Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Los empresarios y los impuestos


Por CARLOS PEÑA (El Mercurio)

El tema de los impuestos —quién da cuánto al Estado— es uno de los temas que permiten asomarse a la ideología del empresariado. Los empresarios son alérgicos a los impuestos. Huyen de ellos como de la peste. Lo dijo el presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio, Rafael Guillisasti —alguna vez él se opuso a la propiedad privada y hoy es enemigo de los tributos—, cuando salía de una reunión con Piñera: “No somos partidarios de un alza de impuestos”.

Si descontamos la cicatería, ¿de dónde les viene esa aversión?

En primer lugar, de una convicción moral. Los impuestos se les antojan una forma de trabajo forzado. De sus ocho horas diarias de trabajo, el Estado lo fuerza a usted, ejemplifican, a entregar una parte. Y aquí y en cualquier lado quitarle a la gente lo suyo es malo. ¿Pero acaso no son imprescindibles los impuestos para mejorar la suerte de los más pobres? Tampoco, responden. Los impuestos son una forma de caridad coactiva que vulnera la libertad de la gente respecto de qué hacer con su dinero. La Teletón y la Cena de Pan y Vino son superiores al Servicio de Impuestos Internos porque permiten la ayuda no coactiva (y traen foto).

El otro argumento que suelen esgrimir es relativo a la eficiencia. Los impuestos altos, sostienen, desalentarían el esfuerzo y la inversión. Si usted sabe que por cada peso adicional que gane, una tajada cada vez mayor irá al Estado, entonces usted, salvo que sea estúpido, trabajará menos. El resultado es que la sociedad se hará más pobre y aquellos a los que usted quería ayudar saldrán perdiendo (este argumento ¿lo sabrán los empresarios? es una variante de uno que imaginó Burke a fines del siglo XVIII).

Así, concluyen los empresarios, los impuestos son indebidos y además perjudiciales. Si hubiera menos impuestos, el mundo sería más correcto y más rico. Es mejor —concluyen— dejar que la gente trabaje sin amenazas y cree riqueza. Eso nos beneficiará a todos.

¿Son correctos esos argumentos? No del todo.

No cabe duda que los más ricos han obtenido su fortuna trabajando (Balzac no estaría de acuerdo: él pensaba que tras toda fortuna se esconde un crimen). Pero aún así hay razones que enseñan que obligarlo a usted a dar una parte de lo que gana (para así beneficiar a los que les ha ido mal) no es inmoral. Ocurre que los talentos que usted ejercita para obtener su dinero (sus habilidades, sus redes) no son del todo suyos. Una porción es resultado de la lotería natural y no del mérito. Así entonces es correcto que parte de su renta la tratemos como si fuera una cosa que pertenece a todos (esta es también la razón de por qué las discapacidades que vienen de la cuna merecen la ayuda de todos: a cualquiera le pudo tocar).

El argumento de la eficiencia tampoco es terminante. Descontado que reposa sobre un supuesto que puede discutirse (que la gente no incorpora el bienestar ajeno al suyo), cuánto contribuyan o no los impuestos al bienestar social depende de en qué se gasten. Intuitivamente es correcto sacar una tajada a algunos si con ello usted produce una plusvalía superior al perjuicio que causó (así lo enseñaban Kaldor y Hicks). ¿Acaso no es eso lo que ocurre cuando, con cargo a impuestos, mejoramos la educación y el capital humano disponible? ¿No ganamos todos? Y para qué decir cuando se trata de reconstruir los daños del terremoto.

Pero, claro, los tiempos no están para estas sutilezas y de pronto el alza de impuestos se trata como si fuera un unánime mal menor, algo que hay que aceptar apretando los dientes y cruzando los dedos, como quien se ve obligado a manipular explosivos. Algo que se acepta por pragmatismo, no por convicción.

El propio Rafael Guillisasti lo puso de manifiesto al salir de la reunión del lunes. Si los impuestos subieran, dijo resignado, de todas maneras los empresarios “acatarían”.

Habrá entonces —por intermedio de don Rafael— que agradecerles a los empresarios su buena voluntad.

Faltaba más.

Publicado en el diario El Mercurio de Santiago.

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