Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Chile, Haití y el fin del mundo


Por HERIBERTA CASTAÑOS y CINNA LOMNITZ (Nexos)

Uno de los efectos más notables de la nueva economía es la privatización de los desastres. A partir de los años setenta del siglo pasado los gobiernos han estado tomando medidas tanto drásticas como de bajo perfil ante el incremento exponencial de la vulnerabilidad a los sismos, las erupciones volcánicas, las inundaciones, los huracanes y los nuevos riesgos de origen político y social.

Vulnerabilidad y sustentabilidad

En la comedia de Jean Racine, Los litigantes (1668), se encuentra el siguiente diálogo:

Abogado (carraspeando): Antes de que naciera el mundo . . .
Juez (interrumpiendo): Licenciado, por favor, ¡pasemos al diluvio!

Pasemos pues a los riesgos reales, que son muchos. Contemos riesgos, de más a menos probables: huracanes, sismos, inundaciones, incendios forestales, guerras, tsunamis, terrorismo, catástrofes financieras, sequías, totalitarismo, pandemias, accidentes biológicos, accidentes nucleares, hambrunas, fallas tecnológicas masivas, impactos de asteroide, genocidios, ataques nucleares. Cabe señalar que hay también desastres en cadena: entre más fuerte es un desastre, mayor es la probabilidad de que desencadene otros eventos. Por ejemplo, un fuerte sismo puede generar un tsunami que a su vez produzca una inundación que ocasione un colapso financiero.

Hacia 1945 el geógrafo Gilbert F. White originó el concepto de vulnerabilidad para explicar cómo ocurren los desastres. La idea es que el riesgo anual (en dólares) es igual a la probabilidad de ocurrencia (en porcentajes) multiplicada por la vulnerabilidad (en dólares). Esto se parece a los cálculos que hacen las empresas de seguros. Hay un problema: los riesgos de muy baja probabilidad de ocurrencia suelen ser también los menos conocidos y por ello los más difíciles de predecir. Los gobiernos cambian cada sexenio, y se antoja injusto que les toque responder por un desastre como el de Haití o de Chile, que ocurre una vez en 50 o 200 años. Peor aún: antes de 1975 el costo de un desastre cualquiera no pasaba de 20 mil millones de dólares, pero ha ido incrementándose exponencialmente hasta alcanzar cifras astronómicas, de más de 200 mil millones de dólares. Si sigue aumentando, la economía mundial ya no podrá con el paquete y se producirá una crisis de sustentabilidad.

Evidentemente, los gobiernos no pueden seguir aguantando vara indefinidamente.

A partir de 1970, aprovechando el auge mundial del neoliberalismo, varios gobiernos han ido transfiriendo al sector privado la responsabilidad de prevenir desastres. Es el caso de los incendios forestales en Australia, que son muy frecuentes. El sistema es similar al de los gastos médicos mayores, que han subido de tal manera que los sistemas estatales ya no pueden cubrirlos. La ideología subyacente es de tipo eficientista: el Estado no es el mejor agente de seguros ya que crea grandes burocracias cuyo costo es cargado al contribuyente. Se piensa que sería más eficiente que fuera el propio contribuyente quien pagara directamente su protección y que el mercado se encargara de proporcionar este tipo de servicios a un costo razonable. En una economía de libre mercado la consigna es que los gobiernos se limiten a regular y no a monopolizar los servicios. Naturalmente, la prevención es más fácil para manejar la incidencia de casos de hospitalización que de un sismo.

Los desastres de Haití y de Chile

Se ha repetido que Haití era extraordinariamente vulnerable a un sismo de gran magnitud, y en efecto: la destrucción fue enorme. En Haití no existía un solo sismólogo, no había estaciones sismológicas ni normas de construcción.

Pero ¿qué tanto inciden estos factores en la vulnerabilidad? Chile tiene 30 veces la superficie y apenas el doble de la población de Haití, de modo que la densidad de población de Chile era muchísimo menor. En Estados Unidos un sismo de magnitud algo menor que el de Haití causó 67 muertos en la región de Los Ángeles, contra 200 mil en Puerto Príncipe. Sin embargo, hubo 800 muertos en el sismo de Chile. ¿Qué nos dicen estas cifras acerca de la vulnerabilidad relativa de estos países? Chile tenía todo lo que a Haití le faltaba, y las pérdidas económicas fueron similares.

