Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Las heridas abiertas de América Latina

Por MARTÍN PÉREZ y MARTÍN GRANOVSKY (Página/12)

Cronista impenitente, narrador fascinante, atento a los detalles más elocuentes y a la Historia que avanza de manera incesante, Jon Lee Anderson es una de las plumas más dedicadas y confiables que retratan las zonas de conflicto del mundo. Entre mediados de los ’90 y mediados de los 2000, convenció a la prestigiosa revista norteamericana The New Yorker de que lo enviara a cubrir los hechos, los lugares y las personas que estaban moldeando América latina: de Fidel Castro y García Márquez a las favelas de Río y Pinochet en Chile, los doce trabajos de El dictador, los demonios y otras crónicas (Anagrama) ofrecen una extraordinaria radiografía contemporánea de buena parte del continente. A continuación, él mismo los presenta y explica por qué ese mapa se encuentra marcado por las heridas mal curadas de los años ’70.

Las heridas abiertas de América Latina

Por MARTÍN PÉREZ

Al aterrizar en La Habana con su comitiva a la medianoche, Hugo Chávez estaba eufórico. Acababa de hacer las paces con el presidente colombiano Julio César Uribe tras un incidente fronterizo que había escalado hasta casi convertirse en un conflicto internacional, y decidió a último momento que su avión no regresaría triunfal de la cumbre iberoamericana realizada en Santo Domingo directamente hacia Caracas, sino que haría escala en Cuba. Según cuenta el periodista norteamericano Jon Lee Anderson, presente en ese avión ya que estaba realizando un perfil de Chávez para el semanario The New Yorker, cuando se anunció el cambio de destino, la delegación se estremeció de júbilo. “Con uniforme militar, sombrero de ala ancha, y unas gafas grandes que le daban el aspecto de una lechuza, Raúl Castro esperaba en el aeropuerto para recibir a Chávez”, escribe Anderson, que agrega que, como el protagonista de su crónica estaba de un humor espléndido, lo llamó para presentarle al hermano de Fidel.

“Me miró de arriba abajo, sonriendo con cautela, y me estrechó la mano”, es la única frase de la crónica El heredero de Fidel, publicada originalmente en junio del 2008 e incluida en el flamante volumen El dictador, los demonios y otras crónicas (Anagrama), que se refiere al cruce directo entre Anderson y uno de los dos Castro que son parte fundamental tanto de la historia cubana como del último medio siglo de historia latinoamericana. Jon Lee siempre ha dicho que la única fuente que le faltó en su monumental biografía sobre el Che Guevara fue Fidel. “Si lo hubiese conseguido, hubiese sido como maná del cielo, porque hay muchas conversaciones claves de la vida del Che que tuvo a solas con Fidel”, explicó cuando lo entrevistó este suplemento, durante una visita porteña realizada cuatro años atrás. “Pero no habló conmigo ni con nadie sobre eso. Creo que se llevará los secretos a la tumba”, dijo Anderson entonces. Con la intención de regresar a Buenos Aires a mediados de este año para dictar un curso en la Fundación Proa, vinculado a la Fundación Nuevo Periodismo, Anderson confiesa que todavía sueña con ese encuentro. Al teléfono desde Londres, antes de embarcarse hacia Sri Lanka, asegura: “Si tuviera que confesar cuál es aún mi crónica soñada sobre América latina, sería la posibilidad de poder hacer un perfil de verdad, con acercamiento y contacto directo, tanto de Raúl como de Fidel”.

Por eso es que aquella frase, perdida en una de las tantas crónicas compiladas en el extraordinario volumen que reúne el resultado de sus viajes con destino iberoamericano durante los doce años que lleva trabajando para The New Yorker, tiene un significado tan especial. Porque, según aclara Jon Lee, actualmente no tiene ningún contacto directo con los hermanos Castro, como para que ese perfil soñado alguna vez pueda hacerse realidad. Sin embargo, aquella medianoche, en medio de una de las pistas de aterrizaje del aeropuerto de La Habana, Chávez puso a Jon Lee ante su ballena blanca latinoamericana. O una de ellas, al menos. “Sí, así se puede leer esa escena”, acepta y se ríe Anderson, que suele ser presentado como el mejor corresponsal de guerra de su generación. Pero que a la luz de El dictador… se confirma también como un gran cronista político y social de esta región del mundo, con la que siempre ha hecho todo lo posible por mantenerse en contacto. “America latina es un continente al que vuelvo siempre. Me habita y lo habito. De alguna forma del alma, considero que soy de allá”, explica. Y no puede evitar bromear al respecto: “No sé qué clase de patología será ésa”, agrega, y lanza una carcajada.

