Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Aguilar Camín frente al Bicentenario

Por DANIEL SWINBURN (El Mercurio)

Héctor Aguilar Camín tiene la doble condición de ser novelista e historiador, aunque él se ha encargado de repetir insistentemente que es “historiador por accidente y novelista por vocación y decisión”. Si se puede ampliar su curriculum al oficio de periodista, gestor y propietario de la destacada revista cultural Nexos, el autor mexicano forma una tríada a la que antiguamente se le podía sintetizar con el nombre de “intelectual”, emulando a las figuras señeras que ejercieron de tales durante el siglo XX.

Hoy esa categoría ha caído en desuso y no se la nombra sin traer a cuento algo de sorna, pues su pasado está indisolublemente ligado a la hipertrofia y la especulación ideológicas del siglo XX. Pero hay algo en Aguilar Camin que recuerda positivamente al intelectual y es, sobre todo, la popularidad y el alcance masivo que tienen sus artículos de opinión y sus libros. Toda una gracia en una época de devaluación crónica de las ideas.

Autor de exitosas novelas como “La guerra de Galio”, “El resplandor de la madera” y “Las mujeres de Adriano”, tiene a su haber también libros de ensayos sobre temas culturales e históricos, como “La tragedia de Colosio” (2004). Frecuente visitante a Chile, en 2001 recibió la Medalla Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral, y en 1986 el Premio Nacional de Periodismo de México. Invitado a Chile al ciclo de Cátedra Globalización y Democracia que organiza el académico Ernesto Ottone en la Universidad Diego Portales, el escritor mexicano respondió algunas preguntas, relativas al tema al que fue convocado: el Bicentenario. Su conferencia del miércoles 28 se titulará “Actualidad del pasado en el presente: reflexiones sobre el Bicentenario”.

-Sol Serrano escribió que a pesar de cierto desencanto en el tono de las celebraciones del bicentenario, la democracia hoy en los países latinoamericanos es más fuerte que aquellas que celebraron el centenario. Que esa fortaleza viene desde la reafirmación de la democracia liberal, acaecida en 1989, con la apertura de la Puerta de Brandenburgo y los festejos del bicentenario de la Revolución Francesa, que volvieron a resaltar la autonomía de la política. ¿Cuál es su opinión?

“Creo que Sol Serrano tiene razón: nuestro balance histórico bicentenario tiene una luz al final del túnel. En general, somos mejores países hoy que en el momento de nuestra independencia. Y mucho mejores en relación con los ideales asumidos entonces. Las instituciones republicanas y los ideales democráticos de nuestras independencias tardaron mucho tiempo en hacerse mundo. Pero avanzamos realmente en eso. Nuestros países están más cerca de aquellos ideales hoy que cuando se propusieron alcanzarlos en los inicios del siglo XIX. Y hemos pagado un precio menos alto por ello que otros países. Pienso en el costo pagado por Occidente para salir del orden monárquico y entrar a la vida democrática estable: las guerras napoleónicas, las restauraciones monárquicas, las dos guerras mundiales del siglo XX, Hitler, Mussolini, Stalin, el Holocausto, Hiroshima, Nagasaki… No hemos pasado por nada ni remotamente parecido a eso”.

-Otra tradición decimonónica latinoamericana que también ha adquirido fuerza es el caudillismo populista, líderes que usan la democracia y el plebiscito para construir un poder autocrático debilitando las instituciones. El republicanismo liberal de 1810 o el caudillismo, ¿tendremos que convivir siempre con este dualismo?

“Creo que prevalecen el espíritu republicano y las aspiraciones democráticas. Lo cierto es que América Latina ve las intentonas caudillescas a lo Chávez como una anomalía, más que como un modelo. Nos parece increíble. Y la Cuba de los Castro, intolerable. Nuestra imaginación política va en sentido contrario. El desafío es cómo hacer productivas nuestras democracias, no cómo sustituirlas con atajos caudillescos o dictaduras exhaustas. Yo creo que los países centrales de América Latina y los países más exitosos, van en sentido contrario al del caudillismo. Ahí están la contención de Lula para no buscar la reelección, y la derrota de Uribe al buscarla”.

Nacionalismo y globalización

-No pocos estudios historiográficos sobre el nacionalismo en iberoamérica realizados en el último tiempo adolecen de un sesgo ideológico que limita la perspectiva de su estudio. ¿Cómo ve usted el futuro del nacionalismo en nuestras repúblicas?

“El nacionalismo es un licor tóxico que hay que tomar en dosis razonables. Está siempre ahí, en cierto modo es uno de los logros de nuestra historia bicentenaria: haber creado naciones efectivas de lo que era sólo un rosario de ciudades coloniales: Buenos Aires, Santiago, Lima, Caracas, Quito, Bogotá o la Ciudad de México. El nacionalismo cohesiona, pero ciega también. Es la hora, por ejemplo, en que podemos ver nuestras independencias como fragmentos de un lienzo más amplio, como partes de un reacomodo central de Occidente. A saber: la disolución del imperio español en los umbrales del mundo moderno”.

-¿Cuáles diría usted son las fuerzas culturales más sanas y compartidas que nos pueden servir para insertar las democracias latinoamericanas en el mundo globalizado?

“Los sectores modernos de nuestras sociedades, los capaces de absorber, traducir y ejercer localmente los cambios científicos y tecnológicos que están transformando el mundo. Los países que sean más flexibles e inteligentes en la adaptación a la modernidad, serán mejores países que los que vayan a la zaga. El problema con la modernidad es que crea y destruye a la vez. Hay que tener hambre por lo nuevo y mucho cuidado institucional con lo que esa novedad destruye”.

