente efectivas, como echarles en cara que vosotros formáis parte del viejo equipo, sois parte del problema, y yo soy nuevo, estoy fresco y además soy bastante bien parecido y puedo transmitir un mensaje nuevo”, añade.

“Eso ha resonado profundamente en un electorado que estaba bastante cansado después de 13 años de laborismo, que no considera a los conservadores una alternativa atractiva y, por tanto, está buscando algo diferente, algo nuevo. Las tendencias del electorado en los últimos años muestran que había cada vez más volatilidad, pero también la búsqueda de un tercer partido al que votar. Ese debate televisado cristaliza esas tendencias subyacentes y eso provoca una emergencia del tercer partido que creo que va a perdurar. Aunque, como dijo Hegel, el conocimiento viene de la historia, no de las predicciones”, advierte el profesor de la LSE.

El ascenso de los liberales “se explica por un genuino deseo de algo nuevo, algo diferente, y tanto Gordon Brown como David Cameron les parece a los votantes que representan el viejo estilo de hacer política”, opina el doctor Chris Bickerton, profesor del departamento de políticas de la Universidad de Oxford. “No dudo del genuino deseo de algo nuevo, pero creo que es sobre todo un voto de protesta porque si se miran con detalle los programas de los tres partidos, es bastante difícil encontrar diferencias entre ellos. No creo que los liberal-demócratas puedan decir que representan ningún tipo de alternativa coherente”, sostiene.

Haya o no grandes diferencias de programa, lo que representan los liberal-demócratas es el deseo y la necesidad de reformar un sistema electoral que les penaliza de manera muy injusta. En 2005 consiguieron el 22,1% de los votos, pero sólo el 9,6% de los escaños. Los laboristas, con el 35,3% de los votos, acapararon el 55,2% de los escaños. Los tories, entre ambos, cosecharon el 30,7% de los escaños con el 32,3% de los votos.

“El sistema electoral británico es fácil de entender, es sencillo y en general produce gobiernos estables. No es proporcional, no es justo, pero produce resultados concluyentes”, explica el profesor David Held. “Los británicos son pioneros en sistemas electorales. El sistema no es producto de un cambio revolucionario. Ha evolucionado de forma lenta, durante un largo periodo de tiempo durante el cual la monarquía y la aristocracia fueron desplazadas por el voto popular en varias etapas históricas a lo largo de los siglos XIX y XX. Y se optó por un sistema sencillo que cambia el papel de la monarquía y de la aristocracia con unos pocos elegidos a través de los partidos y las urnas. Debido a que el parlamento era uno de los más antiguos, debido a que creció a través de un proceso de cambio evolutivo, esas tradiciones son muy anteriores a los sistemas constitucionales y electorales modernos. Y a los británicos les gustan las tradiciones”, contextualiza.

El doctor Ken Ritchie, director de la Sociedad para la Reforma Electoral, confía en que se cumplan las expectativas al alza de los liberal-demócratas porque “son el único partido que defiende la introducción de la proporcionalidad en el sistema electoral”. “Defienden el sistema que se utiliza en Irlanda, el voto único transferible, y cuanto mejor lo hagan los liberal-demócratas en estas elecciones, mejor para nosotros”, añade.

En el pasado, el actual sistema electoral británico fue definido como “una dictadura electa” o una “dictadura democrática”: el Gobierno es elegido, pero un solo partido tiene todo el poder. Lo que hace el votante es decidir cuál de los dos grandes partidos quiere que gobierne. “Sí, es así”, admite Bickerton, “y eso plantea cuestiones difíciles sobre la naturaleza de la representación”. “Es una manera muy imperfecta y aproximada de captar la voluntad popular. Bajo ciertas condiciones, si la gente se siente cada vez menos representada por sus diputados, menos comprometida con los partidos políticos, aparece exactamente como eso, como un tipo de dictadura electa. Pero el problema de fondo en realidad no es que la representación no funcione, es que la gente se siente alienada por el sistema político”, asegura.