Veamos el problema desde otro ángulo. La forma de prevenir los desastres sísmicos se conoce. Los sismos no matan: son las construcciones. Es probable que las viviendas que se cayeron en Haití no costaran significativamente menos en su momento que las que resistieron el temblor en Chile. El costo de la vivienda no se correlaciona, necesariamente, con la seguridad. En México, por ejemplo, la vivienda prehispánica hecha de materiales ligeros con techos de palapa era económica y mucho más segura contra sismos que la de cantera que acostumbraban los españoles. La Torre Mayor, inaugurada en 2003, es más segura y no costó más, por metro cuadrado de espacio comercial, que los edificios que se cayeron en el sismo de 1985.

Por cierto, las madrigueras de los conejos son muy seguras y para construirlas los animalitos no emplean otra cosa que unos instintos certeros y mucha pata de obra.

Prevenir es mejor que curar

El problema es: ¿cómo prevenir los temblores? No es posible predecirlos. Además, los políticos que recomiendan privatizar el desastre no piensan en eso sino en quién pagará la cuenta: el contribuyente o el mismo político. Las empresas de seguros ya saben quién paga, y su preocupación consiste en saber cuánto cobra la competencia para cubrir el mismo riesgo. No piensan en evitarlo, posiblemente porque viven de la existencia del riesgo. El dueño de un edificio paga el seguro y paga al ingeniero y al constructor de la obra. El ingeniero y el constructor saben quién es su cliente: es el dueño del edificio, y el cliente manda. Finalmente, el ciudadano que renta el departamento vivirá en él y pagará la renta por la seguridad que proporciona a su familia. Pero ¿quién garantiza esta seguridad?

La respuesta es obvia: la seguridad depende de la calidad del trabajo que realiza el constructor y del profesionalismo del ingeniero; además depende del sentido ético y comercial del dueño del edificio, de la competitividad de la empresa de seguros, de las normas de construcción y de su instrumentación por las autoridades, y finalmente de los impuestos que paga el contribuyente. Pero a un tal señor Pérez que habita el departamento no le concierne nada de eso. Solo le importa una cosa: que el edificio no se caiga en un temblor.

Ahora, el dueño de la propiedad podrá ser el empresario de bienes raíces más íntegro y progresista de la ciudad, y sin embargo no controla la calidad del trabajo por el hecho de carecer de los conocimientos técnicos correspondientes. Tampoco los posee el inspector de la delegación: si los tuviera, sería ingeniero o constructor y no funcionario. En cuanto al político y al empresario de seguros, ellos ni se enteran de la existencia del señor Pérez. Al observar docenas de desastres se llega a la convicción de que nadie se ocupa del interés de la víctima potencial o real de este proceso. Por eso hay un principio que debemos mantener incondicionalmente: ninguna vivienda se debe caer en un temblor.

Este principio no es un ideal abstracto: es enteramente realizable. Es posible que el señor Pérez suponga que hay científicos que trabajan día y noche para estudiar la tierra y para prevenir estos desastres que, a pesar de todo, siguen ocurriendo. Es verdad, sin embargo, los aseguradores saben que la proporción más alta de los daños en desastres corresponde precisamente a los dos países que tienen un mayor número de científicos especializados en desastres: Estados Unidos y Japón. Es más, en países como México donde los desastres comportan una suma asegurada relativamente modesta, los mayores daños se registran invariablemente en las zonas de más alto desarrollo económico y social como es, por ejemplo, la ciudad de México.

Entonces, si a mayor desarrollo corresponde una mayor vulnerabilidad ¿cómo podemos prevenir los desastres? Ahí está el terrible ejemplo de Haití, país subdesarrollado si los hay, que está sufriendo el desastre más cruento.

Resolver la paradoja

La paradoja es real y se resuelve de la manera siguiente. Ya lo había señalado Kenneth Hewitt, el distinguido geógrafo canadiense: la vulnerabilidad no es la causa sino uno de los efectos del desastre. ¿Por qué la región de la desembocadura del Ganges en Bangladesh es vulnerable a las inundaciones? ¿Es acaso culpa del Ganges el inundar los terrenos bajos, o más bien de los bengalíes al insistir en seguir viviendo allí? El concepto de vulnerabilidad está de cabeza. Es una manera de culpar a las víctimas de su propia desgracia.

Haití es otro ejemplo. La prensa publica que Haití era vulnerable porque el país estaba hecho un desastre. Hay periodistas que afirman que el desastre fue lo mejor que pudo haberle ocurrido a ese país, porque supuestamente era la única manera de avanzar. La realidad es exactamente al revés. Haití será “refundado” como una zona de maquila, no como una nación independiente.