Al despedir a Tomás Eloy Martínez, contaste que un proyecto que no había llegado a concretar era el de compilar un libro con tus crónicas, que él se encargaría de seleccionar y prologar. ¿Este volumen con tus crónicas iberoamericanas es una versión posible de aquel libro?

–Supongo que lo es, esencialmente. Porque lo que Tomás quería hacer era editar mi visión compartida o contrastada con la suya, de manera fraternal, en torno al continente que nos reunía, que era América latina. Y este libro que ha salido, lamentablemente sin él, es efectivamente el compendio de mi trabajo allí desde que estoy en The New Yorker. A veces lamento las notas que he propuesto y no me han aceptado, que me hubiesen permitido acercarme un poco más al continente, pero no me puedo quejar mucho: he podido hacer cerca de dos por año. Y los artículos serían más, si no hubiera sido por los atentados del 11 de septiembre, que me tuvieron cuatro de los últimos doce años atrapado por Afganistán primero y luego por Irak…

Hay dos ejes en el libro, que son principalmente Cuba y Chávez, al que retratas dos veces. ¿Esas repeticiones tienen que ver con una obsesión personal? ¿O al haber accedido a esos escenarios te resulta más fácil volver para profundizar en ellos? ¿O tiene que ver con la clase de notas que pueden interesar en el New Yorker?

–Hay un porcentaje de todas esas cosas. Vivimos en el mundo real, así que debo confesar que siempre es más fácil interesar a mis editores en echar el ojo a Fidel que, digamos, a Uribe. Pero, además, creo que para cualquiera que escriba sobre América latina, Fidel es ineludible. Sobre todo en los vericuetos de la lucha por el poder y la herencia de las revoluciones armadas, que es donde me gusta mirar. La sombra de Fidel siempre ha estado ahí, y Chávez ha surgido como su hijo adoptivo por voluntad propia en este último tiempo. Así que la mirada repetida en torno a ambos ha sido necesaria y de rigor. Además, durante medio siglo, ahora continuándose en Chávez, Fidel se ha presentado como un baluarte o un resorte, el otro lado de un vacío que únicamente ha sido llenado por la consecuencia del poderío norteamericano en la región. Y por eso mismo es que yo recorro por los márgenes, y en lo que se me permite, de estos personajes que, o son la revolución, o son la reacción.

Algo que es posible percibir es una cierta evolución en tu escritura a través de los doce años que abarcan estas crónicas, ya que en las que cierran el libro, la segunda de Chávez y la de las favelas de Río, hay una soltura y familiaridad que no se percibe en las de Pinochet o García Márquez…

–No sabría decirte. Creo que tengo que hacer la salvedad de que esa segunda crónica de Chávez se distingue de las demás porque es el único mandatario que alguna vez he vuelto a retratar. Es el único que me he permitido volver a frecuentar, a andar en su círculo. Lo hice porque era un personaje que seguía siendo de rigor, y valía la pena volver sobre él. Pero al mismo tiempo porque me ofrecía una oportunidad distinta, la de volver sobre él una década más tarde, algo que no ha sido posible con las otras dos que mencionas, por ejemplo. Así que más bien esa segunda crónica de Chávez es la excepción del libro. Pero tal vez también haya más soltura en mi escritura. Puedo permitirme ver las cosas con más distancia, estoy más instalado en The New Yorker. Supongo que es una pieza que refleja cierta evolución. No sé si para mejor o para peor (risas)… Son doce años, al fin y al cabo.

