Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El germen de la mafia

Por JESÚS RUIZ MANTILLA (El País)

Antes de que nadie supiera qué era la gran mafia, Giuseppe Morello ya ejercía de capo en Nueva York. Esta es la historia del siciliano pionero de la organización criminal en EE UU.

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Al filo de 1900, nadie conocía en Nueva York el significado de la palabra mafia. Ni lo que encerraba, ni de dónde provenía, ni qué misterio sangriento llevaba en las entrañas. Benedetto Madonia era de los pocos que sí lo sabían. Y eso que ni sus más determinantes dirigentes pronunciaban jamás el término. Sabía que era una organización secreta que regía la vida de los sicilianos allá donde se encontraran a través de una complicada y nada transparente jerarquía. Si alguien encarnaba con todas las consecuencias su definición, era un tipo altivo, de ojos negros, piel áspera como la lija, calculador e implacable, con sólo un dedo en su izquierda. Se llamaba Giuseppe Morello. Pero todo el mundo le conocía como Mano de Garra.

Hacia 1903, cuando éste personalmente arrancó la vida de un tajo en el cuello a Madonia y ordenó que lo metieran en un barril, la policía y la opinión pública empezaron a ser conscientes de qué quería decir mafia: crimen, venganza, negocios sucios, extorsión y algunas cosas más.

En la época en la que Giuseppe Morello embarcó hacia América, lo hizo huyendo de un pasado delictivo en su pueblo natal. Él tampoco debía de saber qué significaba aquella palabra. Pero en el futuro se esmeró por pulir sus aristas. “La Mafia no es nada concreto, es un estado de ánimo para los sicilianos”, comenta Mike Dash, autor de La primera familia (Debate). El libro cuenta el ascenso, carrera y caída del clan Morello, el primero que forma en Nueva York una red criminal con bifurcaciones en todo el país que después pasaría a la historia como el germen de la Mafia en Estados Unidos.

“La importancia de Morello es fundamental. Hasta ahora, en Estados Unidos se situaba el origen de la Mafia en los años treinta con la prohibición, pero él tejió una red criminal pionera dos décadas antes”, asegura Dash. Lo raro es que hasta el momento, este personaje cuyos rastros quedaron en casi todos los archivos de importancia haya pasado casi completamente desapercibido en la historia. “Yo encontré su nombre en el libro que inspiró la película Gangs of New York, escrito por Herbert Ashbury, pero apenas le dedicaban unos párrafos. Me pareció lo suficientemente interesante como para rastrear su vida”.

Así que Mike Dash empezó a mirar archivos. Encontró petróleo en los de los servicios secretos, y todo accesible. Desde el historial delictivo, las condenas, los orígenes… El rastro de una historia que guardaba varias similitudes con El Padrino, esa obra fundamental escrita por Mario Puzzo y llevada al cine por Francis Ford Coppola.

También Giuseppe Morello había nacido hacia la década de 1860 en Corleone, un pueblo con carácter que literalmente quiere decir “corazón de león”. Fue fundado en el siglo X por los sarracenos y se asentaba sobre un lugar estratégico junto a la carretera que lleva a Palermo. Que Corleone lleve unido a su nombre el de la Mafia lo ha querido el arte, la historia y el presente. De allí provenía don Vito Corleone, protagonista de El Padrino; allí nació Morello y allí detuvieron en 2006 a Bernardo Provenzano, el último gran capo mafioso italiano.

A finales del siglo XIX, en Corleone, los curas llevaban pistolas noche y día, y los asesinatos eran práctica común. En medio, sus 20.000 habitantes sobrevivían como podían a la pobreza, la sequía y las adversidades que les hicieron emigrar en masa hacia otras tierras de promisión.

Morello también se fue. Pero, en su caso, lo hizo huyendo de la justicia. Se dedicaba, como casi todos los miembros de la organización incipiente entonces en su entorno, al robo de ganado. Pero lo que le marcó fue su primer asesinato. Al parecer, fue el encargado de cargarse a Giovanni Vella, un tipo audaz y decidido a desbaratar el principal negocio mafioso que no era como el común de los guardias rurales.

El joven aspirante a capo salió por piernas, y un año antes de que se resolviera el caso se encontraba en Nueva York, un lugar muy diferente a Corleone. Bullicioso y humeante; húmedo y a expensas de vientos que helaban literalmente los huesos. Pero con futuro. Eso que los italianos del sur no eran bien recibidos por aquella época.