Hay un camino para prevenir los desastres, y siempre lo ha habido. 1. Tener una economía robusta. 2. Poseer un sistema educativo de calidad. 3. Insistir en el desarrollo social.

El sismo en Chile nos enseña que no basta tener una economía robusta y un sistema educativo de calidad. Es necesario, además, tener persistencia en el desarrollo social. La extensa zona costera de Chile es una región subdesarrollada, de mucha pobreza. Su único recurso, la pesca, fue entregado a grandes empresas que no contribuyen a crear empleos a nivel regional. Esa zona era una de las regiones de mayor abundancia de mariscos de agua fría del mundo: hay especies únicas, deliciosas como el erizo chileno, que están en peligro de extinción. La cría de mariscos es una solución que requiere un importante apoyo financiero y de investigación, a ejemplo de Nueva Zelanda. El turismo es otra salida posible, pero es estacional y precisa de grandes inversiones. Ante todo, es importante darse cuenta que hay un problema social de dimensiones regionales que debe atenderse y tomarse en serio.

¿Y México? El problema es complejo, inmenso. Un análisis exhaustivo, a profundidad, del problema de los desastres revelaría que la situación es totalmente diferente de la de Haití y de Chile. Por nuestra geografía tan especial, los peligros naturales son mucho más localizados y puntuales. El Valle de México debe tratarse como una región aparte: posee problemas políticos, económicos y sociales complejos que necesitan abordarse de manera integral. En la zona conurbada de la ciudad de México los problemas por riesgos naturales y de ingeniería son también serios y complejos: contaminación, agua potable, desechos fluidos y sólidos, comunicaciones aéreas y terrestres, sismos, inundaciones, etcétera. Sobre todo, urge crear un enfoque de urbanismo propio, original, embebido en ideas de sustentabilidad.

El problema de las inundaciones debe empezar a resolverse en forma regional y sobre todo con énfasis en Tabasco. Las soluciones son conocidas y hay ejemplos internacionales tanto en lo que puede y no puede hacerse para recuperar la zona anegada de la costa, que tiene un enorme potencial de desarrollo. Se requiere un nuevo enfoque: desarrollo agrícola-industrial con energía nuclear podría ser una fórmula atractiva. Sin duda, Tabasco es la región de México destinada a un importante desarrollo industrial.

Mucho se ha escrito pero poco se ha hecho para resolver el problema del agua en México. Se avecina un periodo de muchos años de abundantes lluvias. ¿Dónde y con qué las vamos a captar? El desarrollo de las cuencas hidrológicas tiene que abarcar todo el país sin importar las divisiones administrativas. El petróleo se acaba, y faltando energía no se puede hacer esto.

Finalmente, hay una proclividad o afición a imaginar catástrofes de dimensiones globales y hasta universales que podrían significar el fin de la raza humana. ¿Qué haría Hollywood si la gente no pagara para ver el fin del mundo? Quienes tengan curiosidad por estos temores ancestrales pueden consultar la nueva obra de Bostrom y Cirkovic sobre riesgos catastróficos globales (Global Catastrophic Risks, 2008). Es seria, actual y muy recomendable. No tenemos ahora espacio para comentarla. Citemos un pasaje profético de una conferencia que presentó H.G. Wells en 1903 sobre el tema. Según Wells, un misterioso algo o alguien podría venir a destruirnos del espacio, o pestilencia, o alguna gran enfermedad de la atmósfera, algún veneno arrastrado por un cometa, una gran emanación de vapor del interior de la tierra, o unos nuevos animales que se cebaran en nosotros, o alguna droga o locura destructora en la mente del hombre.

Comenta Martin J. Rees en su excelente introducción al libro mencionado: “En el curso del siglo pasado se produjo el auge y el declive de la Unión Soviética y hubo dos guerras mundiales. En los próximos cien años bien podrían surgir configuraciones geopolíticas igualmente drásticas que comportaran un conflicto nuclear entre nuevas superpotencias, el cual podría manejarse con menos habilidad o peor fortuna… Pese a estos riesgos, existen motivos concretos para abrigar un tecno-optimismo. Para la gran mayoría de las naciones nunca hubo una mejor época para vivir que la que estamos viviendo ahora”.

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Heriberta Castaños. Miembro del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Entre sus libros: La Torre y la Calle. Vinculación de la universidad con la industria y el Estado. / Cinna Lomnitz. Sismólogo. Investigador emérito del Instituto de Geofísica de la UNAM. Autor de Los temblores.

Publicado en la revista Nexos de México.

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