Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La tarea más urgente: pensar

Por CRISTIÁN WARNKEN (El Mercurio)

A los grandes hombres y a los grandes países se los reconoce no sólo en sus victorias, sino sobre todo en sus derrotas. Cuando se supo que Salvador Allende había ganado las elecciones presidenciales, en la tarde del 4 de septiembre de 1970, en un departamento del pasaje Matte comenzaron a penar las ánimas. Todos los “leales” al candidato derrotado se habían esfumado por arte de magia. Una niñita de largas trenzas y ojos azules y transparentes y piel muy blanca, como salida de un cuento de hadas chileno, escuchaba a todos preguntar a su alrededor: “¿Dónde está el tío Jorge?”. El candidato había desaparecido como un fantasma más en esa casa de fantasmas ilustres. La niña corrió a buscarlo y terminó por encontrar al ausente en una sala de estudios atiborrada de libros de viejo empaste. Ahí estaba, ensimismado y silencioso, absorto en un volumen polvoriento. La niñita no recordaría, años después, si leía un libro de historia, o un clásico de la literatura.

—Tata, ¡pero qué hace usted aquí leyendo, cuando todos lo necesitan allá abajo para que hable!

El abuelo se sacó los anteojos, la miró directo a sus ojos azules y le dijo, con voz cansada: “Estoy estudiando para entender por qué perdimos…”.

El candidato que estaba buscando la respuesta a la derrota no en el análisis de sus expertos electorales, sino en Séneca o Barros Arana, era Jorge Alessandri, y la niña no olvidaría nunca la lección: a las derrotas, para ser entendidas, debemos dedicarles, apenas sucedidas, horas de estudio y honda reflexión. Claro, esto dicho en el “país de las prisas” en que nos hemos convertido, suena estrambótico.

Recordé esta escena que me contó hace unos años la niña de las trenzas, ya crecida, a propósito del cónclave de la Concertación, salpicada de enredos shakesperianos “a la chilena”, con más farándula de altura y autocomplacencia que genuina voluntad de pensar a fondo las causas de la derrota de diciembre.

¿Alguien ha escuchado una sola “Idea” (y digo idea con mayúscula, no eslogan) entre los acuchillamientos, pasilleos y comidillos de la baja política? Más que un cónclave para pensar Chile, esto se parece a un aquelarre de facciones y clanes, de díscolos y autocomplacientes unidos no por la noble tarea de elaborar un pensamiento común, sino por un atávico instinto de supervivencia.

De ahí no puede salir algo grande para Chile, que anhela, de su clae dirigente, grandeza. Sobre todo en esta hora. Las construcciones que en Chile han resistido a las catástrofes naturales y políticas son las que fueron hechas por visionarios inspirados, gente ilustrada, cultísima, amante de la belleza y la verdad, estadistas del tamaño de un Andrés Bello, un Vicuña Mackenna, un Ignacio Domeyko, un Lastarria. Ellos conjugaron un verbo cada vez más en desuso en nuestra gramática nacional: pensar.

¿Quién, hoy, en nuestra élite dirigente, está de verdad pensando? Afortunadamente los hay, pero pocos y perdidos en una gran jalea cuyos ingredientes son el cortoplacismo de la calculadora electoral, unido a un narcisismo mediático sin límites y una avidez por el poder patética y pequeña, enfermedad que ya contagió —y de forma virulenta— a los “jóvenes” que decían querer “cambiar la forma de hacer política”.

¿Cuántos de nuestros diputados tienen una formación intelectual sólida? ¿Qué saben de lo que está pasando en la ciencia de frontera hoy? ¿Quién se ha preocupado de leer a Confucio y Lao-Tsé para entender cómo piensan los chinos, nuestros grandes compradores de cobre y de los que dependeremos en el futuro?

Mucho más que expertos en imagen y gestores, necesitamos políticos que piensen no desde la urgencia, sino desde un horizonte. Para que una niña de trenzas y mirada pura pueda escuchar lo que ellos dicen con admiración; ellos, que debieran ser nuestros sabios de las victorias y las derrotas, y no meros operadores de la historia.
Publicado en el diario El Mercurio.

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