La adaptación era difícil y se empeñaban en preservar sus propias reglas donde ya regían otras muy diferentes. Las autoridades vigilaban con celo a napolitanos y sicilianos, una verdadera cantera de delincuencia. De hecho, de cada 20 italianos a los que se registraba en Ellis Island, la puerta de entrada a la ciudad, a 19 se les encontraba bien un cuchillo o bien un revólver. Y, lo que parecía casi peor, todo un foco de peligro revolucionario en el que se escondían anarquistas y socialistas dispuestos a dinamitar el sistema.

Morello no pertenecía a estos últimos: “Era un siciliano con espíritu emprendedor, que supo ver en Estados Unidos todo un abanico de oportunidades para poner en práctica sus ideas criminales”, asegura Dash. Comenzó por abajo y bien protegido por su padrastro, Bernardo Terranova, que se casó con su madre en Sicilia poco después de que el padre de Giuseppe muriera. Los miembros de la familia se sintieron pronto a salvo en los bajos fondos de Little Italy, entre los contornos de Mulberry y Elisabeth Street, agazapados en callejones como Mulberry Bend, donde un reformador social como Jacobo Riis afirmó: “No hay un solo metro de este lugar que no haya presenciado un acto de violencia”.

Pero el ‘crash’ económico de 1893 había hecho estragos. Más que los que siguieran después en el 29, según algunos expertos, y Morello se vio obligado a emigrar al sur. Recorrió Texas y Luisiana, donde podía ganar un dólar y medio por 16 horas de trabajo al día. Puede que ya entonces extorsionara a otros sicilianos. Cuando regresó a Nueva York, el panorama había cambiado. El número de compatriotas suyos se había triplicado en la última década del XIX hasta albergar a 150.000, y la economía italiana volvió a ser floreciente.

Crecía la demanda de limones, aceite de oliva y vino. La alcachofa, ingrediente fundamental de la sopa minestrone, llegaba directamente de California. Los negocios se multiplicaban. Había estallado una especie de edad de oro de la extorsión. Empezaron a circular las cartas con amenazas. O te destrozaban el establecimiento, o acababas en el fondo del río. Hasta el tenor Enrico Caruso llegó a recibir una en la que le pedían 15.000 dólares. Eran los años en los que todo pasaba por las diferentes bandas de la Mano Negra. Pero su modo de actuar, a pequeña escala y sin vistas más allá de pequeños comercios y sumas, se quedaba en nada para los planes de Giuseppe Morello. “Para él fue tan sólo una fuente de inspiración”, escribe Dash en su libro.

Las intenciones de este criminal ambicioso y visionario iban más allá. Hasta 1899, además de trabajar en el sur, había comprado un almacén de carbón y regentado una cantina. Pero pronto decidió volver a un antiguo oficio en el que era todo un experto: falsificador. No le costó montar una red nacional con contactos en Kansas City, Nueva Orleans, Belle Rose o Seattle. Empezó en una habitación vacía. Así es como entre 1900 y 1903 logró impulsar definitivamente la primera banda mafiosa de Manhattan y también del crimen organizado en todo Estados Unidos.

De la falsificación pasó a los negocios inmobiliarios. De los negocios inmobiliarios, al juego: de ahí, al narcotráfico… ¿En qué se diferenciaba entonces la banda de Morello de cualquier organización mafiosa del siglo XXI? “En muy poco, la verdad”, comenta Dash.

Un rasgo que empezó a hacerle único fue la elección de personal. Buscaba en todo momento la absoluta lealtad. Sus hombres provenían de lazos de sangre o del mismo pueblo. Las cartas eran firmadas con sus nombres y un saludo: “Todo Corleone”. Eran un ejército en el corazón de Estados Unidos proveniente de aquella paupérrima zona de Sicilia.

Había alguna excepción. Como el caso de uno de sus hombres de máxima confianza. Ignazio Lupo había nacido en Palermo. Era 10 años más joven que Morello y extremadamente sagaz. Supo aportar, explica Dash, “cerebro, imaginación y cierto refinamiento a la banda”. También fue despiadado y cruel. Por eso y por su apellido, sus enemigos le conocieron como The Wolf (el lobo).

