Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Las cosas por su nombre


Por OSCAR LANDERRETCHE (Qué Pasa)

Una de las características folclóricas más interesantes de la política norteamericana es la destreza de sus sectores más conservadores en colocar nombres a ciertas posturas de política pública. La etiqueta clásica de “pro-vida” para los opuestos al aborto es una de las más exitosas, pero hay otras, como llamar impuesto de muerte (death tax) al impuesto a las herencias, o llamar alivio tributario (tax relief) a las rebajas de impuestos. ¿Quién podría declararse anti-vida? ¿Qué es más cruel que cobrar impuestos por morir? ¿Quién podría pensar que un alivio tributario no es merecido?

Estas etiquetas se usan una y otra vez porque han rendido en forma importante para los republicanos en los medios. Para mi gusto lo definitivo en etiquetas conservadoras es el “diseño inteligente” que es simplemente la creencia religiosa de quienes rechazan la teoría evolutiva. Suena mucho más aceptable en la sociedad híper-técnica e híper-científica contemporánea ser partidario del “diseño inteligente” que oponerse a, literalmente, toneladas de literatura y evidencia que corre a favor de la evolución. Así mismo, suena mucho más aceptable ser partidario del alivio tributario que de las rebajas tributarias. La rebaja es algo que se le da a alguien que puede pagar, es una atención que se le hace a un casero; el alivio es algo que se necesita, que expresa valores solidarios.

Escoger un nombre para la postura propia u opuesta en política pública y poder instalarlo conceptualmente en la mente del público puede ser una tremenda victoria ideológica en la política actual.

La teoría del ciudadano groggy

¿De donde proviene esta ventaja que otorgan los nombres? Bueno, provienen de una política contemporánea compuesta por agentes que viven en un estado perpetuo de lo que economía llamaríamos “racionalidad limitada”. Es decir, con restricciones importantes a la atención que le pueden prestar a las discusiones públicas. Pensemos en un ciudadano medio cuyas labores y responsabilidades cotidianas le consumen el día, las energías y la atención. No tiene tiempo ni ganas de considerar con cuidado los diferentes temas de política pública sino que apenas le alcanza para percibir los parámetros de un tema y ver si es que calzan aproximadamente con sus prejuicios, valores e intereses. El ciudadano escucha el concepto por un momento en la radio de la micro, brevemente en un noticiero televisivo o pasa sus ojos rápidamente sobre un medio escrito. No tiene tiempo ni energía para más. Su vida laboral es intensa, su éxito es limitado, no tiene sentido ni racionalidad consumir tiempo en educarse o leer en temas de política pública, economía, derecho o filosofía para sofisticar su opinión. Tampoco será fácil lograr que dedique tiempo y energía a cuestionar sus propios prejuicios y probablemente no tiene una educación que le permita pensar en forma metodológica.

Es un ciudadano groggy, que toma decisiones, vota, es encuestado, decide en que tipo de colegio educar a sus hijos… es decir, ejerce ciudadanía; pero lo hace todo en un contexto de racionalidad limitada, es decir, optimizando pero sujeto a importantes costos de formación intelectual, recopilación de datos y procesamiento de información.

La prueba de que este modelo del ciudadano groggy es real es el avance persistente de políticos cuyo discurso no tiene nada que ver con una discusión sobre modelos de sociedad sino centrados en ofrecer solucionar problemas “concretos” de las personas. Lo que hacen estos políticos, en gran medida, es facilitarle el camino al ciudadano groggy entre el discurso político abstracto ofrecido y sus parámetros personales.

El problema por supuesto es que muchos de los desafíos que enfrenta Chile no son fáciles, involucran opciones, algunas complicadas y otras que conducen a diferentes modelos de sociedad de manera no obvia. Si estas opciones no las toma el ciudadano groggy, alguien las tomará por él. En el mundo de los groggy, el tecnócrata es rey.

Una inyección de solidaridad

Por eso es que es tan interesante observar la efectividad con que ha logrado la nueva administración implementar esta política de nombrar políticas públicas de un modo tan conveniente y efectivo.

Para mi el mayor ejemplo es la famosa “Inyección de Solidaridad” del Ministro de Hacienda.

La ley de donaciones es algo que, para ser bien franco, existe hace mucho tiempo y simplemente se está proponiendo hacer más expedita. En ese sentido no es algo tan novedoso que además el mismo gobierno espera les recaude apenas un 1% de los recursos necesarios para la construcción. El gran problema que tiene y siempre ha tenido esta franquicia es su tendencia a convertirse en un mecanismo de elusión de impuestos como cuando se hacen donaciones relacionadas.

Pero si es tan poca cosa el tema de las donaciones, ¿por qué ha hecho tanto ruido el gobierno con ella? Porque es parte de una estrategia política comunicacional

Lo interesante es que se ha presentado públicamente (y en mi opinión exitosamente) que esta iniciativa genera más solidaridad (con eso se queda el ciudadano groggy). A parte del hecho de que no existe realmente mucha evidencia que sustente las elasticidades en que se basan los supuestos de recaudación y de que no se hace cargo del mal uso del mecanismo, es bastante obvio que de lo que se trata es de que le demos un premio tributario a las empresas y hogares de mayores ingresos que encuentran financieramente conveniente ser “más” solidarios.

La parte más “solidaria” de todas en esta iniciativa es donde se autoriza a erigir monumentos o memoriales en los que se recuerde a las personas y entidades que aporten a la reconstrucción del país. ¿Es una inyección a la vena de la solidaridad o un más bien un baño de vanidad para la oligarquía local? Haber convencido al país de que esta es una política que fomenta la “solidaridad” es un éxito retórico colosal del gobierno.

El alza tributaria que la Concertación no quiso hacer

El otro tema es el de la famosa alza de impuestos, que tiene por objeto posicionar a la administración del Presidente Piñera como centrista y no al servicio del empresariado. Esta movida ha sido muy efectiva porque ha detenido en seco la agenda pública que casi desde el día uno había girado justamente en torno a los conflicto de interés empresarial del nuevo Presidente. Tiene además el potencial retórico de convertirse en el eje de una estrategia política centrada en la conquista del centro político, buscando una perpetuación electoral en el poder y el arrinconamiento de los sectores más conservadores de la coalición de gobierno. Esta movida puede, sinceramente, ser una obra maestra de los componentes anti-pinochetistas y más liberales de la nueva coalición de gobierno. Y además, el poder atractor sobre sectores de centro con el argumento de que una coalición de centro derecha sería capaz de hacer el alza tributaria que la Concertación no quiso hacer, puede no ser menor.

Publicado en la revista Qué Pasa.

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