“Hemos llegado al punto de que las cosas van a cambiar y que la idea de una dictadura democrática ya no será posible”, sostiene el reformista Ken Ritchie. “No sé si es una dictadura democrática, pero creo que sería positivo conseguir que ningún partido sea capaz de dominar la Cámara de los Comunes. En Escocia, el Partido Nacional Escocés (SNP) sólo tiene un escaño más que los laboristas y, sin embargo, ha conseguido formar un Gobierno minoritario. Nadie creía que pudiera durar más de unos pocos meses, pero lleva ya casi tres años en el poder y el sistema ha funcionado bastante bien. Y las decisiones se toman a través del debate. Eso introduciría un nuevo estilo de política en Westminster. Pero eso sólo puede ocurrir si los políticos británicos aceptan que la política ya no es sólo cosa de dos partidos y que necesitamos un sistema electoral diferente”, concluye.

“Los británicos sólo tendrán un sistema proporcional si les fuerzan a ello”, asegura David Held. Y la única forma de forzarles es un parlamento colgado en el que los liberal-demócratas tengan un alto porcentaje de votos y un número sustancial de escaños. Entonces su voz sería esencial para un nuevo Gobierno que sólo sería posible en coalición con los liberal-demócratas. Si eso ocurre, entonces se abriría el camino a una reforma constitucional.

“Creo que estamos ante un gran momento de reformas en la historia británica”, pronostica el profesor de la LSE. “El llamado parlamento colgado puede ser un parlamento más equilibrado y puede, si hay una coalición con los liberal-demócratas, llevar a un firme cambio constitucional en el Reino Unido en torno a un sistema electoral proporcional, profundización de las libertades civiles, reforma de la Cámara de los Lores, reforma de otras formas de Gobierno también. Y creo que este es un momento crucial, realmente crucial, en la política británica. Vamos a ver dentro de unos días si eso es así o no”.

El debate constitucional ha ocupado las dos primeras semanas de la campaña, pero esta se ha ido deslizando en los últimos días a temas más cercanos a las preocupaciones de los ciudadanos, como la economía o la inmigración. Una mala noticia para los liberal-demócratas porque su éxito se basa en las ansias de cambio, en la sensación de que el sistema electoral es injusto. Pero su programa en economía o en inmigración, como la regularización de los ilegales para “sacarlos de manos de las mafias criminales y ponerlos en manos de Hacienda”, la moratoria nuclear o la renuncia a renovar el actual programa de disuasión militar Trident para reducir el gasto público, atrae sobre todo a los jóvenes, pero no tanto al resto de la población. Y las elecciones, en el Reino Unido, las deciden los votantes maduros porque muchos jóvenes ni siquiera se preocupan de apuntarse al registro electoral. Aunque el éxito de Nick Clegg ayudó a incrementar el número de jóvenes decididos a votar.

La economía estaba destinada a ser el factor decisivo de estas elecciones. Y seguramente acabará siéndolo. Los británicos afrontan tiempos muy duros: un ajuste del presupuesto del Estado de 82.000 millones de euros anuales para dejar por debajo del 5% del PIB el actual déficit público, que roza el 12%. Ninguno de los tres candidatos ha explicado con detalle cómo va a afrontar ese ajuste fiscal.

Con la campaña ya en la recta final, Gordon Brown no parece haber sido capaz de inyectar un mensaje optimista a los votantes, aunque los modernos mecanismos de seguimiento de la reacción del público durante los debates revela que los británicos parecen comulgar con él cuando denuncia el proyecto tory de empezar a recortar el gasto público nada más llegar a Downing Street.

David Cameron ha asegurado que si consigue formar Gobierno, seis semanas después de llegar a Downing Street aprobará un ajuste presupuestario de 7.000 millones de euros. Brown ha denunciado de forma insistente que ese recorte del gasto va a poner en peligro la frágil recuperación de la economía y que el país se arriesga a entrar de nuevo en recesión. Pero eso no ha llevado a los votantes a volcarse en masa en favor de la continuidad del actual primer ministro. Quizá porque el desgaste de su imagen es ya irreparable.

Al final ha dado la impresión de que Gordon Brown está apelando al voto del miedo y que es incapaz de lanzar un mensaje positivo sobre su propio programa, de convencer a los británicos de que los laboristas han de seguir en el poder para el bien del país y que él sigue siendo el hombre adecuado para conducir al Reino Unido por las procelosas aguas de la recuperación económica y el equilibrio de las cuentas públicas. Se ha visto atrapado por la necesidad de contrarrestar la ventaja que le llevan sus adversarios en los sondeos y su mensaje ha sonado demasiado negativo. “Las cosas son demasiado importantes para dejarlas en manos de las políticas de estos dos”, dijo Brown al cierre del decisivo debate del jueves pasado.