Pero no todo salió bien. Las incursiones en el ladrillo no funcionaron. Eran una tapadera que implicaba, sin que él llegara a tener conocimiento, a uno de los más reputados empresarios italianos: Ignatz Florio. Utilizaron su nombre para crear una cooperativa, pero fracasaron. La cosa no hubiese ido más allá si no fuera porque los responsables de otras familias a las que convencieron para invertir le amenazaron de muerte. Mano de Garra sabía que solían cumplir sus promesas, así que decidió centrarse en lo que mejor sabía hacer: la falsificación.

Para la nueva etapa, Morello se rodeó de dos hombres clave. Le harían todavía más rico. Pero, a la larga, uno de ellos le llevaría a la ruina. Sus nombres eran Antonio Cecala y Antonio Comito. El primero se había encargado de los seguros de la familia. El segundo, un impresor calabrés que fue obligado por la fuerza a trabajar para la familia.

La trama fue sofisticada. Emitían unos 500 billetes diarios por un valor de 20.400 dólares. Pero no había nada, por muy enrevesado que pareciera, que pudiera acabar con el ánimo de otro hombre obsesionado con desenmascarar a Morello. Joseph Petrosino, se llamaba. El policía más conocido por los italianos de Nueva York. Su apellido quería decir en dialecto del sur “perejil”. Cuando le veían aparecer por Little Italy, los colaboradores de las bandas gritaban: “¡Al rico perejil!”. Suponía suficiente aviso para que los gánsteres tomaran precauciones.

Petrosino era un tipo reservado. Dedicado por entero al trabajo, con una excepción: las horas que recargaba yendo a la ópera. Tocaba el violín y se casó ya muy tarde, a los 48 años, con una viuda, Andelina Saulino, nueve más joven que él. Poco después de que naciera su primera hija, Petrosino recibió un encargo al que no pudo negarse. Su jefe, el general Theodore Bingham, había decidido que se trasladara a Italia para recopilar las hojas, los datos y los antecedentes de los delincuentes más peligrosos de la ciudad. La misión le llevaría tres meses.

Petrosino aceptó, pero con poco ánimo. Sabía que en Italia su situación no era tan segura y prefería no alejarse mucho tiempo de su familia. Los temores no eran caprichosos. Y su falta de seso, tampoco. Relajó demasiado sus prevenciones. “Subestimó el poder real de la Mafia. Era un italiano muy americanizado y poco consciente a esas alturas de hasta dónde podían llegar”, comenta Mike Dash.

Si en Nueva York les resultaba muy difícil a las bandas acabar con él, no iban a desaprovechar la oportunidad en un terreno que también dominaban. Petrosino no consideró fundamental pedir protección a su llegada a Sicilia, quizá porque no se fiaba de la policía local. O quizá por exceso de confianza, ya que tampoco iba armado el día en que le dispararon junto al jardín de Garibaldi, en la Piazza Marina.

La noticia corrió rápido. El cadáver, en cambio, tardó un mes en llegar. Su entierro fue un acontecimiento popular. Las pruebas reunidas sirvieron en parte para meter a Mano de Garra y varios de sus secuaces en la cárcel con penas duras. También sirvió el testimonio de Antonio Comito, a quien hubo que proteger y que acabó huyendo a Suramérica. Lo que había empezado en gran parte Petrosino tuvo que acabarlo el jefe William Flynn, que desde el asesinato del barril había dedicado casi todos los esfuerzos del servicio secreto a acabar con la Mafia, y concretamente con el clan Morello.

Escarmentar a quien ya se conocía en todos los círculos como el cabeza principal de la organización en el país serviría de mucho. Finalmente, todo el proceso acabó en un juicio que dio comienzo el 26 de enero de 1926. La sala estaba abarrotada de sicilianos. Los Morello consiguieron un alarde de fuerza, con intimidaciones incluidas. Dos cuchillos, uno en la pared de la oficina del aguacil y otro clavado en los banquillos del jurado, no lograron aplacar ánimos. Tampoco reducir los cargos: 548 en total. La familia contaba con que no se pudieran probar. Pero lo que no habían previsto era contrarrestar el testimonio de Comito, que lo soltó todo el último día de la vista.

La sentencia fue un golpe: 25 años de trabajos forzados y una multa de 1.000 dólares para Giuseppe Morello. 30 años para Lupo. Ambos se desmoronaron. Sabían que a partir de entonces nada volvería a ser igual.
Publicado en el diario El País de España.

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