Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Chile se partió en dos

Por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

Esta semana se cumple un mes del terremoto más largo de la historia. Siete minutos, 8,8 grados en la escala de Richter y un ‘tsunami’ que ha dejado alrededor de medio millar de muertos. Éste es un viaje tras las huellas de la catástrofe.

¿Por qué el hijo de Superman es el niño que mejor se porta en la escuela? Porque es supermansito”. A Fernando Roa Verdugo, Feño, le gusta contar chistes. Los tiene blancos como el de Superman pero también rijosos y políticamente incorrectos. Puede que los suyos no sean los mejores chistes de Chile, pero si alguien tiene derecho a contarlos es él, que desde que el terremoto puso el país boca abajo la noche del 27 al 28 de febrero se pasa 14 horas diarias recorriendo las comunas del Gran Concepción –un millón de habitantes– para llevar alimentos y medicinas a familias aisladas en sus casas. O en lo que queda de ellas.

Él mismo toma Amprozalán, un fármaco, dice, “para contener la emoción” ante lo que se encuentra cada día. Se lo suministra Marcela Rodríguez, una psiquiatra “muy guapa” –“por dentro y por fuera”, se apresura a matizar– que trabaja como voluntaria en radio Bío Bío de Concepción, el símbolo de la tragedia chilena, la segunda ciudad más importante del país, a 500 kilómetros al sur de Santiago.

Desde el principio y ante el colapso de las comunicaciones, la emisora se convirtió en centro de distribución de medicinas para enfermos crónicos. En cuanto termina el toque de queda impuesto para contener los saqueos de los primeros días, su sede de la calle O’Higgins se convierte en un hervidero de gente que sigue las reglas que presiden la entrada: “Nombre remedio / Dosis (ej. 20 mg) / No repetir dosis / Letra clara”. Por los huecos de una reja cerrada, los voluntarios reciben los pedidos y papeles con avisos de socorro para difundir en antena: conocer el paradero de Nelson Araya, desaparecido, pedir a los empleados de una tienda quemada que acudan vestidos con ropa de trabajo o que dejen de llamar “ladrones” a todos los habitantes del barrio de Boca Sur aunque algunos de ellos hayan sido detenidos en medio del pillaje.

Con un café soluble, un trozo de pan y la dosis de Amprozalán en el estómago, Feño sale temprano y vuelve cargado de chistes regulares y de noticias malas. Un día son las 40.000 casas destrozadas en Lota, icono del antiguo esplendor minero de la zona. Otro, la historia de una madre que ha enterrado a su hijo en un lugar llamado Villa Futuro. Él es asistente social en paro y trabajó como cartero para pagarse los estudios. Así que conoce cada comuna con los ojos cerrados.

Feño vive en Penco, pero el terremoto le pilló en Concepción el mismo día en que cumplía 39 años, en casa de su hermana, en el barrio que linda con la universidad. “Tuve un cumpleaños movido”, dice tirando de otro chiste. Algunos aseguran que fue a las 3.34, pero él sostiene que a las 3.29 de la madrugada empezó todo. Lo sabe porque el reloj del campanil que preside el campus cercano se detuvo a la hora precisa en que la placa tectónica del Pacífico se acomodó con la continental para desatar un terremoto de 8,8 grados en la escala de Richter y terminar dejando un rastro de alrededor de medio millar de muertos. Su hermana, Carolina, y su cuñado, Enrique, acababan de volver de la Fiesta de Chile, en el Estadio Atlético. Todavía hay banderolas que la anuncian: doblemente anacrónicas; otro reloj parado. Se acababa el verano. Era sábado. El lunes empezaba el nuevo curso.

Fue entonces cuando la casa de madera comenzó a moverse. “Parecía un barco en alta mar”, recuerda Feño. “Pude reunirme en la puerta con Enrique, Carolina y los cabros [niños], que habían salido al tiro”, recuerda. “La luna estaba linda. Tras el estruendo de los muebles cayendo hubo mucho silencio. Era extraño. La gente no gritaba”. Ni siquiera los niños. Nicolás, el mayor (10 años), llevaba la cuenta para ver si el movimiento sísmico superaba los 20 segundos. Era su modo de saber si era terremoto o temblor. Con un pico de 90 segundos, al final duró siete minutos: el seísmo más largo de la historia. Se metieron en el coche a esperar a que terminaran las réplicas y a que por fin amaneciera: “De noche, un terremoto es el caos”. La luz se había ido, no había agua y en el suelo de la casa los vasos rotos se mezclaban con la guía Turistel de Chile, las novelas históricas que le gustan a Carolina y un libro de Enrique cuyo título parecía un sarcasmo: Los 1001 discos que hay que escuchar antes de morir.

