Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El cambio climático define un nuevo mapa geopolítico

Por ANTHONY GIDDENS (Clarín)

Por más que hayan degenerado en altercados, las reuniones sobre cambio climático que se realizaron en Copenhague en diciembre constituyeron uno de los acontecimientos más importantes de 2009. Se suponía que se iba a establecer un “acuerdo global” que firmarían todos los participantes. Eso no pasó. El “Acuerdo de Copenhague” -una breve declaración de principios y propósitos que produjo un pequeño grupo de países- fue el único resultado tangible de las negociaciones.

Dos fueron las principales respuestas que dieron de inmediato los comentaristas. Algunos argumentaron en la línea de: “Bueno, es menos de lo que esperábamos, pero hay que ver el lado positivo y sacar de la adversidad el mejor partido posible.” Otros -la mayoría- declararon que el resultado era una catástrofe.

Mi reacción difiere de la de ambos grupos. Consiste en que, de forma inesperada, el mundo puede haber encontrado la mejor manera de empezar a combatir el cambio climático en lugar de limitarse a hablar de hacerlo. No es una vía que necesariamente concite la aprobación general, y en cierto sentido la ONU queda marginada. Pero es un camino prometedor, dado que reconoce las principales realidades geopolíticas y trabaja con ellas en lugar de en su contra.

Los países que se reunieron para crear el acuerdo fueron los Estados Unidos, China, India, Brasil y Sudáfrica. Hagamos a un lado a Sudáfrica y echemos una mirada a los otros. Se trata de los tres gigantes del mundo en vías de desarrollo en términos de emisiones de gas de invernadero, más el país industrializado que más contamina, Estados Unidos. Otros países dieron muestras de su disposición a sumarse.

A esta altura, tenemos que innovar en el terreno de las relaciones internacionales si queremos tener éxito en lo relativo a solucionar el problema del cambio climático y mantener el aumento de la temperatura media global en dos grados centígrados. El acuerdo es sólo un comienzo, pero un comienzo sobre el que puede construirse con mucha mayor rapidez de lo que habría sido posible con el complejo panorama que se contemplaba en Copenhague. Si puede darse con rapidez una forma contundente al acuerdo, éste podría contribuir a romper el estancamiento actual en el que cada país o grupo de países espera que los demás tomen la iniciativa.

Mucho va a depender de qué tan coherentes y prácticas sean las propuestas que, según los términos del acuerdo, presentarán los países industriales antes del 31 de enero para reducir sus emisiones. Los planes tienen que ser plausibles y concretos, no una expresión de deseos.

A pesar de su abundante retórica, la mayor parte logró muy poco hasta ahora, por lo que el resto del mundo tiene razón al no mostrarse impresionado. En la misma fecha, los países en vías de desarrollo que quieran suscribir el acuerdo deberán exponer los planes de reducción de sus propias emisiones. Por primera vez se establecerá algún tipo de mecanismo de sanciones. Las medidas que se propongan para los países en vías de desarrollo con financiamiento procedente de naciones más ricas serán objeto de un monitoreo internacional.

¿Qué tipo de marco puede surgir de todo esto a corto y mediano plazo? ¿Significará que los países más chicos -y los más pobres- del mundo sufrirán conforme los más grandes avanzan? No creo que eso pase necesariamente, por lo menos si el marco general es el adecuado y si los países se organizan para representar sus inquietudes específicas.

Lo que sucedió con la Organización Mundial del Comercio, que en cierto modo recorrió un camino paralelo, puede proporcionar algunos datos útiles. Anticipándome a lo que pasaría en Copenhague, desarrollé una serie de propuestas en ese sentido en mi libro La política del cambio climático, que se publicó hace nueve meses. El fracaso en lo relativo a concluir una base universal de acuerdos comerciales generó una variedad de nuevas medidas y organizaciones. La diversidad de grupos y regiones involucrados demostró ser tanto una fuente de fuerza como de debilidad. Lo mismo podría ser válido con el cambio climático.

Si se lo elabora con éxito en el transcurso de los próximos meses, el acuerdo puede brindar un punto de referencia, pero hará falta además una serie de acuerdos bilaterales y regionales, así como “coaliciones de dispuestos”.

Publicado en el diario Clarín de Argentina.

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