Esos doce años transcurridos se pueden ver también en la última crónica desde Guinea que publicaste en el New Yorker, donde para explicar Africa utilizás referencias de los desaparecidos en América latina, algo que tal vez era impensado cuando comenzaste ahí…

–Es que estando en Guinea o en cualquier parte, tengo siempre como punto de referencia mis vivencias en y con América latina. Pero además, si hay algo de lo que soy mucho más consciente que antes es del grado de importancia que le doy al tema de la memoria histórica, para llamarlo de alguna manera. Ha sido una cosa paulatina pero certera en mí, conforme me he ido haciendo mayor, y hoy siento muy profundamente la necesidad de enfrentar los demonios, de sanear nuestros países sin hacer concesiones que atenúen nuestras democracias o supuestas democracias ante los crímenes de lesa humanidad. Porque esas concesiones nos envilecen de una manera profunda y fundamental, cambiando el ADN de nuestra sociedad.

También es posible leer que este libro abre una puerta a una nueva etapa de tu carrera, con esa crónica tan especial desde las favelas de Río con la que se cierra el volumen, protagonizada por unos rebeldes cuyo armamento supera al del Estado, pero que ya no buscan el poder sino tener las mejores zapatillas…

–No lo tengo muy claro todavía, pero siento que hay muchos hilos que quizás estuvieron sueltos que se van atando. Hasta cierto punto, esa crónica es el desenlace de algo que ha sido una constante en mis andanzas incluso anteriores al New Yorker, empezando por mi libro Guerrilleros. Es una exploración que tiene como centro la violencia organizada, o cómo la coacción se convierte en política. Hace años vengo constatando que con el declive de las insurgencias al final de las guerra fría en América latina, con pocas excepciones, lo que hemos tenido a cambio ha sido la criminalización de las sociedades. Tengo una teoría muy visceral al respecto, que es que la impunidad con que se han cerrado las historias violentas de los ’70 y ’80 nos ha condenado a estas insurgencias criminales endémicas, con sociedades sociópatas. En muchos aspectos, América latina es mejor que antes, pero en otros es peor. Hoy en día, hay partes que están plagadas por una violencia nefasta y que controla la vida de muchas personas. Y esto se debe a que ante el declive en la búsqueda del hombre nuevo y los sueños utópicos de crear nuevas sociedades, nos vemos frente al ajuste de los miserables con el capitalismo. Que ya no buscan hacer otra Cuba, sino que lo que quieren es vestirse en Armani Exchange…


* El dictador, los demonios y otras crónicas fue editado por Anagrama.

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John Lee Anderson: Vivir para contarlo

Por MARTÍN GRANOVSKY

Era difícil, pero Jon Lee Anderson lo consiguió: logró ser al mismo tiempo una perfecta máquina de contar y un narrador fascinante.

Una tarde de invierno –él escribe que era una tarde de invierno– se paró a mirar el paredón del cementerio de Granada donde los franquistas fusilaban. Vio que los impactos de bala estaban a la altura de la ingle de un hombre erguido. “Así se lo dije a mi acompañante, Juan Antonio Díaz, profesor de filología inglesa y alemana en la Universidad de Granada. Observó la tapia y respondió con naturalidad: ‘No si estás de rodillas. Te alcanzarían a la altura de la cabeza’”.

El año pasado fue a Río de Janeiro para ver cómo funcionaba la favela de Parque Royal. Describe a Iara, de 31 años, que dirige la favela para un gangster llamado Fernandinho: “Llevaba pantalón corto rojo, camiseta, chancletas y gorra de béisbol negra encima de la cola de caballo. La camiseta tenía escrito un mensaje en portugués: ‘No pido que te los lleves del mundo, sino que los guardes del mal. Juan 17:15’. Por el bulto se notaba que llevaba una pistola en la cinturilla del pantalón”.

Anderson ya era conocido por su libro Che Guevara, una vida revolucionaria, quizás la mejor biografía del Che. Para conseguir datos de los buenos hasta vivió con su familia en La Habana. Se dio cuenta de que ciertas confesiones –a veces no más que algunas palabras, pero claves para armar el rompecabezas– sólo vienen después de una noche de ron.

También es uno de los mayores expertos en la cobertura de guerras y catástrofes, en verdad otra forma de poner a prueba la maravillosa máquina de contar que ha montado dentro de su alma.