A esa hora el terremoto ya había destruido varias torres de apartamentos en el centro de la ciudad y dos de los cuatro puentes que cruzan los dos kilómetros de cauce del Bío Bío. Tres coches se precipitaron al agua: siete muertos. Lo peor, no obstante, estaba por llegar. El epicentro del seísmo se había localizado a 90 kilómetros al noroeste de Concepción, en el lecho del océano Pacífico. Dicen los manuales que a todo terremoto de más de 7,5 grados con epicentro en el mar le sigue un maremoto. Los padres de Feño, que estaban en su casa de Penco, en la costa, a sólo 11 kilómetros, lo sabían. Por eso salieron del apartamento para ir a una de las colinas del pueblo. Grimanesa Verdugo, la madre, había vivido allí mismo, con 10 años, el gran terremoto de 1960: 9,5 en la escala de Richter, el de mayor magnitud en la historia del planeta desde que hay registros. Aquella vez el maremoto consiguiente llegó hasta Japón, a 10.000 kilómetros de distancia.

Esta vez, sin embargo, la ola no llegaba. “En el cerro”, cuenta Fernando Roa, su esposo, “las únicas noticias las tenía un vecino que lleva siempre una radio vieja. Lo que nos habremos reído de él por esa radio. Sólo se escuchaba una emisora argentina: el centro de alerta de Hawai avisaba sobre la inminencia de un tsunami. Llevábamos tres horas allí y empezaba a clarear cuando oímos los altavoces de los coches de la municipalidad diciendo que bajásemos al pueblo, que no había ningún riesgo. Y bajamos”. Estaban en su casa cogiendo ropa, barriendo vidrios rotos y el elefante de cerámica hecho añicos cuando se oyó una voz: “¡Se salió el mar!”. “Pensamos que era una cañería rota, pero el agua no dejaba de subir”, relata Grimanesa. “Estábamos en la calle cuando pasó un taxi vacío que nos subió de nuevo al cerro. El agua le llegaba a las ruedas”. Y añade un refrán para supervivientes: “Soldado que arranca sirve para otra guerra”.

Fernando y Grimanesa, refugiados ahora en casa de su hija por temor a las continuas réplicas, han vuelto a Penco para ver cómo están los vecinos, que todavía duermen fuera de las casas. Están en la puerta cuando llegan dos muchachos con una furgoneta cargada de cajas con pescado congelado. “Abrieron la salmonera”, dicen sin especificar si fueron ellos mismos quienes la abrieron. Nadie pregunta. Algo nerviosos, ofrecen una pieza de salmón. “Esta noche, un gustito”. Un alto en la rutina de infusiones y pan amasado en casa de los que cuentan todavía con cocina a gas. Los que manejan dinero no tienen dónde gastarlo. Todo sigue cerrado.

No es la primera vez que los Roa vuelven a Penco después del terremoto. A Grimanesa la primera se le cayó el alma a los pies. El maremoto convirtió la playa en un vertedero, tapizó las calles de lodo y las amuebló con electrodomésticos forrados de algas, televisores destripados y casas completas de madera empujadas al interior del pueblo desde la misma orilla. “Lloré harto”, le dice, subrayando el modismo chileno, a su vecina Julia Muñoz, una enfermera que trabaja en el hospital instalado por el Samur español en el campo de fútbol y cuenta que después de atender las heridas y fracturas llega la hora de prevenir las posibles epidemias provocadas por la falta de agua y por la basura que se acumula al sol. También cuenta que el autobús que la traía desde Santiago se paró en Chillán, a una hora de distancia en coche. Desde allí se puso a caminar junto a otros pasajeros: “Todos en fila con la maleta en la mano”. Un éxodo de película rodeado del miedo a los presos que se habían escapado de la cárcel durante el terremoto y de los que se decía que andaban saqueándolo todo.