-¿Ve a México y a Chile aportando alguna experiencia común a esta conmemoración del bicentenario?

“Chile ha sido ejemplo latinoamericano de un país con equilibrio y con buenos rendimientos en sus tratos con la modernidad. México perdió una gran ocasión en los años noventa y no ha vuelto a levantar la cabeza, aunque México es un país muy superior a la imagen de sangre e inseguridad que hoy describen los medios. Se dice que Brasil lo ha dejado atrás, pero cuando se ven las cifras el caso no es tan claro. En el índice de desarrollo humano, México ocupa la posición 52 y Brasil la número 70. Brasil parece encaminarse ahora a una época de auge y crecimiento. Ojalá. Si Brasil y México tomaran, cada uno a su manera, el camino de Chile, nuestro continente sufriría un cambio histórico en una generación. Podríamos romper la barrera del subdesarrollo en quince años de crecimiento efectivo y buenas políticas públicas de equilibrio social”.

Los peligros de la conmemoración histórica

-¿Cree usted que existe el peligro de una “presentificación” de la historia, exaltando el bolivarismo, el antiimperialismo, la revolución, el nacionalismo o el indigenismo? ¿Afecta ello esta conmemoración?

“Sí, no veo un gran ánimo celebratorio en México, ni hay grandes ecos conmemorativos en el Cono Sur. Creo que hemos perdido la inocencia histórica. En todo caso, quizá lo que nos falta es una narrativa de futuro, algo que nos movilice como sociedad hacia adelante, no hacia atrás. Por eso tienen un auge relativo en algunos países y en algunos sectores cosas como el esperpento bolivariano de Chávez o el indigenismo retro”.

-“Toda conmemoración debería ser la oportunidad de curarnos de ‘la enfermedad histórica'”, se dice. ¿Ve usted un peligro de que estas fiestas sean una nueva ocasión de volver sobre nuestros prejuicios? (Sucedió algo así en 1992, para el Quinto Centenario de América).

“Yo creo que sólo nos “curará” de nuestro pasado una narrativa vigorosa de futuro. Sólo una idea potente de futuro puede darle sentido cabal a la historia que tenemos detrás. La historia es un mundo grande y amorfo, poco significativo en sí mismo para quienes lo miran desde el presente. Se vuelve significativo y fértil cuando los historiadores responden, con rigor, a preguntas del presente”.

-¿Cómo debiera unirse España a estas celebraciones, especialmente en un momento en que el sentimiento antiespañol no es sólo histórico, sino que contemporáneo en algunas regiones de Latinoamérica?

“Creo que acabaremos entendiendo todos que las independencias hispanoamericanas son parte de la historia de Occidente y que sólo pueden entenderse a cabalidad con una visión global del fenómeno. El sentimiento antiespañol es una construcción posterior a las independencias, de las que los españoles fueron actores fundamentales. Fue la crisis de legitimidad de la corona española por la abdicación de Fernando VII lo que desató el proceso de independencia hispanoamericano, no al revés. Y fue en la tradición española de constituir juntas soberanas, que se crearon las primeras juntas independientes en este lado del imperio. Fuera de la herencia y las tradiciones españolas, son incomprensibles las independencias hispanoamericanas, por más que nos empeñemos en negar esa herencia”.

-Algunos afirman que la historia ha sido pasto para la mitología y la sacralización del pasado en Latinoamérica. ¿Podría haber sido el arte latinoamericano más protagonista en nuestras conmemoración independentista?

“Creo que la literatura y las artes plásticas han sido grandes narradoras de historia, surtidores de una visión de la historia más eficaz que la difundida por los historiadores. Tanto, que quizá es hora de revisar también ese caudal. ¿Qué historia nos ha contado la literatura latinoamericana y qué tan atada al pasado fue su versión de la historia? ¿O qué tan nacida de visiones de viajeros y escritores europeos? Me gustaría leer un buen libro sobre eso”.

-¿Puede ser el arte el espacio para pensar el continente, de cara a su tercer siglo independiente?

“Lo será, a querer o no”.

Guadalupismo y laicismo en México

-Mirado desde el punto de vista de la religión, ¿es posible pensar en un “guadalupismo laico”, según su definición del catolicismo liberal de los ciudadanos mexicanos, como destino no sólo para México, sino para todo el continente hacia su tercer siglo de vida independiente?

“Si uno vive en México y no quiere pelearse con su pueblo, sino entenderlo, tiene que ser un “guadalupano laico”, es decir, alguien que acepta el vigor verdaderamente milagroso de ese culto, sin creer en el milagro de utilería de las apariciones. Es una transacción menos desleal al culto de lo que pudiera creerse. La historia del guadalupismo está llena de capellanes encargados del culto, que no creían en la aparición de la Virgen. Es el caso del obispo Schulemburg, quien murió hace poco, y que escandalizó al país diciendo que no creía en Juan Diego, el indio al que se le habría aparecido la Virgen. Si no hay indio receptor, ¿cómo podía haber habido apariciones? Schulemburg, como su antecesor decimonónico, Vicente de Paul Andrade; como el mismísimo obispo coetáneo de las supuestas apariciones, Fray Juan de Zumárraga, no creía en las apariciones, las juzgaba un expediente grosero de uso de la superstición popular. Pero creía en el culto que administraba, porque el culto era y es genuino. Su expansión a través de los siglos, qué duda cabe, es el verdadero milagro guadalupano”.

Publicado en el diario El Mercurio.

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