Anderson narra tan bien que llamó la atención de The New Yorker, el semanario donde por ejemplo Truman Capote escribió un profile de Marlon Brando. Un profile es menos obviamente un perfil que un retrato de un personaje y su situación, o su historia, o la historia, o su país, o qué lo rodea en ese mismo momento. El propio fundador del New Yorker, Harold Ross, inventó la sección junto con la revista, en 1925. El profile se convirtió en una pieza larga y trabajada cuando en 1928 John Winkler escribió un artículo en cinco entregas sobre el editor William Randolph Hearst.

Los doce trabajos compilados en “El dictador”, los demonios y otras crónicas aparecieron en los últimos años en el semanario neoyorquino. Algunos son profiles y otros Carta desde…, otro de los géneros preferidos por el semanario: ¿acaso hay más garantía de crónica interesante que un buen relato de viaje?

“El dictador” es el retrato de Augusto Pinochet, publicado en 1998. Cuando Anderson lo vio en Londres, la democracia ya llevaba ocho años y Scotland Yard estaba a punto de detenerlo a pedido del juez español Baltasar Garzón. Pinochet le dijo que esperaba un gesto de la Concertación. Anderson le preguntó cuál. “¡Un gesto! –exclamó con aspereza, y cuando le repetí la pregunta, explotó–: ¡Que pongan fin a los casos! ¡Hay más de ochocientos! Contando los que ya se cerraron, y que ellos volvieron a abrir. Siempre vuelven a lo mismo, a lo mismo.”

Los retratos del New Yorker no son la típica entrevista ping-pong de la tele. La ventaja es que cada pieza se autoabastece. En el perfil de Pinochet queda dibujada la personalidad del dictador pero también aparecen su hija, las relaciones con Margaret Thatcher, un recital organizado por la Fundación Allende en el Estadio Nacional o que hay tres multimillonarios chilenos en el ranking de Forbes.

“Carta desde Río de Janeiro: los demonios” hace centro en Iara, la mujer con la frase evangélica en la camiseta. Puede ser el comienzo de una buena película, documental o no, pero al mismo tiempo Anderson se toma el trabajo de averiguar, y contarlo suavemente, sin abrumar, que en el 2008 en Río “hubo casi cinco mil homicidios y al menos la mitad por asuntos de drogas”, que murieron 22 policías y que la policía de Río mata más que cualquiera en el mundo, con 1188 víctimas reconocidas en un año.

La poética de la buena escritura más la poética de la precisión periodística: ésa es la máquina perfecta de Anderson, un curioso sin remedio que muestra la hilacha cuando no puede disimular la admiración por otro gran curioso, Gabriel García Márquez. Una parte extensa del relato sobre el escritor trata de su relación con Fidel Castro. Hay muchos detalles, pero uno llama la atención. Cuando Juan Pablo II visitó Cuba, en 1998, Fidel confió a García Márquez que había tenido un problema con el Papa. García le preguntó cuál. Fidel le pidió que transmitiera un mensaje a los norteamericanos y, si salía bien, le contaría el chisme reservado. García Márquez lo hizo y luego, como un chico, preguntó por el secreto.

Jacobo Timerman, que publicó la primera versión de “Preso sin nombre, celda sin número” en el New Yorker, siempre incitaba a informar, describir y explicar porque, decía, “entender alivia”. Anderson no se guarda lo que ve ni escatima detalles interesantes. Permite entender. Ejemplo: “Chávez es un criollo mestizo, como Simón Bolívar, a pesar de los muchos retratos que lo pintan blanco”. Otro ejemplo, incluido en una “Carta desde Cuba”. Anderson cuenta que Fidel lee a la selección cubana de béisbol los comentarios de la prensa norteamericana luego de una final de Cuba con Japón. “Mientras Castro leía los comentarios de El Nuevo Heraldo de Miami, la cadena ESPN y la BBC, se me ocurrió de pronto que estaba dándoles información de fuentes prohibidas para la mayoría de los cubanos. Si Castro era consciente de aquella paradoja, no dio ningún indicio. Cuando terminó con los artículos, estuvo hablando otra hora sobre los logros de Cuba en medicina y educación. La inquietud de los espectadores iba en aumento, pero Castro no pareció darse cuenta. Quise descifrar la cara de los miembros del Politburó que estaban sentados cerca de Castro, pero no vi más que expresiones disciplinadas y neutrales.”

Publicado en el diario Página/12 de Argentina

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