El sitio que ahora ocupa Penco fue el lugar en el que Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, fundó la primitiva Concepción en 1551. Aquí estuvo hasta que dos terremotos arrasaron la ciudad en el siglo XVIII y obligaron a trasladarla al interior. Desde la playa se ve toda la bahía de Concepción. En el centro hay encallado un barco de guerra que se salió del astillero el día del cataclismo. Más allá la vista se pierde en Talcahuano, el mayor puerto industrial y militar del Pacífico al sur de Panamá, un punto estratégico en un país con 4.300 kilómetros de costa, y sede también de la refinería más importante de Chile. Todo quedó seriamente tocado por un maremoto que dejó allí 90 muertos en la primera semana sobre un total de 279 identificados en ese mismo tiempo en el conjunto del país. Como dice otra expresión local, allí “quedó la escoba”. En la misma noche en la que durante horas las autoridades descartaron la alerta de tsunami, olas de entre tres y nueve metros arrasaron el barrio portuario de Talcahuano lanzando barcos y contenedores contra las casas.

¿Por qué nadie dio la señal de alarma? Esa pregunta entretiene las horas de conversación a la luz de las velas, en la reclusión impuesta por el toque de queda. En casa de los Roa Águila, además, cada nueva visita recuerda qué hacía en el momento del terremoto. Los seísmos son parte de la historia de Chile. Regularidad sísmica lo llaman. Después del terremoto del día 28 de febrero la tierra no paró de temblar. Dicen que durará tres meses. De la “regularidad sísmica” forman parte los 80 temblores que, sin ser réplica de ninguna tragedia, son detectados a diario en Chile por los sismómetros pero que pasan inadvertidos a los seres humanos. También los 45 terremotos destructores –es decir, de magnitud superior a 7,5 grados– reseñados en el país en los últimos 450 años. Muertos aparte, el terremoto de 1985 provocó pérdidas cercanas al 9% del PIB de Chile. En esta ocasión, todavía en medio del recuento, las cifras se mueven en un arco también sísmico: entre los 1.200 millones de dólares que maneja el Gobierno y los 12.000 (el 15% del PIB) apuntados por algunas consultoras privadas.

Antecedentes como ésos son los que convierten en un drama absurdo las seis horas de confusión que impidieron que alguien anunciara debidamente un maremoto mucho más destructivo que el terremoto del que nació. Apagón de las comunicaciones en la Oficina Nacional de Emergencia, un anuncio a la presidenta Bachelet de que el epicentro estaba en tierra y el aviso desde Hawai recibido en el Servicio Oceanográfico de la Armada por alguien que no hablaba inglés son algunos de los capítulos de una historia que terminó mal, impropia de un país que tiene por costumbre quebrarse regularmente.

Uno de los que más saben de esa vieja costumbre es el geólogo Adriano Cecioni, un hombre bronceado y fibroso de 62 años que fundó hace más de tres décadas el Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Concepción. En su casa, desde la que se ve el campus en el que trabaja, Cecioni se disculpa por no ofrecer café (no tiene agua). “Me faltan datos todavía, pero creo que entre el sábado y el domingo hubo réplicas superiores a 7 grados”, explica. “Por eso hubo olas durante tanto tiempo. Aunque el epicentro estuvo fuera de la bahía. De estar dentro el resultado habría sido más devastador aún”. La leyenda urbana de los últimos días afirma que estaba delante del sismómetro en el momento del terremoto, pero él aclara que estaba durmiendo. Le despertó el seísmo y se sentó en la cama “para ver cómo se comportaba la casa. La estructura de la vivienda aguantó bien. Me estafaron en los acabados”, sostiene señalando la grieta de un tabique.

Hace años que Cecioni preparó un informe sobre los riesgos de terremoto y maremoto en Chile del que se derivó un proyecto para crear una red de centros de información del nivel de los que tienen países de riesgo como Japón o Estados Unidos. La idea es obtener con rapidez datos fiables con los que tomar las decisiones adecuadas en caso de emergencia, cuando es vital, por ejemplo, saber correctamente el lugar del epicentro para determinar si hay o no riesgo de maremoto. Semanas antes de la última tragedia, Sergio Barrientos, director del Centro Sismológico Nacional, reconocía que ahora ese cálculo duraba media hora porque se hace “prácticamente a mano”.

Adriano Cecioni, que parte de la base de que “los terremotos son imprevisibles”, cuenta que hace dos años su proyecto pasó la comisión de presupuestos de la región del Bío Bío. La fatalidad quiso que el último filtro tuviera que pasarlo en la primera semana de marzo. La Tierra no esperó. Dice Cecioni que las mayores resistencias las encontró siempre en la ahora cuestionada Oficina Nacional de Emergencias. No se explica las razones: “En vez de educar a la gente parece que quieren que eduquemos a los terremotos para que actúen siempre en horario de oficina”.