David Cameron, en cambio, optó por lanzar un mensaje positivo. “Habrá que tomar decisiones difíciles, pero quiero lideraros en nuestro camino hacia tiempos mejores. Creo que podemos hacer grandes cosas por este país. Si votáis laborista, vais a tener más de lo mismo. Si votáis liberal, como hemos visto esta noche, sólo habrá incertidumbre”, les dijo a los británicos.

Nick Clegg optó también por subrayar lo positivo e insistió en su mensaje de cambio y en que no hay que tener miedo a ese cambio. “Cuando vayáis a votar, escoged el futuro que realmente queréis. Si creéis que esta vez las cosas se pueden hacer de otra manera, entonces realmente vamos a cambiar Gran Bretaña juntos. No dejéis que nadie os diga que eso no puede pasar. Sí, puede pasar. Esta vez, tú puedes marcar la diferencia”, animó a los votantes.

Ahora son los votantes los que tienen que decidir. Y, salvo sorpresa mayúscula, sólo aceptan dos opciones: cambiar de Gobierno o cambiar de sistema. Sea cual sea su decisión, el cambio parece asegurado.

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Votar al partido o al candidato

En el sistema electoral británico, cada circunscripción elige solo un diputado y se lleva el escaño el candidato que obtiene más votos, con independencia de que alcance o no la mayoría absoluta. La reforma que defienden los laboristas mantendría ese modelo de circunscripciones, pero los votantes han de indicar sus segundas y sucesivas preferencias de voto y, si nadie obtiene la mayoría tras escrutarse los votos de primera preferencia, se tienen en cuenta las siguientes hasta que algún candidato la obtiene. Eso soluciona el problema de la legitimidad de los diputados electos, pero no aumentaría el grado de proporcionalidad del sistema.

El sistema de voto único transferible utilizado en Irlanda, en cambio, se aplica en circunscripciones de entre tres y cinco diputados, según el número de votantes que hay en cada una, lo que sí introduce el factor de la proporcionalidad. Pero rompe el vínculo entre el diputado único y su circunscripción, considerado por muchos esencial en el sistema político británico. “Ese es un debate difícil”, admite Ken Ritchie, director de la Sociedad para la Reforma Electoral. “Nosotros aceptamos que tiene que haber un cierto vínculo entre el diputado y los electores, que de alguna manera le obligue a rendir cuentas ante ellos. Pero no podemos tener proporcionalidad si seguimos utilizando circunscripciones de un solo escaño”.

La Sociedad para la Reforma Electoral cree que, a diferencia del sistema de listas cerradas de partidos en grandes circunscripciones que se utiliza en España, -que en el Reino Unido nadie aceptaría porque da todo el poder a las direcciones de los partidos-, el sistema irlandés mantiene cierta relación entre el diputado y sus votantes porque estos deciden cuál de los candidatos de un mismo partido sale finalmente elegido. No votan a un partido, votan a un candidato.

Dado el creciente desapego entre la ciudadanía y la clase política, el debate de más calado sobre la reforma electoral es en realidad el de si hay que ir a un modelo que rompa la tendencia actual de facilitar la creación de mayorías absolutas. Los británicos desconfían de lo que llaman “parlamento colgado”, en el que ningún partido obtiene la mayoría y fuerza la creación de coaliciones, como ocurre en muchos países de Europa.

“Hay un apego a la claridad y la transparencia del sistema mayoritario, en el que se ve quién ha ganado las elecciones y sabes quién gobierna, sabes que la próxima vez pueden perder pero que de momento han ganado y no existe la sensación de que la política se hace a través de acuerdos en el cuarto trasero”, explica Chris Bickerton, profesor de políticas de la Universidad de Oxford. “Pero yo diría que aunque esa preocupación es comprensible, está fuera de lugar porque el sistema que tenemos ahora ya no se traduce en un mayoritarismo abierto y transparente. Aunque no hay que olvidar que el viejo sistema de Westminster, con el enfrentamiento de un partido en un lado y el otro enfrente, tiene un lugar en el imaginario popular, la creencia que prevalece es que eso hoy no funciona”. Y no funciona porque el sistema se pensó para dos grandes partidos, no para tres.

Publicado en el diario El País de España.

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