Charles Darwin llegó a Concepción en 1835, cuatro días después de que un terremoto dejara maltrecha la ciudad. Con esa fecha como referencia y estudiando la periodicidad de seísmos anteriores y posteriores, Cecioni llevaba décadas insistiendo en el riesgo que se avecinaba: “Como la gente quiere algo imposible –saber una fecha concreta– terminé acuñando una frase: falta un día menos”.

Además, ante la evidencia de que los edificios más afectados por el último terremoto han sido de nueva construcción, el profesor insiste en la necesidad de ser más rigurosos en los estudios geológicos previos a la construcción de cada rascacielos. Y de no transigir con la negligencia de muchas constructoras que el día 28 costó muchas vidas. Ante el clamor que pedía derruir pronto los inmuebles cuya estructura había quedado gravemente afectada, Lorenzo Constans, presidente de la Cámara de la Construcción de Chile salió al paso diciendo que no cundiera el pánico. “La torre de Pisa lleva siglos inclinada”, dijo. Cecioni, toscano de nacimiento y doctorado en la Universidad de Pisa, ahí es rotundo: “Este hombre debería leer un poco. Se acabó el tiempo de la diplomacia. Alguien debería decirle, con todo el respeto, que es un estúpido”. Él mismo vio hace 10 años cómo el proyecto en el que levantó los Mapas de Inundación de la bahía de Concepción fue recibido con más que suspicacia por las constructoras, temerosas de que sus datos echaran para atrás a los clientes.

Si la devastación de la costa es la fotografía del maremoto, la imagen del terremoto que le precedió es la del edificio Alto Río, un inmueble de 15 plantas de apartamentos que la noche del terremoto se desplomó en Concepción como un árbol abatido con un hacha. Hacía apenas seis meses de la entrega a sus inquilinos. Ocho cadáveres y 79 supervivientes fueron rescatados de entre sus escombros durante los seis días en que la operación se llevó a cabo bajo la mirada de las cadenas de televisión acampadas a pocos metros. La familia de Juan José León, desaparecido, insistió hasta el último momento en que seguía allí dentro. El sábado 6 de marzo los bomberos pidieron por última vez silencio. Sus padres lo llamaron varias veces por su nombre: “¡Juanjo!”. Nada. Vía libre para la demolición. Unos metros más allá, en la misma explanada, una turba de adolescentes rodea la roulotte de Felipe Camiroaga, la estrella de la televisión chilena, para hacerse una foto con él.

Con la llegada del toque de queda (de seis de la tarde a doce de la mañana en su momento más estricto) se terminan obligatoriamente las colas para buscar gasolina y agua. Cada calle se transforma en una red espontánea de ayuda vecinal encargada de conseguir pan, pañales y leche. En el bloque contiguo a la casa de los Águila Roa, en torno a una carretilla convertida en barbacoa, la discusión gira en torno al papel de los militares en las calles, el gran tema junto a la descoordinación de las autoridades y la negligencia de las constructoras. Minutos antes una tanqueta del ejército ha pasado entre aplausos. Los vecinos no tardarán en cerrar el paso con una barricada y prender una fogata para disuadir a posibles saqueadores.

A sólo unos días de ceder el Gobierno a Sebastián Piñera, la presidenta Michelle Bachelet tardó demasiado en decretar el estado de excepción para contener los asaltos a los supermercados. El último en tomar esa medida había sido Pinochet, en 1985, y a muchos el paralelismo les ponía la carne de gallina. Poblada por 12 universidades con miles de estudiantes y un alcalde comunista en el momento del golpe de 1973, la represión en Concepción había sido especialmente cruda. Muchos de los encargados de controlar las calles casi 40 años después, ni siquiera habían nacido en esa fecha. Otro Chile tal vez. Los temblores de siempre. Casi al mismo tiempo que los soldados, llegaron desde la costa bandadas de gaviotas. El resto de los pájaros había desaparecido. Carolina Roa, que con lo que tenía en la despensa ha ido cocinando durante días para toda su familia, varios vecinos y hasta algún periodista encontrado en la calle por su hermano Feño, tardó en reparar en la ausencia del zorzal que solía despertarla cada mañana. Su canto le parecía odioso. Nunca hubiera pensado que iba a echarlo de menos.

Publicado en el diario El País de España.

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